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[CD] “I Medici” de Leoncavallo : Nada como un buen asesinato
Bajo a la experta dirección de Alberto Veronesi, Plácido Domingo agrega otro héroe a su galería de tenores en la primera grabación completa de esta ópera rara del autor de “I pagliacci”, ambientada en el Renacimiento florentino. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Plácido Domingo

I MEDICI, acción histórica en cuatro actos de Ruggero Leoncavallo. Dirección musical: Alberto Veronesi. Reparto: Plácido Domingo (Giuliano de’ Medici), Carlos Álvarez (Lorenzo de’ Medici), Daniela Dessì (Simonetta Cattanei), Renata Lamanda (Fioretta de’ Gori), Eric Owens (Giambattista da Montesecco), Vitalij Kowaljow (Francesco Pazzi), Carlo Bosi (Bernardo Bandini), Arutjun Kotchinian (Francesco Salviati), Fabio Maria Capitanucci (Poliziano). Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. Coro del Maggio Musicale Fiorentino, director: Piero Monti. Coro de Voces Blancas de la Escuela de Música de Fiesole, directora: Joan Yakkey. Estudio, julio de 2007. 2 discos (125 minutos) + libreto multilingüe (148 pp.). Deutsche Grammophon 2010.

Las conspiraciones políticas son un material sabroso. El capítulo más largo de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Nicolás Maquiavelo versa justamente sobre ellas, y uno se da cuenta rápido que es ahí donde se despliega lo más sucio de la política. Maquiavelo no había cumplido nueve años cuando un 26 de abril de 1478 se desató en Florencia la “conspiración de los Pazzi”. Los Medici gobernaban la ciudad desde 1434, no sin los problemas de legitimidad propios de la época: el pueblo resentía el abuso de poder, la aristocracia el debilitamiento de su influencia. Los Pazzi eran una familia de banqueros poderosa y rica. Miraban con recelo el alzamiento de los Medici, y con la venia del Papa urdieron el asesinato de los dos jóvenes vástagos de la casa gobernante: Giuliano y Lorenzo, posteriormente conocido como “el Magnífico”. El pretexto era devolver a Florencia su libertad, oprimida bajo un régimen tiránico; en realidad, las motivaciones de los conspiradores eran mucho más autointeresadas, pero era importante captar el apoyo popular para evitar un fracaso.

Ese 26 de abril, en la catedral de Santa Maria del Fiore, Bernardo Bandini y Francesco Pazzi asesinaron a Giuliano. Originalmente, Giambattista da Montesecco, condottiere del Papa (esto es, el jefe de las huestes mercenarias que servían al obispo de Roma), era el encargado de matar a Lorenzo. Cuando la conjura se trasladó a la iglesia, Montesecco se negó a ejecutar el plan. Dos curas tomaron su puesto y el resultado infructuoso fue el comienzo de la debacle. Lorenzo recibió un ligero corte en la garganta, fue ocultado en la sacristía, y rápidamente sus seguidores comenzaron a responder al ataque. El arzobispo de la ciudad, Francesco Salviati, era uno de los conspiradores, y en su intento por respaldar el golpe solo encontró la muerte. Francesco Pazzi producto de la euforia del asesinato, se hirió accidentalmente una pierna. Fue encontrado desnudo en su casa, arrastrado por la ciudad y finalmente ahorcado —escena que Ridley Scott recreó en Hannibal, cuando el personaje de Giancarlo Giannini es colgado desde un balcón del Palazzo della Signoria. En cuanto a Bandini, logró sobrevivir un poco más: refugiado en Constantinopla, Lorenzo pidió su extradición al sultán. El resultado puede verse en un dibujo de Leonardo: ataviado alla turca, Bandini reposa verticalmente colgado de una tensa soga.

Mala fortuna para los conspiradores, y mala fortuna para la ópera de Ruggero Leoncavallo que se inspiró en ese sangriento hecho. Sin duda el material es de una truculencia exquisita. En Las vísperas sicilianas de Verdi alcanzamos a intuir la masacre que se desarrollará en la iglesia, justo antes del telón final. Pero nada semeja al asesinato de un príncipe en medio del servicio dominical. Leoncavallo conocía la historia de su país, y sabía que el Renacimiento se ofrecía como material propicio para un drama histórico. El muso inspirador era Richard Wagner, pero la morbosidad y el sentido de necesidad en la propulsión de los hechos semeja más la Khovanshchina de Mussorgsky. Leoncavallo proyectó así una trilogía, Crepusculum, en la cual el material histórico sería exclusivamente renacentista: a I Medici (1893) seguirían Girolamo Savonarola, sobre el cura dominico que incursionó en política durante el régimen republicano que siguió a la caída de los Medici en 1494, y Cesare Borgia, el hombre sobre el cual Maquiavelo esculpió su más famoso libro, El príncipe.

Leoncavallo, siguiendo a su ídolo, escribió su propio libreto, intercalando fragmentos de Poliziano, el poeta oficial de los Medici. Fiel a los hechos, Leoncavallo incorporó el conflicto amoroso de Giuliano con dos de sus amantes: la tuberculosa Simonetta y la culposa Fioretta, madre de uno de sus bastardos, el futuro papa Clemente VII. En sus cuatro actos, Leoncavallo relata el idilio de Giuliano con Simonetta, su conocimiento carnal de Fioretta, la trastienda de la conjura y, cómo no, su sacrílega ejecución final. La música es otro asunto.

