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Los ’90 ingleses por la Orquesta Filarmónica de Londres : Resonancias actuales
En el ciclo “The Rest is Noise”, la orquesta dirigida por Vladimir Jurowski abordó un programa de obras imaginativas y potentes. Se destacó también la percusionista Evelyn Glennie como solista. Por Luciano Marra de la Fuente (desde Londres)
 

La Orquesta Filarmónica de Londres con su Director Principal Vladimir Jurowski en el
Royal Festival Hall, Southbank Centre de Londres / Fotografía de Richard Cannon

ORQUESTA FILARMÓNICA DE LONDRES. Dirección: Vladimir Jurowski. Solista: Evelyn Glennie, percusión. Concierto del sábado 7 de diciembre de 2013 en el Royal Festival Hall del Southbank Centre de Londres, parte del ciclo “The Rest is Noise”. James MacMillan: Veni, Veni, Emmanuel. Julian Anderson: The Stations of the Sun. Mark-Antony Turnage: Evening Songs. Thomas Adès: Asyla.

El Southbank Centre de Londres organizó en 2013 un ciclo de música del siglo XX y XXI que llevó como título The Rest is Noise, en un claro homenaje al genial libro del estadounidense Alex Ross (conocido en habla hispana como El ruido eterno). El ciclo se llevó a cabo durante todo el año, con más de cien conciertos —sinfónicos, de cámara o recitales solistas—, conferencias y actividades paralelas. A comienzos de diciembre hubo una serie de conciertos muy interesantes: el compositor húngaro György Kurtág, junto con su esposa Márta y la violinista Hiromi Kikuchi, interpretaron pequeñas obras propias para piano a cuatro manos y violín solo; la London Sinfonietta realizó el estreno local de in vain (2000) de Georg Friedrich Haas y otro concierto dedicado a obras encargadas a compositores actuales; y, en la presentación a la que pude asistir, la Orquesta Filarmónica de Londres —residente del centro cultural que se encuentra a la vera del Támesis— abordó un programa dirigido por su titular Vladimir Jurowski y que estuvo dedicado a obras estrenadas en los años noventa de compositores ingleses.

Lo interesante de este programa fue notar cómo una serie de compositores en esa década reafirmaron su propia voz dentro del panorama inglés, dándose libertades estéticas para crear la propia y creando un vínculo fuerte a través de la aceptación del público, los intérpretes y el ámbito de la crítica. “La música británica”, escribe Ross en su libro, “no tiene un pasado trágico ligado a ella, carece de la mancha de una estética igualitaria. Lo que resulta es una cultura musical pragmática, pluralista, donde la regla son las combinaciones inesperadas”.

Veni, Veni, Emmanuel del escocés James MacMillan (1959) fue la obra que abrió ese mundo sonoro y lo hizo de la mejor manera. Más allá de toda connotación mística-religiosa que posee la obra, y que el compositor hizo profusa en sus notas de la obra, tanto en el estreno, en la partitura y en la grabación comercial editada por Sony Music —y la nota del programa de mano del actual concierto se hace eco—, el manejo de los materiales sonoros es excepcional. Tomando como base el himno gregoriano homónimo, MacMillan escribe un virtuoso concierto para percusión y orquesta (1992) que genera, en un solo movimiento con secciones contrastantes, momentos de un fuerte impacto sonoro. Para eso se vale de un impresionante set de percusión de 18 instrumentos distribuidos sobre el proscenio, detrás del director, y que fue la oportunidad de admirar la precisión técnica y musicalidad de Evelyn Glennie, la misma solista del estreno.

Evelyn Glennie / Fotografía de James Wilson

Glennie despierta admiración por su concentración y cuidado con que hace surgir los sonidos más bellos de ese complejo set de percusión, además de darle un verdadero sentido dramático a la pieza, desde la furia inicial del golpe de dos tam-tams, pasando por el lirismo diáfano de la sección central con una marimba en estado de gracia —excelentemente acompañada por un colchón de cuerdas en una dinámica casi imperceptible—, la energía potente de su toque tanto en el vibrafón como en los dos bongos, dos congas y seis tom-toms en las secciones de danza rápida, hasta llegar a ese golpe preciso y sonoro de las enormes campanas tubulares en el fondo del escenario que —sobre el toque de dos metales por parte de todos los miembros de la orquesta— se fue extinguiendo en un silencio profundo.

