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[DVD] "La pietra del paragone" en el Théatre du Châtelet 2007 : Fértil virginidad
El trabajo del videasta Pierrick Sorin, en conjunto con Giorgio Barberio Corsetti, resulta ser una eficaz y delirante puesta en escena de esta ópera bufa de Rossini. La versión musical, con instrumentos de época y excelentes cantantes, es excepcional. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Una escena del primer acto de La pietra del paragone,
Théatre du Châtelet, París, 2007

LA PIETRA DEL PARAGONE, ópera bufa de Gioacchino Rossini. Dirección musical: Jean-Christophe Spinosi. Puesta en escena, escenografía y video: Giorgio Barberio Corsetti y Pierrick Sorin. Vestuario y colaboración en la escenografía: Cristian Taraborrelli. Iluminación: Gianluca Cappelletti. Reparto: Sonia Prina (la marquesa Clarice), Laura Giordano (doña Fulvia), Jennifer Holloway (la baronesa Aspasia), François Lis (el conde Asdrubale), José Manuel Zapata (el caballero Giocondo), Joan Martín-Royo (Macrobio), Christian Senn (Pacuvio), Filippo Polinelli (Fabrizio), Julien Lambert (comediante). Coro del Teatro Regio de Parma, director: Martino Faggiani. Ensemble Matheus. Dirección de cámaras: Philippe Béziat. Théatre du Châtelet, París, enero de 2007. Sonido DTS Sorround y comentario para personas con visión disminuida; subtítulos en francés e inglés. 2 discos (ópera: 161 + bonus: 54 minutos) + libro (116 páginas). Naïve 2007 (V 5089).

Nada une a Pierrick Sorin con la ópera. No sólo la considera un género convencional y aburrido, sino lejano y ajeno. Sorin es un artista visual enfocado principalmente hacia el video. Diseñó para las Galerías Lafayette unos teatritos ópticos en los que proyectaba su imagen en miniatura en forma de holograma, momento en que el posterior director del Teatro del Châtelet lo conoció y pensó que quizá eso podía hacerse a una escala mayor. Gracias a la colaboración de Sorin con el director de escena italiano Giorgio Barberio Corsetti, quien funcionó como puente entre los lenguajes del video y la ópera, se montó La pietra del paragone, séptima ópera de Gioacchino Rossini, más bien desconocida y poco apreciada. Es difícil pensar en un resultado más fértil que el nacido de semejante conjunción, por más que quien haya puesto el sello a la producción sea completamente ajeno a ese mundo.

La pietra del paragone literalmente significa “la piedra de toque”, y busca transmitir la idea que sólo la desgracia revela los verdaderos afectos humanos; según se canta en el finale primo, “La piedra de toque son los eventos adversos. En los últimos días felices, más dudosa es la amistad”. Su trama es la usual confusión bufa en torno al cortejo y la ansiedad respecto a la sinceridad del amor. El soltero conde Asdrubale quiere averiguar la verdadera motivación de tres de sus pretendientes para lo cual finge un descalabro económico. La marquesa Clarice, la única que sale bien parada de la farsa, es también pretendida por Giocondo, quien se debate entre su amistad por el conde y su amor por la marquesa. La misma Clarice fingirá una nueva farsa, por la cual su hermano gemelo, Lucindo o Clarice travestida, ofrece la mano de ella a Giocondo. Él prefiere honrar la amistad, ante lo cual Lucindo-Clarice anuncia que se llevará a su hermana. El conde comprende que en realidad ama a Clarice y ambos, que desde el comienzo estaban destinados, se abrazan felices.

Esto, que no parecerá demasiado complicado, es la excusa para varios números que van de lo vocalmente tortuoso a lo sencillamente absurdo. Clarice y Asdrubale, mezzo y bajo, poseen una escritura tradicional, llena de exigente coloratura, en particular el aria para Lucindo-Clarice “Se per voi le care io torno... Viva il desio di gloria” (reciclada de L’equivoco stravagante). Hay también momentos de elegante inventiva, como el aria de entrada de Clarice, con solo de corno natural y con Asdrubale haciendo de eco. Pero lo que el auditor no olvidará son dos curiosas arias para los roles bufos, Pacuvio y Macrobio. El primero con un aria-trabalenguas acerca del Missipipì (sic), y el segundo con la delirante “Chi è colei, che s’avvicina”, un aria sobre el periodismo de espectáculo y los personajes sobre los que escribe, incluido el singular Maestro Don Pelagio, momento en el cual el director de orquesta golpea rítmicamente su batuta contra el atril.

