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Sonya Yoncheva en Chile : Una voz viva
Con motivo del octavo aniversario del Teatro del Lago de Frutillar, la soprano búlgara debutó con un rotundo éxito en Sudamérica. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

SONYA YONCHEVA, soprano. Junto a Antoine Palloc, piano. Recital del sábado 17 de noviembre de 2018, en el Teatro del Lago, Frutillar. Obras de Catalani, Massenet y Puccini.

Un programa con arias de Jules Massenet y Giacomo Puccini invita hoy a la sospecha. Famosamente ambos han sido despreciados por la intelligentsia musical, tildados de sentimentales y hasta de vulgares. Pero además hoy sus temas y su pretendida comprensión del “alma femenina” se estrellan de la misma forma en que lo han hecho reputaciones de autores como Pablo Neruda y Woody Allen. Quizá el caso de Puccini sea el más impresentable hoy: casi no hay personaje femenino en sus óperas que no resulte muerto al final de la función. Esto, que puede ser dicho de la mayoría del repertorio, se refuerza por la manera particularmente cruel en que él trata a sus mujeres y al público: nos entrega personajes con los que nos encariñamos, para luego someterlos a progresivas torturas que culminan con su muerte. Se necesita entonces una artista de gran nivel para redimir a estas obras.

Sonya Yoncheva (Bulgaria, 1981) tuvo un año particularmente exigido. A su retorno a los roles de Mimì (Puccini) y Poppea (Monteverdi), agregó los débuts en los roles principales de Tosca (Puccini), Luisa Miller (Verdi), Il pirata (Bellini) y Medée (Cherubini). Es una agenda extenuante con un repertorio que abarca poco más de 250 años. Precedida de una fama internacional, llegó el pasado sábado a un pueblito del sur de Chile, en lo que es su primera presentación en Sudamérica. Ubicado frente al lago Llanquihue, Frutillar cuenta con un escenario que se adentra en las aguas, el Teatro del Lago, un recinto de hermosa arquitectura y excelente acústica que sirvió de bandeja para el arte de la soprano.

La primera parte del recital se concentró íntegramente en Massenet. Con un vestido blanco, abrió con “Il est doux, il est bon”, el aria de entrada de Salomé en Hérodiade. No hay mucho que emparente a esta princesa con la de Richard Strauss. Una suerte de sensual piedad es la que transmite la música, y la voz de Yoncheva es un vehículo de inmaculada elocuencia para las líneas de Massenet. La voz crece con una inusual organicidad, como si se tratara de un ser vivo, y el timbre, cálido y abrasante, es un fenómeno en sí mismo. Todas esas características resultan aún mas explotadas en “Pleurez mes yeux” de Le cid. Si bien perdemos el mélange entre la voz y el clarinete alto, el acompañamiento al piano de Antoine Palloc enmarcó con destreza el contorno de las emociones de Chimène. Ofreció también dos arreglos para el segundo interludio de Don Quichotte y la celebérrima méditation de Thaïs, ambos excelentes en su adaptación al piano de los obbligatos de cello y violín.

En la línea de cortesanas entrañables, Manon y Thaïs cerraron esta primera parte. La primera estuvo representada por “Adieu notre petite table”, una miniatura rendida con controlada emoción, y la segunda por el aria del espejo. Fue en esta última donde Yoncheva mostró algo que solo había estado sugerido antes, a saber su dominio del escenario. Desplazándose en torno al piano, este número mostró también que se trata de una artista capaz de conquistar al público en un nivel extramusical.

Salvo por “In sogno” de Alfredo Catalani, una pieza para piano, la segunda parte estuvo dominada por Puccini. Le villi, una historia de fantasmas y venganza, es Puccini temprano, y “Se come voi piccina” es de las pocas cosas rescatables que tiene. Es un número ingenuo en su simpleza, y Yoncheva, ahora con un vestido rojo, le otorgó un peso mayor que el que quizá amerita. Algo semejante ocurre con la profundidad de su “O mio babbino caro”, un aria siempre bien recibida por el público. Pese a su asociación con una italianità un tanto folclórica (propagandas de tallarines se la han apropiado), eso no quita que sea un momento de enorme ternura que, cantado con la convicción de Yoncheva, puede paralizar una función. El aria del adiós de Mimì en La bohème y “Un bel dì” de Madama Butterfly casi obligan a recurrir a un pañuelo. Yoncheva es cuidadosa al evitar la manipulación del público, logrando dos versiones correctísimas en su musicalidad, control del fiato y proyección.

Reciprocamos entusiastas el programa y fuimos recompensados con tres encore: el vals “O Paris” de Les cents vierges de Lecocq (una opereta de trama infumable), la Habanera de Carmen (con un coqueto juego escénico de parte de los músicos) y, de nuevo, el aria de Manon. Dijo que era un adiós, pero que también podía ser el comienzo de algo. Cómo negarnos: la queremos viva y de regreso.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, noviembre de 2018


Fotografías gentileza Teatro del Lago
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Publicado el 20/11/2018
     
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