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Paula Almerares : Nacida para el canto
Una de las artistas más completas que tiene la Argentina es esta soprano nacida en La Plata, que en la plenitud de su carrera se atreve a encarar por primera vez el personaje protagónico de “Lucia di Lammermoor”. TIEMPO DE MÚSICA dialogó con ella, repasando sus experiencias profesionales y sus convicciones artísticas. Por Luciano Marra de la Fuente
 


La historia de esta entrevista se remonta a un momento del año muy diferente a este frío y húmedo agosto porteño. Luego de haber armado a comienzos de enero de este año el Anuario 2008, me di cuenta que una de las figuras más destacadas del año –por no decir “la única”– había sido Paula Almerares. Lo pudimos comprobar en su participación en la Gala del Cententario del Colón, en un recital junto a Luis Gaeta interpretando Puccini y Verdi en el Auditorio de Belgrano, y en sus nuevas lecturas de Norina de Don Pasquale y la impactante Antonia de Los cuentos de Hoffmann en el Argentino de La Plata.

Por esa razón fue en el cálido verano de la costa marplatense, cuando me encontré con ella para charlar de una manera distendida sobre su carrera y sus proyectos para este 2009. Circunstancias de la vida hicieron que recién hoy, a pocas horas de su debut en un personaje tan comprometido como el protagónico de Lucia di Lammermoor en el Teatro Argentino de La Plata, salgan a la luz sus palabras justas y equilibradas, sus reflexiones sobre la interpretación operística y sobre cómo encarar una carrera artística en un mundo que se ha convertido en mercado devorador de voces.


1. De la cuerda a la voz / La época de los concursos

Con una familia de artistas, la vida de Paula Almerares indudablemente iba a estar ligada al arte. Su abuelo fue pintor y violinista, su padre también violinista y fundador del reconocido Cuarteto Almerares, y su madre fue primera bailarina del Teatro Argentino. Créase o no, la entrada de Paula en la música no fue por el canto, sino por esa herencia violinística de tres generaciones: “Empecé a estudiar el violín a los seis años”, nos cuenta “y a los catorce me acuerdo patente que de un día para el otro me levanté y dije ‘quiero estudiar canto’. Yo cantaba en la escuela porque tenía condiciones, pero eso no me llevaba absolutamente a nada. Tenía ese don, el de poder cantar afinado, pero nunca pensé en ese momento en cantar ópera, sobre todo porque no veníamos de una familia de operistas. Sólo mi madre, que cuando ensayaba se ponía un disco de Victoria de los Ángeles para entusiasmarse: llevaba al camarín su Winco y supongo que por ahí en la panza algo tuvo que ver. También escuchaba Regine Crespin”.

Más allá de la sorpresa de sus padres, por cambiar el arco del violín por el canto, la apoyaron en su decisión. Paula recuerda: “Me contactaron con una gran profesional y gran cantante, Myrtha Garbarini. A partir de ahí empecé a tomar mis primeros conocimientos, a cantar y a estudiar de una manera… Siempre fui exigente conmigo misma, pero la verdad que era una necesidad el estar estudiando. Quería avanzar y los primeros pasos no eran fáciles”.

¿Siempre tuviste esta voz lírica con coloratura?
Sí, siempre tuve esta extensión. Siempre le agradecí a Dios tener –humildemente lo digo– la lucidez para poder decir “esto lo puedo hacer y esto no”, “en este momento sí y en este no”. A veces los maestros te dicen que cantes esto o aquello… Pero yo decía: “si soy muy chica, yo todavía no puedo”. Y no es que no seguía el consejo de mis padres, es que no me lo sentía el cuerpo. Vocalmente en el cuerpo no estaba preparada, por supuesto que técnicamente tampoco y menos estaba preparada como experiencia de vida. Porque para encarar un rol –como puedo encarar La traviata u otro tipo de personajes como Liú– necesitás una experiencia de vida.

Paula Almerares en La traviata, Teatro Argentino de La Plata, 2007

¿Y cómo fue ganar el Concurso “La Traviata 2000” en 1994?
Tenía 24 años. Ya el año anterior había debutado en el Colón con Alfredo Kraus [en Los cuentos de Hoffmann]. La Fundación Teatro Colón me propuso presentarme a ese concurso.

¿Vos ya habías ganado el Concurso Belvedere en Viena?
Sí, en 1992. Gané el premio a la “Mejor Soprano”, cantando Pamina [de La flauta mágica]. Me sentí muy gratificada al estar en un país donde se habla alemán y que les haya gustado cómo había cantado ese personaje. He tenido ofrecimientos de hacerla luego, pero nunca lo hice. Siempre quedó pendiente: una vez tuve un ofrecimiento del Teatro Argentino y al final me tuve que ir al Carnegie Hall. Muchos me preguntan por qué no canto Mozart, pero no es porque nunca quise, sino porque no se dieron las circunstancias. La flauta mágica es una obra que me resulta de un enriquecimiento musical increíble, me gustaría hacerla.

Volviendo a “La traviata 2000”…
Me presento, me anoto, canto el aria de Violetta, que para mí era lo máximo que podía hacer en ese momento… La ópera entera, ¡jamás! Y se fueron dando las cosas: termino ganando. Digo “termino ganando”, porque nunca fui con la idea de ganar. Tampoco me pasa ahora: no voy con la idea de cantar y pensar que voy a sobresalir o que voy a producir tal efecto. No. Trabajo tanto para la autosuperación que no tengo tiempo de pensar esas cosas. Eso, la gente que me conoce, ya lo sabe. Y para los que no me conocen, soy así.

Allá ganaste junto a una soprano mexicana…
Sí, ganamos de una manera unilateral, porque no era un jurado de diez personas, sino que el que elegía era Lorin Maazel. Ganamos Olivia Gorra y yo. El premio era cantar La traviata con Maazel. Eso no terminó ahí: quedaba ver quién cantaba las funciones, la primera, la segunda… Durante los ensayos –muy estresantes, fueron pruebas todos los días, durante dos o tres semanas para ver quién hacía la primera función– ¡el concurso seguía!

¿Cómo fue trabajar con Maazel en todo ese proceso?
Con Maazel no se necesita hablar: es la música y ya está. No por una cuestión de terquedad o sequedad, para él es el idioma de la música: uno canta, él dirige y entre medio de esa fibra pasan cosas. El día del ensayo general, faltaban dos días para el estreno, me dice: “Vos hacés la primera función”. Yo les dije: “¡Ayúdenme!” (risas) Y la verdad que el maestro Maazel me ayudó muchísimo. La orquestación de La traviata es bastante ardua –aunque está muy bien escrita–, pero ¡yo tenía 24 años! En los pianissimos él bajaba la orquesta, después la subía. Tenía un dominio único. Conservo el mejor de los recuerdos.

2. La humildad de los grandes y su trabajo en escena
3. A la búsqueda de los personajes
4. Experiencias de vida / Forjar una carrera / Encontrar una misión

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Publicado originalmente el 14/08/2009

 
Publicado el 16/06/2014
     
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