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"Porgy and Bess" en Nueva York : La vida de los otros
Después de casi cuarenta años, volvió la ópera de Gershwin a la Metropolitan Opera House. Angel Blue encabezó un sólido elenco en una versión escénica sin muchos riesgos. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Nueva York)
 

PORGY AND BESS, folk opera de George e Ira Gershwin, DuBose y Dorothy Hayward. Función del miércoles 16 de octubre de 2019 en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Dirección musical: David Robertson. Dirección de escena: James Robinson. Escenografía: Michael Yeargan. Vestuario: Catherine Zuber. Iluminación: Donald Holder. Proyecciones: Luke Halls. Coreografía: Camille A. Brown. Reparto: Angel Blue (Bess), Latonia Moore (Serena), Janai Brugger (Clara), Leah Hawkins (la mujer de las fresas), Denyce Graves (Maria), Frederick Ballentine (Sportin’ Life), Eric Owens (Porgy), Alfred Walker (Crown), Ryan Speedo Green (Jake). Coro, directores: Donald Palumbo y David Moody. Orquesta de la Metropolitan Opera House.

“Es siempre necesario suponer que el director sabe más que sus actores. Sabe, digamos, cómo sacar lo mejor de ellos, ya sea como intérpretes individuales o como conjunto. Esta es una suposición que los hechos no siempre confirman. En el caso de un director blanco puesto a dirigir un elenco negro, la suposición deja —con muy raras excepciones— de tener validez alguna”. Estas son palabras del escritor James Baldwin comentando la adaptación que en 1959 Otto Preminger hiciera para el cine de la ópera Porgy and Bess de 1935. La película fue retirada de circulación a comienzos de 1970 y engloba varios de los problemas que la misma ópera tiene: la representación de la vida de los negros como esencialmente supersticiosa, ignorante y delincuencial, la sexualización de la mujer negra en el personaje de Bess, lo que unido a su carencia de iniciativa la vuelve un personaje esquemático. Todo esto expresado en un inglés que pretende reproducir la jerga de los negros de comienzos del siglo XX elaborado por un equipo creativo de hombres blancos.

Naomi André en su reciente libro Black Opera (University of Illinois Press, 2018) propone tres preguntas para evaluar una ópera como Porgy and Bess: ¿quién aparece en la historia?, ¿quién habla?, ¿quién está en la audiencia? Es tentador pensar que Porgy and Bess es una ópera sobre negros por el hecho que (mayoritariamente) sus personajes lo son. Pero el propio Baldwin pensaba que la ópera decía más acerca de los blancos que de los negros. George e Ira Gershwin (“los Gershwin”, como ahora figuran en el programa de mano del Met en calidad de autores) eran dos hombres blancos de origen judío (Gershovitz), mientras que los Heyward (DuBose, el autor del libro en el cual se basa la ópera, y su mujer Dorothy, ambos colaboradores del libreto) pertenecían a familias del sur americano. ¿Cuál es, entonces, la experiencia moral que emerge en la ópera? Un ejemplo simple: hacia el final de la ópera, el personaje de Sportin’ Life, un dealer de droga, intenta convencer a Bess que lo siga a Nueva York. Lo hace en un número particularmente elocuente: “There’s a boat dat’s leavin’ soon for New York.” ¿Quién, se pregunta André, toma un barco para ir a Nueva York cuando la forma más directa para hacerlo dentro del territorio americano es en tren? La respuesta es obvia: un inmigrante, como lo eran los Gershwin. Quien habla en Porgy and Bess no es necesariamente quien aparece en escena.

El Metropolitan, a casi cuarenta años de montar por primera vez la ópera, abrió su temporada 2019-2020 con este título en una nueva producción a cuya última función del primer ciclo asistimos (vuelve en enero). El equipo creativo es, salvo la excepción de la coreógrafa Camille A. Brown, completamente blanco. Por cierto, todos los solistas vocales en escena son negros (una exigencia legal de los autores después de todo). Si la ópera es un género colaborativo, es de suponer que el notable grupo de cantantes convocados contribuyó al desarrollo de este proyecto. Todos ellos, además, son solistas cuyas carreras no dependen de un encasillamiento en los papeles de esta ópera, la mayoría de los cuales además ya había debutado en el escenario neoyorquino.

Para alguien familiarizado con las grabaciones de Lorin Maazel o Simon Rattle aflorarán varias diferencias. Utilizando la edición crítica de la partitura lo que se escucha es una versión con cerca de treinta minutos menos. Se trata de lo que Gershwin habría decidido reducir a efectos de hacer menos pesada una ópera de más de tres horas, una decisión que de todas formas es difícil tener por definitiva (Gershwin falleció a menos de dos años del estreno). El maestro David Robertson leyó con particular parsimonia la obra, destacando su carácter operático y desplazando los elementos jazzísticos a la periferia. Hay momentos, como la fuga que acompaña a la lucha entre Crown y Porgy hacia el final, que emergen favorecidos por este enfoque. Pero pese a su nobleza, el resultado se siente en general apagado.

