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“Rigoletto” en La Plata : Los bufones también lloran
Con una impecable versión orquestal y una puesta escénica en general correcta, el Teatro Argentino presentó este drama verdiano que tuvo sin embargo en lo vocal algunos altibajos. Por Ernesto Castagnino
 

Ernesto Bauer (Conde Monterone), Lisandro Guinis (Rigoletto) y, sentado, 
Darío Schmunck (Conde de Mantua), en el cuadro primero del primer acto
de Rigoletto, Teatro Argentino, La Plata, 2010

RIGOLETTO, ópera en tres actos de Giuseppe Verdi. Función del jueves 8 de julio de 2010 en la Sala Alberto Ginastera del Teatro Argentino de La Plata. Nueva presentación escénica. Dirección musical: Guillermo Brizzio. Puesta en escena: Pablo Maritano. Escenografía: Daniel Feijóo. Vestuario: Sofía Di Nunzio. Iluminación: Gabriel Lorenti. Elenco: Lisandro Guinis (Rigoletto), Sabina Puértolas (Gilda), Darío Schmunck (Duque de Mantua), Christian Peregrino (Sparafucile), Mónica Sardi (Maddalena), Ernesto Bauer (Conde Monterone), Alberto Jáuregui Lorda (Conde Ceprano), Sergio Spina (Borsa), Emiliano Bulacios (Marullo), Matilde Isnardi (Giovanna), Oriana Favaro (Condesa Ceprano), Cecilia Pastawski (Paje), Juan Fernández Mendy (Ujier). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino. Director de coro: Miguel Martínez.

Rigoletto, estrenada en Venecia en 1851 luego de algunos problemas con la censura, completa la trilogía que llevó a Giuseppe Verdi al reconocimiento internacional, junto a Il trovatore y La traviata. La pieza Le roi s’amuse de Victor Hugo, en la que Verdi y su libretista Francesco Maria Piave se basaron, posee un fuerte carácter antimonárquico y, aunque Verdi y Piave transformaron al rey en un duque, la figura negativa sigue siendo un aristócrata, cosa que a los ojos de la censura no podía ser bien visto.

El humanismo verdiano alcanza en esta trilogía alturas insospechadas, desafía las convenciones de la época introduciendo cambios sustanciales en la estructura dramático-musical de las ya algo rancias historias de capa y espada: por un lado la búsqueda de tramas que permitieran al público experimentar el drama humano, identificándose con personajes que no fueran “cartón pintado”, por otro lado un planteo musical que privilegia la fluidez dramática por encima del lucimiento vocal, eliminando el esquema “recitativo-aria” que dominó hasta el siglo XIX. Las arias se convierten en escenas que se continúan sin interrupción con duetos, tercetos o cuartetos, aunque mantiene algunas arias tradicionales como la archifamosa “La donna è mobile”, vehículo para el lucimiento de tenores de todas las épocas.

Lisandro Guinis (Rigoletto) en el cuadro primero del primer acto
de Rigoletto, Teatro Argentino, La Plata, 2010

Presentar como protagonista a un jorobado, la crítica a los abusos del poder y a la hipocresía social lo llevó al compositor en dirección de un mayor “realismo” y le trajo dificultades frente a la censura —que cuidaba los intereses de la monarquía y miró con malos ojos el hecho de que un aristócrata, el Duque de Mantua, fuera el villano de la trama.

En esta nueva producción del Teatro Argentino fue convocado el régisseur Pablo Maritano para dar su visión personal de este popular melodrama. La concepción de Maritano —que el año pasado abordó otro título verdiano para BAL, La traviata—, permitió encontrarnos con el ambiente cruel y decadente de la corte de Mantua, en cuyo marco el amor paterno-filial entre el bufón de la corte y la hija que mantiene oculta es corrompido y ensuciado por la lascivia y el capricho de un poderoso duque acostumbrado a saciar de inmediato sus impulsos eróticos. Una caracterización física de Rigoletto inspirada en las deformidades de El hombre elefante de David Lynch, con sus protuberancias en el cráneo, resultó acertada, pero no ocurrió lo mismo con las exageradas estereotipias motoras que hacían evocar a esos autistas “made in Hollywood” estilo Rainman.

En lo visual el planteo fue impecable: una muy elaborada y detallista escenografía de Daniel Feijóo, un deslumbrante vestuario a cargo de Sofía Di Nunzio y un diseño de iluminación a cargo de Gabriel Lorenti que ideó un clima opresivo y oscuro muy adecuado para la obra. La escenografía —demasiado elevada— quizá atentó en parte contra un buen balance entre las voces y el sonido orquestal, ya que los cantantes quedaban muy alejados del proscenio y del foso de la orquesta.

Lisandro Guinis (Rigoletto) y Sabina Puértolas (Gilda), junto a Matilde Isnardi (Giovanna), en el cuadro segundo del primer acto de Rigoletto,
Teatro Argentino, La Plata, 2010

En el aspecto vocal la obra se mantuvo en un nivel medio en el que nadie descolló ni sobresalió demasiado. El rol de Rigoletto, uno de los más exigentes para el barítono, estuvo a cargo de Lisandro Guinis, quien aportó dotes actorales e interpretativas que no siempre alcanzaron para ocultar una línea vocal poco pulida y algunos problemas de afinación. Su hija Gilda tuvo en la soprano Sabina Puértolas un vehículo de buen nivel vocal, segura en los agudos y bien plantada en el escenario, aunque su voz pierde por momentos densidad y adquiere un sonido “hueco”. Puértolas aportó uno de los mejores momentos con su aria “Gualtier Maldè” que cantó con sentimiento y dulzura.

Darío Schmunck tuvo a su cargo al lujurioso duque de Mantua con el que demostró sus dotes tenoriles y buen fraseo verdiano. Sus notas agudas fueron brillantes y bien timbradas a pesar de ser quien más sufrió la lejanía escenográfica debido a su discreto volumen vocal. Christian Peregrino, un bajo al que siempre dan ganas de oír más, cantó un imponente Saparafucile, excelente en lo vocal y en lo interpretativo. A la mezzosoprano Mónica Sardi se la vio muy cómoda en el rol de Maddalena, que dominó sin dificultad, aportando una voz sensual en el cuarteto “Bella figlia dell’amore” del acto tercero.

Lisandro Guinis (Rigoletto) y Sabina Puértolas (Gilda) en el tercer acto
de Rigoletto, Teatro Argentino, La Plata, 2010

Guillermo Brizzio ofreció una interesante versión de la partitura verdiana, con una dirección que no perdió intensidad en ningún momento. Sin embargo, no logró una buena comunicación entre el foso y el escenario, lo cual originó algunos desencuentros con las voces. El Coro Estable, dirigido por Miguel Martínez, tuvo una sobresaliente actuación.

En síntesis, esta nueva producción del Teatro Argentino, de buen lucimiento visual y orquestal pero sólo correcta en lo vocal, demostró que en Verdi se aplica con total pertinencia la máxima rossiniana que define la ópera como “voz, voz y más voz”.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Julio 2010


Imágenes gentileza Teatro Argentino / Fotografías de Guillermo Genitti
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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado el 15/07/2010
     
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