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El regreso de Monteverdi o el barroco contraataca…
Ante el estreno sudamericano de “Il ritorno d’Ulisse in patria” de Monteverdi por Buenos Aires Lírica, algunas reflexiones sobre la ópera barroca y su práctica en nuestro país para descubrir un universo sonoro y teatral diferente. Por Luciano Marra de la Fuente
 

El Teatro di San Giovanni Grisostomo, uno de los tres teatros
públicos de la familia Grimani en Venecia del 1600

La primera vez que el género operístico llegó a todo público fue con la apertura del primer teatro comercial de ópera en 1637 en la ciudad de Venecia. Antes de eso, había sido entretenimiento exclusivo de la nobleza este “resurgimiento de la tragedia griega” en sus salones y en los jardines de sus palacios. El ascenso de una clase social como la burguesía hizo que la ópera fuera para más que esos pocos: quien pudiera comprar una localidad podía acceder a ese nuevo espectáculo teatral-musical, además de ser partícipe de una manera muy diferente a la actual de su recepción.

Hoy en día, en el siglo XXI, esto no difiere demasiado de lo que ocurría en esa fecha clave de 1637, cuando se estrenó Andromeda de Benedetto Ferrari y Francesco Manelli. Lo que ha cambiado –eso sí, gracias a la tecnología– son los medios con los cuales uno puede acceder a la ópera. Con los discos, cassettes y CDs, en un principio, se han escuchado obras que jamás hubiéramos podido ver en vivo si no fuera por algún programador inquieto. Ahora, con la aparición del DVD, tenemos la posibilidad de ver eso que escuchábamos como algo raro y lejano, producido, por ejemplo, en un pequeño teatro de Europa que tal vez nunca visitaríamos. Sea cual fuera el formato, siempre estaremos bajo la tutela de los sellos discográficos, cuyos criterios están influidos por las tendencias del mercado.

Más allá de ese florecimiento tecnológico, la experiencia en vivo de la ópera –sea el repertorio que fuera– jamás podrá ser reemplazada. Por ese motivo es más que bienvenida la programación del estreno sudamericano de Il ritorno d’Ulisse in patria por parte de Buenos Aires Lírica en el Teatro Avenida, saldando una vieja deuda monteverdiana en el panorama musical argentino.


1. De la confusión a una novedad

 

La creación del género operístico es el fruto de una confusión: un grupo de intelectuales y músicos florentinos a finales del siglo XVI creyeron estar reviviendo la tragedia griega. La ópera –un género musical inaudito hasta ese momento– nace pensando que es otra cosa. El supuesto “recitar cantando” griego –una voz principal sola con un acompañamiento complementario– es la columna vertebral para esta obra teatral enteramente cantada. Luego de haber escuchado los primeros experimentos de Jacopo Peri y Giulio Caccini, Claudio Monteverdi, que estaba al servicio del Duque Gonzaga de Mantua, compuso en 1607 la primera obra maestra del incipiente género: L’Orfeo.

Claudio Monteverdi, retrato de Bernardo Strozzi, 1640

Este artista, que ya por ese entonces era bien conocido por sus madrigales, le dio su impronta personal a la ópera, incorporando elementos como la canción con pauta de danza, el dúo de cámara, interludios orquestales y, cómo no iba a faltar, el madrigal. Para Mantua compuso al año siguiente Arianna, de la cual se conserva sólo el lamento de la protagonista y que es la obra con la cual debutaría en Venecia en 1640. También está desaparecida Andromeda estrenada en el carnaval de Mantua de 1619-20. Para Venecia compondría cuatro óperas –Proserpina rapita (1630), Il ritorno d’Ulisse in patria (1640), Le nozze d’Enea in Lavinia (1641) y L’incoronazione di Poppea (1643)– de las cuales sólo la segunda y la última se conservan. Lo particular de estas dos obras es el grado de madurez dramática que tienen en cuanto al tratamiento vocal de los personajes.

Esa evolución que tiene Monteverdi desde L’Orfeo hasta esas dos obras venecianas sólo puede entenderse –a falta de las óperas desaparecidas– si uno escucha el Octavo Libro de Madrigales (1638), que contiene Il combattimento di Tancredi e Clorinda y el Lamento della ninfa en stile rappresentativo, junto a balli dramáticos, diálogos y madrigales con bajo continuo.

 

2. El poder de la voz cantada

 

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Publicado el 11/03/2010
     
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