La introducción es ciertamente impresionante: una cacería es recreada como si el inicio del Don Carlo verdiano se hubiera solapado con la cabalgata de las valquirias. La densidad orquestal no impide que este colorido preludio abra el apetito. Y es que después de I pagliacci, uno sabía que algo más podía salir de esa misma pluma. I Medici fue precisamente la siguiente ópera de Leoncavallo, pero a poco andar la esperanza tiende a perderse. Cuando en ese mismo acto Giuliano conoce a Simonetta, suena el acorde de Tristan. Y cuando más adelante ambos se entrelazan en un dúo, la música cita el Idilio de Siegfried. La devoción, llevada a excesos, se convierte en un cuadro pintoresco. El acto segundo, por su parte, reclama el desorden de un carnaval renacentista, y lo que obtenemos se parece más al segundo acto de Meistersinger. Mayor justicia le hace a la obra el oscuro tercer acto, donde arriesgadamente se divide horizontalmente el escenario para presenciar acción simultánea. Un septeto es seguido de un cuarteto, y la compleja construcción está entre lo más logrado de la ópera. Sólo en el acto final Leoncavallo vuelve a inyectar el fuego que hacía arder a Canio. Un largo arioso final para Lorenzo, coronado por la ominosa frase “Me habéis allanado el camino al trono / ¡Vengadme, plebe! Yo reino al fin”, pone cierre a una obra irregular, que alcanza momentos más que interesantes en el presente registro.

Alberto Veronesi ha grabado varios discos para Deutsche Grammophon, y ellos expresan un interés por el verismo y la giovane scuola. Para esta ocasión, Veronesi se encuentra frente al Maggio Musicale Fiorentino, que, con cierta obviedad, se haya en casa en esta ópera. Plácido Domingo canta aquí en su cuerda, y toma un rol estrenado por Francesco Tamagno, el primer Otello verdiano. Hay algunas grabaciones tardías de Tamagno, que permiten imaginar cómo habría sonado esa voz en su esplendor vocal, conformando un material muy apto para el difícil rol de Giuliano, de tessitura muy alta. Domingo lucha bastante por mostrarse cómodo en un demandante primer acto, que prácticamente abre con el aria “No, de l’antica Grecia”. Es una interpretación meritoria, que no desmerece por las notas, sino por el color apagado que ha tomado el timbre de Domingo, en esta grabación con 66 años de edad. Es, eso sí, un timbre familiar, reconocible de inmediato y lleno de ímpetu, más trágico que amoroso a estas alturas, pero siempre decoroso. Domingo lleva sus años y su voz con dignidad. El contraste con el Lorenzo de Carlos Álvarez tiende a ser menos marcado que lo esperado. Álvarez es un barítono de hermosa voz, si bien no demasiado individual, sí provisto de una emisión limpia y dotes dramáticas por sobre el estándar. Con Lorenzo el lucimiento es poco, y sólo en el final asoma el cariz autocrático del personaje. Álvarez sirve bien a la música, a pesar que esta música no lo sirva con generosidad a él.

Daniela Dessì como Simonetta, la tísica, es simplemente correcta. Al igual que Domingo, sus agudos son alcanzados con cierta dificultad, que en su caso se evidencia con una delgadez que recuerda la voz blanca de los coros de iglesia. Dessì, con todo, se haya a gusto en los momentos líricos del acto primero, aunque su extraña intervención en el acto segundo —“Le coppie s’intrecciano”, un momento autodestructivo del personaje semejante al trío de Antonia en Los cuentos de Hoffmann— la muestra demasiado apagada. Como su rival Fioretta, Renata Lamanda es más efectiva. Si Simonetta ejemplifica el arquetipo femenino de la virgen, Fioretta corresponde a la prostituta. Es, nuevamente, un tema wagneriano, que Puccini ya había explotado hacía poco en su Edgar. Fioretta es un rol de soprano dramática que la mezzosoprano Renata Lamanda ofrece con gran fuerza, en particular en su declaración de amor a Giuliano y en un expresivo monólogo en el tercer acto, lleno de autoflagelación y estallido orquestal. Valdría la pena oírla en un rol más propio de su cuerda.

Los conspiradores fueron entregados por Leoncavallo mayoritariamente a bajos, una idea convencional que prueba ser bastante plana para el septeto en el que intervienen. Eric Owens como Montesecco es sin duda el punto más fuerte de la grabación, con una interpretación vocal pulcra reforzada con una estupenda dicción y dominio satánico del personaje. Vitalij Kowaljow es un Pazzi de ricos colores que invita a otros roles más extensos, y Arutjun Kotchinian como el arzobispo Salviati es solamente adecuado. Penetrante voz de tenor de Carlo Bosi en el ingrato rol de Bandini, y Fabio Maria Capitanucci como Poliziano es todo nobleza y plasticidad.

Se trata, como se aprecia, de un reparto más que solvente para una ópera demasiado olvidada, cuya deuda se salda con este valiente esfuerzo comercial. El texto de Michele Girardi que acompaña al libreto está lleno de información y entusiasmo, y lo único que uno lamenta es que esto no se haya grabado antes. Cuando uno mira los repartos que acompañaban a Domingo en las grabaciones de los setenta... sólo queda soñar.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, mayo de 2010


Fotografías de Dario Acosta / DG
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Publicado el 21/06/2010
     
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