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"Lulu" en Milán : Extraña belleza "art déco"
La Scala presentó una brillante interpretación de la ópera de Alban Berg, gracias a la dirección de Daniele Gatti, la puesta de Peter Stein y un destacado elenco, encabezado por Laura Aikin. Por Massimo Viazzo (corresponsal en Italia)
 

Laura Aikin (Lulu) en el segundo cuadro del primer
acto de Lulu, Teatro alla Scala de Milán, 2010

LULU, ópera en un prólogo y tres actos de Alban Berg, completada por Frederich Cerha. Función del jueves 15 de abril de 2010 en el Teatro alla Scala de Milán, Italia. Dirección musical: Daniele Gatti. Producción escénica del Teatro alla Scala de Milán, la Ópera Nacional de Lyon y el Wiener Festwochen. Director de escena: Peter Stein, repuesta por Jean Roman Vesperini y Lorenza Cantini. Escenografía: Ferdinand Wögerbauer. Vestuario: Moidele Bickel. Iluminación: Duane Schuler. Elenco: Laura Aikin (Lulu), Natascha Petrinsky (Duqueza Geschwitz / La Encargada del Guardarropa), Magdalena Anna Hofmann (El Gimnasta / Una moza), Robert Wörle (El Príncipe / El Mayordomo), Johann Werner Prein (El Director de Teatro / El banquero), Roman Sadnik (El Pintor / Un negro), Stephen West (Dr. Schön / Jack el destripador), Thomas Piffka (Alwa), Franz Mazura (Schigolch / Un clown), Rudolf Rosen (Un domador de animales / Rodrigo, un atleta), Giovanni Lucini (El comisario de Policía), Pervin Chakar (Una joven de quince años), Romina Tomasoni (Su madre), Claudia Bandera (Una galerista), Valdis Jansons (Un periodista), Bertram Klamp (Un mozo). Orquesta del Teatro alla Scala de Milán.

“O Freiheit! Herr Gott im Himmel!” (¡Oh, libertad! ¡Gracias a Dios!), la profunda melodía que acompaña el regreso de Lulu a casa al final del segundo acto —después de tantas vicisitudes ligadas a su encarcelamiento y a su laboriosa liberación— resultó ser un emblema de esta ópera. La libertad tan esperada y, en realidad, tan sofocada por la protagonista permanece como la señal de un personaje que corrompe y seduce al mismo tiempo. También el público sufre la fascinación de la obra y no puede sentir más que piedad y compasión por la kleine Lulu, mujer desorientada, prostituta y asesina, aunque también sin pasado, que no sabe o no puede consentir el presente y sobretodo no conoce el futuro.

La obra maestra de Alban Berg se presentó en la Scala después de más de treinta años de ausencia en Milán, en una coproducción estrenada el año pasado en la Ópera Nacional de Lyon. Con respecto a esa versión, no se vieron cambios sustanciales en lo que respecta a la dirección actoral. El espectáculo de Peter Stein —simple pero muy eficaz para captar el corte cinematográfico latente en la dramaturgia de la obra— llevó al espectador de la mano, a un espectador que si no está adecuadamente preparado, receptivo y activo —auditivamente hablando—, corre el riesgo de salir trastornado cuando se enfrenta a una partitura que se agiganta por la densidad de su escritura orquestal y exuberancia motívica. La escenografía en estilo art déco, preparada por Ferdinand Wögerbauer, conserva cierta elegancia, como también el vestuario que pareció correcto.

Laura Aikin (Lulu) y Stephen West (Dr. Schön) en la escena final
del primer acto de Lulu, Teatro alla Scala de Milán, 2010

En cambio, hubo variaciones —pocas, pero relevantes— en cuanto a la parte musical, empezado por la muy inspirada concertación de Daniele Gatti. El director milanés buscó la gran densidad estructural, trabajando mucho —casi de una manera wagneriana— en el encuentro y la confluencia de los leitmotiven, siempre perfectamente insertados en una incandescente textura musical. En los momentos más “mahlerianos” —como el interludio entre la segunda y la tercera escena del primer acto— Gatti obtuvo de la Orquesta del Teatro, siempre en gran forma, un sonido calido y corpóreo, que supo destimbrarse oportunamente durante los extraños episodios de inicio del tercer acto.

La otra incorporación respecto a la producción de Lyon fue Natasha Petrinsky en el papel de la amante lésbica, la Condesa Geschwitz, que con una más que adecuada prestancia vocal destacó por su cautivante presencia escénica. El resto del elenco no desilusionó, comenzando por el conmovedor Schigolch de Franz Mazura —aún cantando sobre los escenarios a los 86 años— y terminando con el temperamental pero frágil Alwa de Thomas Piffka.

Laura Aikin (Lulu), Stephen West (Dr. Schön) y Magdalena Anna Hofmann (El Gimnasta) en el segundo acto de Lulu, Teatro alla Scala de Milán, 2010

Sin embargo, la verdadera triunfadora de la velada fue Laura Aikin. Esta artista es Lulu por técnica, carácter y audacia escénica: ella pareció metabolizarlo todo en una identificación total con el personaje, incluso con el corte de pelo al estilo Louise Brooks. El público que permaneció en la sala —desafortunadamente un poco disminuido al final de la representación, después de algunos inevitables, pero injustificados abandonos al final de los actos anteriores— le tributó un merecido aplauso.

Massimo Viazzo
Italia, abril 2010


Imágenes gentileza Teatro alla Scala, Milano / Fotografías de Marco Brescia
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Publicado el 05/05/2010
     
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