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"El caballero de la rosa" en Chile : Kitsch sublime
Después de un tercio de siglo, retornó al Municipal la ópera de Strauss. Dos excelentes elencos dieron vida a esta “comedia para música” con una puesta en escena poco atractiva. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Sophie Koch (Octavian) y Celine Byrne (Mariscala) en el acto 1 de El caballero de la rosa, Municipal de Santiago, Chile, 2019

EL CABALLERO DE LA ROSA (Der Rosenkavalier), comedia para música en tres actos de Richard Strauss. Funciones del viernes 14* y sábado 15 de junio de 2019 en el Municipal de Santiago, Ópera Nacional de Chile. Dirección musical: Maximiano Valdés / Pedro-Pablo Prudencio*. Dirección de escena: Alejandro Chacón. Escenografía: Sergio Loro. Vestuario: Adán Martínez. Iluminación: Ricardo Castro. Reparto: Celine Byrne / Paulina González* (la Mariscala), Jürgen Linn / Johannes Stermann* (Barón Ochs), Sophie Koch / Evelyn Ramírez* (Octavian), Patricio Sabaté / Javier Weibel* (Faninal), Elbenita Kajtazi / Catalina Bertucci* (Sophie), Marcela González / Paola Rodríguez* (Marianne Leitmetzerin), Paul Kaufmann / Francisco Huerta* (Valzacchi), María Luisa Merino / Gloria Rojas* (Annina), David Junghoon Kim (un cantante). Coro y Coro de Niños del Municipal de Santiago, directores: Jorge Klastornick y Cecilia Barrientos. Orquesta Filarmónica de Santiago.

En el ocaso de su vida Richard Strauss dijo de sí mismo: “Puede que no sea un compositor de primera categoría, pero soy uno de los mejores de segunda”. Honestidad o falsa modestia, es bastante aceptado que el conjunto de su obra musical es desigual. Después de dos contundentes y vanguardistas óperas (Salomé en 1905 y Elektra en 1909), la musa de Strauss se movió como cangrejo hacia el pasado. El giro conservador de su trabajo posterior sigue pareciendo el trabajo de otro compositor. El caballero de la rosa (Der Rosenkavalier, Dresde, 1911) fue la primera jugada en esa dirección, y uno de sus éxitos más rotundos. Hugo von Hofmannsthal, que había adaptado su obra teatral Elektra para que se convirtiera en ópera, proveyó además a Strauss del primero de los libretos hechos expresamente para el escenario lírico. La unión de estas dos personalidades con sensibilidades y preocupaciones tan distintas a ratos semeja un matrimonio por interés. Y sin embargo... es una de las colaboraciones artísticas más notables del siglo XX.

El caballero de la rosa desarrolla en tres actos el triángulo amoroso de una mujer madura, su amante adolescente y una chica ingenua que ha de contraer matrimonio con un noble de dudosos modales. Como pocas, se trata de una ópera estructurada casi completamente en torno a diálogos. Salvo el monólogo de la Mariscala en el acto primero (donde ella se habla a sí misma) y el final del acto segundo (donde el barón Ochs se canta a sí mismo), el grueso de la obra es conversacional. Verborreica como pocas, el primer problema es la inteligibilidad del que es, por lo demás, un libreto de excelente factura. Hay que reconocer entonces el trabajo de los sobretítulos en esta producción, donde se chilenizaron varias de las expresiones vernáculas y coloquiales que utiliza Hofmannsthal como marcador social. Un abundante elenco de comprimarios desfiló por el escenario, destacándose la agilísima chaperona Marianne de Marcela González, la picaresca Annina de Gloria Rojas, los Faninal de Patricio Sabaté y Javier Weibel (¿hay algo que no hagan bien?), y el algo exagerado cantante (o tenor italiano) de David Junghoon Kim.

Elbenita Kajtazi (Sophie) y Sophie Koch (Octavian) en la presentación de la Rosa, escena
del segundo acto de El caballero de la rosa, Municipal de Santiago, Chile, 2019

Dado que la Mariscala desaparece durante todo el segundo acto y vuelve solo para el cierre del tercero, la soprano que lo interpreta afronta el desafío de provocar una impresión completa del personaje en solo un arco dramático. Celine Byrne tiene una hermosa voz cristalina, que emplea con gran naturalidad en un rango dinámico muy controlado (pocas veces se la escuchó elevarse por sobre el forte). Desarrolló un personaje dignificado, de una espontánea sensualidad en sus interacciones con Octavian. Es cierto que su monólogo puede desarrollarse más, pero fue a todas luces un trabajo de elegante factura. Paulina González, en el elenco alternativo, mostró menos sutileza y ofreció un cuadro de contrastes algo abruptos. Hay una inclinación por lo rotundo, en particular en un monólogo donde el estado de ánimo transmitido fue el tedio. No fue un retrato acabado lo que mostró.

