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"Norma" en Chile : Cohabitación
La penúltima ópera de Bellini volvió al Municipal de Santiago. Una muy bien ejecutada puesta en escena de Francesca Zambello fue el marco para dos parejos elencos. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

"Fine al rito", Elizabeth Baldwin en la escena del primer acto de Norma, Teatro Municipal de Santiago, 2018 

NORMA, ópera de Vincenzo Bellini. Funciones del miércoles 7 y sábado 10* de noviembre de 2018 en el Municipal de Santiago, Ópera Nacional de Chile. Dirección musical: Konstantin Chudovsky / Pedro-Pablo Prudencio*. Dirección escénica: Francesca Zambello. Escenografía: Peter J. Davison. Vestuario: Jennifer Moeller. Iluminación: Mark McCullough. Reparto: Irina Churilova / Elizabeth Baldwin* (Norma), Oksana Sekerina / Vlada Borovko* (Adalgisa), Evelyn Ramírez (Clotilde), Sung Kyu Park / Kirill Zolochevskiy* (Pollione), Pedro Espinoza / Rony Ancavil* (Flavio), Ievgen Orlov / Önay Köse* (Oroveso). Coro del Municipal de Santiago, director: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

El contraste entre el cálido Mediterráneo y el frío Norte europeo sirvió durante el siglo XIX como una oposición también entre formas de sensibilidad. Las pasiones, la sensualidad y el abrigo del sol se oponían a la fantasmagoría, el interés en lo oculto y el plateado abrazo de la noche. Cuando Vincenzo Bellini decidió poner música a Norma (Milán, 1831), estaba jugando precisamente con algunas de estas oposiciones. El libretto de Felice Romani, una adaptación de una obra francesa contemporánea donde se percibe la influencia de la historia de Medea, sitúa los tradicionales temas de amor, celos y conflicto de lealtades tan caros al melodrama italiano en el contexto histórico de la ocupación romana de las Galias. Los celtas, con su culto a la naturaleza y el probable recurso a sacrificios humanos, serían vistos por el poder invasor como bárbaros. Romani y Bellini transfiguran esos aspectos mediante una presentación del pueblo invadido como buscando preservar su cultura y tradiciones. Hilvanada la ópera en una serie de procesiones, marchas y rituales públicos, los celtas de la ópera se oponen al “águila enemiga”, los romanos, pero en el contexto de la composición de la ópera, también el símbolo del Imperio austríaco invasor del territorio italiano. En medio del risorgimento, Norma no es una ópera pacífica.

Varios de estos aspectos aparecen en la nueva producción del Municipal de Santiago. La directora de escena estadounidense Francesca Zambello trasladó la acción al ottocento, donde pueblo invasor y pueblo invadido cohabitan en el mismo espacio vital. Enclaustrada la acción en el interior de un recinto monumental (extraordinario el diseño escenográfico de Peter Davison) cuya entrada resguardan soldados (en estilizados y ascéticos uniformes de un prolijo vestuario a cargo de Jennifer Moeller), los celtas (o campesinos en esta versión) intentan colarse en su interior a efectos de venerar un árbol. El nemeton o lugar sagrado de los druidas ha sido arrancado literalmente de raíz y preservado como pieza colgante de un museo en este recinto. Cuando finalmente los druidas logran llevar a cabo su ritual, la iluminación de Mark McCullough resalta con colores artificiosos el carácter ficticio del simulacro. El ultraje de la naturaleza como afrenta cultural (que junto a las políticas de consunción pueblan también la puesta en escena del Anillo de Wagner hecha por la Sra. Zambello) contribuye a resaltar el modus vivendi ambiguo al que ambos pueblos han llegado.

Junto al despliegue de ritual público, existe un drama doméstico que afecta a Norma. Como guardiana de su cultura, la sacerdotisa se encuentra en un dilema típicamente operático: renunciar a su origen para huir con su enamorado. La idea de cohabitación cultural se vuelve así cohabitación marital. La habitación de Norma, con una cama y un pequeño altar, es el sitio donde el acto primero concluye y el segundo comienza. Las marcaciones en estas escenas fueron de corte más cotidiano, a veces quizá exageradas en su intento por mostrar el conflicto emocional por el que pasan los personajes. No es de extrañar entonces que en el cierre del acto primero el público riera al ver el triángulo amoroso desarrollado con la sutileza de un culebrón venezolano. No ayudó tampoco la traducción en extremo literal proyectada en los sobretítulos. Junto con una pequeña coreografía medio hippie que acompañó el ingreso de Norma, fueron los únicos momentos embarazosos de una puesta que, en general, resultó coherente. Dentro de su recatada modernización, mostró que el vino viejo en odres nuevas puede saber muy bien.