Todo lo anterior se transforma en un doble delirio cuando Pierrick Sorin aplica sus particulares técnicas visuales a Rossini. Utilizando un fondo azul de la misma forma en que se hace con el pronóstico del tiempo en televisión, el escenario se divide horizontalmente en dos, pudiendo verse abajo las “condiciones de producción” del espectáculo y arriba el resultado. Por si esto fuera poco, el trabajo de edición para el devedé triplica el delirio al volver a escribir algunas tomas. Es imposible dar aquí una descripción que haga justicia a la clase de placer que entrega todo lo anterior. Solo baste decir que hay gente saliendo de los lavaplatos, sirvientes que se zambullen en una piscina, un duelo de spaghetti-western, campos de guerra, ratas bebé gigantes y un largo etcétera de detalles que, si no mueven a alguien a agarrarse la panza riendo, prueban que su humanidad se encuentra adormecida. Si esto fuera poco, hay también lugar para dos hermosos finales de acto, cándidos y llenos de franca simplicidad, junto con un desempeño musical en todo aspecto excepcional.

El Ensemble Matheus que dirige Jean-Christophe Spinosi tiene en su haber varias grabaciones de óperas de Vivaldi. El renacer de la llamada ópera barroca, encabezado por la explosión handeliana de hace varias décadas, ha ayudado a expandir el repertorio, pero en pocos casos ha logrado interpelar a sus intérpretes para que expandan su propio repertorio. Hay casos extraordinarios, como el de Marc Minkowski que ha llegado tan lejos como para tocar Offenbach, y el de Spinosi es digno de mención por el enorme aprecio que expresa hacia la música de Rossini. Gracias a la documentación musicológica de Damien Colas, Spinosi ha reforzado la cuerda baja para que sea, en sus propias palabras, “la primera vez que una audiencia moderna pueda escuchar un verdadero crescendo de Rossini”. A la fuerza de una orquesta con instrumentos de época, Spinosi suma un manejo histriónico de los tiempos y un cuidadoso tratamiento de la dinámica que le permite efectuar estallidos orquestales electrizantes.

Jennifer Holloway, Laura Giordano, Joan Martin Royo, François Lis y Christian Senn en el final del primer acto de La pietra del paragone, Théatre du Châtelet, París, 2007

Sonia Prina es una de las mejores contraltos del momento y lo prueba a cada instante. Desde la endemoniada coloratura, que ejecuta con una naturalidad poco común, hasta el fraseo voluptuoso de su coqueteo, todo en ella se muestra lleno de vida y humor (y en esto último, es también muy sutil). François Lis, un absoluto desconocido para mí antes de esto, es por lo bajo una de las más eficientes voces graves que se podrían encontrar en el panorama actual. El timbre es cálido y aterciopelado, con una facilidad para la coloratura que parece clamar por más Rossini. No dudo que pueda hacer tanto o más en otro repertorio, pero desde Samuel Ramey la esperanza para el bajo rossiniano no se había agitado tanto. Si a esto se suma un desempeño escénico ejemplar y una muy atractiva presencia el resultado parece inmejorable.

El tenor granadino José Manuel Zapata como Giocondo parece constantemente atribulado, pero responde con aplomo a una contemplativa aria encabezada por un solo de clarinete. Joan Martín-Royo como Macrobio se roba el espectáculo. Sus méritos vocales casi son opacados por un histrionismo algo dado a la exageración (Sorin en la entrevista lo compara con Mr. Bean y Pee-wee Herman), pero el personaje parece hecho para semejante ejercicio, incluido el abundante uso de muecas y una metralla de líneas en el quinteto del acto segundo dadas a tal velocidad que harían palidecer a Renato Capecchi. El chileno Christian Senn es un perfecto Pacuvio, lo mismo la encantadora doña Fulvia de Laura Giordano. Mención aparte merece el actor Julien Lambert como el ubicuo sirviente del conde, mezcla del imperturbable Buster Keaton con el exasperante Inspector Clouseau.

Introducción del primer acto de La pietra del paragone,
Théatre du Châtelet, París, 2007

El set se completa con un segundo disco en el cual Spinosi y Sorin comentan la pieza y la experiencia del montaje, y un video hecho a propósito de una exposición retrospectiva del trabajo de Sorin. El libro en el cual vienen insertados los discos (una siempre incómoda, aunque elegante forma de almacenaje) contiene amplias fotografías y abundante material escrito, que va desde Stendhal hasta dos informados ensayos de Damien Colas y Sylviane Falcinelli. Un ejemplo de lo que debería ser un set en devedé.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, diciembre de 2008

Imagen del centro: Laura Giordano (doña Fulvia) y Christian Senn (Pacuvio) / Fotografías de Marie-Noëlle Robert / Théatre du Châtelet

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Publicado el 20/01/2009
     
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