El personaje del barón Ochs es el eje dramático de la ópera (Ochs von Lerchenau fue de hecho un título provisional de la obra). No sólo porque en torno a él gira la mascarada vienesa del acto tercero, sino porque al igual que Don Giovanni, Ochs tiene la virtud de provocar que pasen cosas en escena. El bajo-barítono Jürgen Linn tiene dotes actorales bastante simpáticas y se decantó por un enfoque bufonesco. La voz privilegia el parlando que el abundante texto le exige, descendiendo con cierta dificultad al grave. Johannes Stermann, por su parte, fue un Ochs de rica e imponente voz oscura. Con una altura cercana a los dos metros, Stermann tuvo la difícil misión de hacer comedia con una presencia escénica que amplifica todos sus movimientos. John Cleese, el famoso miembro de Monty Python de casi dos metros, comentó en alguna ocasión sobre ese problema, donde su enfoque consistía en pequeños movimientos horizontales y verticales. Stermann hace, de hecho, algo parecido en varios momentos, sacando sonrisas cómplices. Es un cantante difícil de pasar por alto al que gustosamente uno vería en otros papeles.

Debutando en Latinoamérica, la mezzo francesa Sophie Koch mostró sus credenciales como Octavian, un rol que conoce al dedillo. La voz es suntuosa, con un grave quizá demasiado dramático para un papel tan juvenil, pero su seguridad en el juego de alcoba que abre la ópera coloca al espectador en una relación de complicidad que derriba cualquier escepticismo. El color amaderado de su voz emerge con elegancia en toda la función, incluso cuando imposta una voz chillona para caracterizarse como la falsa mucama Mariandel. Su timbre se mezcló a la perfección con el de la soprano kosovar Elbenita Kajtazi, una Sophie de gran carácter que leyó con precisión sus muy celestiales frases en la presentación de la rosa. En el elenco alternativo, Evelyn Ramírez mostró su hermoso color de mezzo como Octavian, y Catalina Bertucci como Sophie bordó con precisión e imprimió nobleza a su papel, un efecto que logró pese al enfoque que la puesta decidió darle al papel.

Johannes Stermann (Barón Ochs) y Evelyn Ramírez (Octavian) en el segundo acto de El caballero de la rosa, Municipal de Santiago, Chile, 2019 

Maximiano Valdés y Pedro-Pablo Prudencio compartieron la batuta frente a la Filarmónica de Santiago. La colorida orquestación straussiana fue ofrecida con moderación por Valdés, mientras que Prudencio jugó más con los contrastes dinámicos. Un ejemplo de ello es la frase “Muß halt ein Heu” para Ochs en el acto primero, donde Prudencio adelgazó con mayor efectividad el sonido a efectos que el bajo pudiera proyectar con gusto el casi susurro que exige la partitura. La orquesta sonó en todo momento motivada, luciendo un hermoso sonido de cámara en el cierre del acto primero, aunque ciertos pasajes (en particular el pandemónium del acto final) la ponen en un terreno incierto.

Si la parte musical se mostró en varios puntos extraordinaria y en todo aspecto más que correcta, la puesta en escena opacó el impacto que este Caballero podría haber tenido en la actual temporada. A cargo de Alejandro Chacón, se ofreció una lectura ambientada en la Viena dieciochesca. Sería absurdo llamarla realista, considerando que la ópera de Strauss es deliberadamente anacrónica. Chacón en general sigue al pie de la letra las indicaciones de Hofmannsthal, incluidas las diversas pantomimas que acompañan a los momentos puramente orquestales. Toda la puesta está empapada de un humor liviano de trazo grueso y revisteril, con elecciones artísticas de dudoso gusto, como el aporreo gratuito de Sophie en el acto segundo, y otras que parecen ir en una dirección interpretativa. La más llamativa, el hecho que la Mariscala en el cierre del acto primero no se haya vestido y, en bata y con una habitación oscurecida, llore sobre su cama. La sugerencia parece ser la de una mujer deprimida, algo que no alcanza a elaborarse ni a conectarse con su actitud en el acto final.

Catalina Bertucci (Sophie), Evelyn Ramírez (Octavian) y Paulina González (la Mariscala)
en la escena final de El caballero de la rosa, Municipal de Santiago, Chile, 2019 

La desigual escenografía de Sergio Loro ofrece un contraste entre el “buen gusto” del palacio de la Mariscala y el kitsch de nouveau riche del acto segundo. Con colores chillones y una arquitectura incomprensible, el efecto resulta exagerado incluso para la hortera sensibilidad de Faninal. El acto tercero, ambientado en una taberna de dimensiones improbables, lució improvisado. La iluminación de Ricardo Castro está atenta a los diversos y abundantes movimientos escénicos, mientras que Adán Martínez firma un vestuario detallista, aunque cueste encontrar algún personaje que luzca medianamente atractivo. El impacto general que produce toda la puesta es el de una decoración de pastel: extremadamente edulcorado, artificial y cargante. En una ópera de más de tres horas, se nota.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, junio de 2019

Imágenes gentileza Municipal de Santiago – Ópera Nacional de Chile / Fotografías de Patricio Melo y Marcela González Guillén
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Publicado el 18/06/2019
     
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