La originalidad de la obra reside en crear un verdadero diálogo entre los diferentes instrumentos de percusión con una orquesta sinfónica, sin perder variedad e interés, tomando como base a un elemento melódico del pasado que es transformado en algo totalmente actual, y que en este concierto se dio de una manera extraordinaria.

Un enorme set de percusión también estuvo presente, esta vez interpretado por los seis percusionistas de la orquesta, en la siguiente obra, The Stations of the Sun (1998) de Julian Anderson (1967), el compositor residente de la Orquesta Filarmónica de Londres desde 2010. El punto de partida en esta obra es similar al de MacMillan, un texto externo: un libro que analiza las costumbres folclóricas en diferentes partes de Inglaterra según la rotación solar y a lo largo de la historia. Si bien lo folclórico no aparece ostensiblemente en la partitura —aunque sí, la sencillez melódica—, Anderson toma la idea de diferentes grupos (aquí orquestales) y diferentes ánimos para las cuatro secciones que componen su largo movimiento. El resultado es un concierto para orquesta donde cada grupo del conjunto londinense pudo lucirse, sobre todo la sección de las cuerdas en el “Sostenuto estatico”, de aliento post-romántico.

La segunda parte comenzó con Evening Songs (1998/2000) de Mark-Anthony Turnage (1960). Este artista, que durante 2006 y 2010 fue compositor en residencia de la orquesta londinense, es bastante conocido fuera de su país, gracias a sus óperas Greek (1988) o Anna Nicole (2011), pero sobre todo por su flexibilidad en apropiarse de diferentes estéticas para crear la suya propia, muy personal. Una atmósfera nocturna atraviesa los tres movimientos de Evening Songs, no sólo por el título de cada uno de ellos —“Casi soñando”, “En la penumbra” y “Aun durmiendo”—, sino por el tono calmo y oscuro que atraviesa el discurso musical. El solo de saxofón soprano del comienzo, en clara referencia jazzísitca y en esta versión excelentemente interpretado, invita a generar ese clima, en tanto que sutiles toques de campanas contrapuestos a largas líneas melódicas de las cuerdas, los solos de viola o del piccolo generan una expectativa que se va disolviendo en la culminación de “Aun durmiendo”. Las líneas y texturas en las cuerdas —que podrían remitir a la estética expresionista de comienzos del siglo XX— dominan y, en esta oportunidad, los músicos de la Orquesta Filarmónica de Londres, bajo el gesto preciso de Jurowski, hicieron plena justicia con esta obra inquietante y misteriosa.

La Orquesta Filarmónica de Londres y Vladimir Jurowski saludan al finalizar el
concierto, Royal Festival Hall, Southbank Centre de Londres / Fotografía TdM

Las cuerdas nuevamente se lucirían en la última obra del programa, Asyla (1997) de Thomas Adès (1971) —el más joven de los cuatro compositores de la noche—, pero también lo haría la sección de percusión a pleno. Esta pieza en cuatro movimientos —el primer encargo sinfónico al compositor a sus veinticinco años—, posee un discurso integrado por episodios sinfónicos contrastantes, donde se pueden escuchar solos de corno y corno inglés sumamente expresivos, muy bien interpretados en esta ocasión. En el tercer movimiento “Ectasio”, el corazón de la obra, el ensamble del tutti orquestal logrado por Jurowski fue asombroso en esas frases repetidas a todo volumen y que, según su autor, remiten a una noche de drogas en un boliche londinense. Después de esto, el último movimiento se escuchó enigmático y oscuro hasta llegar al potente acorde inicial de la breve coda que se desvanece subrepticiamente en el silencio.

El poder escuchar a estas cuatro obras en una misma noche no sólo permitió dar cuenta de la imaginación de estos creadores ingleses a fines del siglo XX y hoy afianzados en el panorama de la composición musical actual, tendiendo lazos con el pasado y con su propia contemporaneidad: también permitió admirar la capacidad interpretativa que posee la Orquesta Filarmónica de Londres, bajo la mirada de Vladimir Jurowski, que logró dar vida a ese extraordinario universo sonoro.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Enero 2014
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Publicado originalmente el 13/01/2014

 
Publicado el 14/01/2014
     
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