La puesta en escena de James Robinson está dominada por la gran estructura ruinosa de Catfish Row, una suerte de “complejo habitacional para negros” a comienzos del siglo XX. El trabajo escenográfico de Michael Yearman permite observar acción simultánea en sus dos niveles, algo que Robinson balanceó con cuidado a efectos de evitar una sobresaturación. La estructura giratoria deja entrever un fondo de maderas horizontales al tiempo que permite algunas proyecciones que sugieren el ambiente portuario del lugar. La iluminación de Donald Holder logró efectos poéticos al jugar con los contrastes entre perfiles y fondo, un gesto simple que parece derrotar la idea que esta ópera requiere por necesidad un enfoque elefantino. Fue una lectura convencional que eludió cualquier riesgo que valiera la pena tomar.

El elenco masculino, de voces predominantemente oscuras, fue encabezado por el Porgy de Eric Owens, un rol que el bajo-barítono conoce bien, aunque vocalmente se lo sienta limitado en el agudo (en particular en “I got plenty o’ nuttin’”). Alfred Walker, como el matonesco Crown, tuvo un desempeño vocal impecable, en un rol que difícilmente captura las simpatías del público, a contrario del carismático Jake de Ryan Speedo Green. Frederick Ballentine debutaba en el Met como Sportin’ Life, un papel usualmente más declamado que cantado. No fue el caso aquí, pues Ballentine tiene una templada voz de tenor, con un centro cálido que articula con gran lirismo. Un número como “It ain’t necessarily so”, esa suerte de torcida teología que el personaje sermonea en Kittiwah Island, resultó por lo mismo menos estentóreo que lo usual.

Uno de los aspectos problemáticos de Porgy and Bess es su representación de las mujeres, la mayoría de las cuales aparecen despojadas de agencia. La Bess del título, una mujer adicta a las drogas y a los hombres, puede resultar fácilmente estereotipada si no despierta interés en su intérprete. La ascendente soprano Angel Blue logró por lo mismo algo inusual: dar vida a un personaje. No es solo que su voz tenga una gama inusual de matices: graves de rico color y excelente proyección, un tercio agudo de tintes líricos que es capaz de empujar a rincones dramáticos cuando el momento lo requiere; es también el hecho que pone su material al servicio de construir un personaje complejo. El momento más notorio de este esfuerzo es la incómoda escena que cierra el cuadro en Kittiwah Island. Puesta a decidir Bess si regresa con Porgy o permanece con Crown, su ex amante, el libreto parece indicar que Bess es víctima de una violación por parte de Crown. Es un momento ambiguo en la obra, pero no en esta producción, donde Bess voluntariamente da media vuelta y decide abordar a Crown. Por cierto, este es un “voluntariamente” marcado por una historia de abuso y dependencia, pero es elogioso que esta producción haya decidido otorgar, aunque no sin problemas, algo de agencia a Bess.

Janai Brugger como Clara abrió los fuegos del acto primero con un cautivante “Summertime”, la canción de cuna que entona para su hijo. No fue sorpresivo que el número de Serena “My man’s gone now” paralizara la función, pues Latonia Moore tiene una voz que crece y decrece con un ritmo oceánico, llevando al auditor a través de los diferentes estados emocionales del personaje al expresar el dolor por su marido muerto. Sería fácil decir que se robó la función, si no fuera por el aplauso obtenido por Leah Hawkins al cabo de su breve intervención como la chica de las fresas, una voz impoluta que cortó el aire con un agudo calante de hermosa factura. La mezzo Denyce Graves realizó un cameo como Maria, la matriarca de Catfish Row, dotando al personaje de enorme dignidad. Es un elenco numeroso que fue complementado por el otro gran protagonista de la obra, a saber el Coro. Ensamblado específicamente para estas funciones, brilló con el pathos necesario en la escena del huracán, al tiempo que capturó la picardía necesaria en momentos como la discusión del divorcio de Bess. Y así como sobre el escenario se percibe una experiencia colectiva, ver Porgy and Bess a teatro lleno con un público racial y etariamente variado en un grado inusual para un teatro de ópera es también una experiencia enriquecedora.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, noviembre de 2019

Imágenes gentileza Metropolitan Opera / Fotografías Ken Howard
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Publicado el 02/12/2019
     
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