Sung Kyu Park (Pollione), Irina Churilova (Norma) y Oksana Sekerina (Adalgisa) en la
escena final del primer acto de Norma, Teatro Municipal de Santiago de Chile, 2018

Los romanos en esta versión no fueron demasiado amenazantes. Como el confiable Flavio, fueron eficientes tanto Pedro Espinoza como Rony Ancavil, algo hiperventilado este último en sus gestos y fraseos. El tenor surcoreano Sung Kyu Park tiene un material más bien lírico, y su Pollione es a veces hasta encantador. A veces, claro, cuando no está comportándose con la impulsividad de un adolescente. Mejor resultó la manera en que Kirill Zolochevskiy enfrentó el papel. Con un timbre más filoso, y movimientos más decididos, el tenor ruso brindó una solvente versión de su cavatina de ingreso. Incluso con la cabaletta reducida a una estrofa, logró sacarle partido a un número que con facilidad se vuelve irrelevante.

El pueblo invadido forma el grueso de los personajes. La escritura coral de Bellini en Norma está intensificada si se compara con el resto de sus óperas y el Coro del Municipal hizo un trabajo admirable en los varios números que demandan su presencia. El coro del acto segundo “Guerra, guerra!” fue ofrecido en esta ocasión en tres estrofas, sin la modulación a mayor con arpa, una lástima dada la belleza de la melodía. Como el capo de los druidas, el bajo turco Önay Köse mostró un material de ricos colores aterciopelados, lo que unido a su presencia escénica expresaron la gravitas del personaje. Menos impactante fue su colega Ievgen Orlov, que pese a un buen comienzo, perdió elegancia en el segundo acto.

Norma sin embargo es una ópera de mujeres (quizá de una mujer). El rol titular, admirado por Schopenhauer y Wagner, encapsula las dificultades del bel canto en una matriz romántica. La soprano Irina Churilova tiene una carrera desarrollada preferentemente en Rusia. Es una voz con un centro cremoso, algo opaco en ocasiones, que se empina al agudo con demasiada agresividad. Su Norma no es una de muchos matices. Ataca los agudos con seguridad, pero el resultado suele ser estridente, con escasa regulación dinámica. Su gran escena de ingreso fue, en el mejor de los casos, correcta. Ofrecida la cabaletta en una sola estrofa (y con ornamentación), se borró así la dialéctica entre melodía y decoración que emerge cuando el número no es abreviado. Mejor resultado obtuvo Elizabeth Baldwin. Con un timbre más claro, su voz flota mejor en la melodía de “Casta diva”, al tiempo que su “Son io” en el acto segundo se manifestó con elegante convicción. Lamentablemente una tendencia a bombardear a la audiencia con agudos forte juega en contra de lo que, de otra manera, sería una interpretación más pulcra. Su desempeño en el comienzo del acto segundo, la escena en que medita si asesinar a sus hijos, fue elaborado con gran detalle, manifestando comprensión del conflicto que acecha a la protagonista.

"Son io", Norma (Irina Churilova) revela su culpabilidad en la escena final de Norma, Teatro Municipal de Santiago de Chile, 2018

Dos Normas reclaman dos Adalgisas. Oksana Sekerina abrió esta temporada como Doña Ana en Don Giovanni con un muy buen resultado. La cuerda es de soprano, con una excelente proyección y fraseo, en la cual se adivina —quién sabe— una futura Norma. Debido principalmente a la dirección orquestal y a la tendencia al forte de su colega sacerdotisa, la Sra. Sekerina comprometió la sutileza que mostró a comienzos de año. En el elenco alternativo, Vlada Borovko mostró en cambio un timbre más ahumado, de atractivo color que le permite lucir timidez, vulnerabilidad y candidez en un personaje que tiene pocas oportunidades para desarrollarse ante el público. La combinación entre las parejas de Normas–Adalgisas fue virtuosa, pues el maridaje de los diferentes timbres redundó en que los dos dúos mostrarán variedad dentro de su unidad. Evelyn Ramírez fue una Clotilde cariñosa. Junto a los niños que hicieron de hijos de Norma, completó un elencó en general homogéneo.

Quizá la mayor decepción de esta versión de Norma vino con la dirección orquestal. Konstantin Chudovksy mostró desde el comienzo mismo elecciones idiosincráticas. El “allegro maestoso e deciso” de la obertura se diluyó en lo que fue a todas luces una versión rápida y rotunda, contrastada violentamente con una versión en extremo lenta del tema con arpa. La tendencia al forte que suele caracterizar a su batuta empujó a la mayoría de los solistas vocales al desafío de sobrepasar el muro orquestal. Cuando esto es dosificado, puede agradecerse como forma de liberar las acumulaciones de energía. Lamentablemente, ocurre con demasiada más frecuencia de lo que uno quisiera. Pedro-Pablo Prudencio heredó la mayoría de estas decisiones, aunque su acto segundo se sintió mejor construido. Después de dieciocho años de ausencia, este montaje recupera un título necesario del canon. Esta Norma fue un correcto y efectivo cierre de temporada.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, noviembre de 2018

Fotografías gentileza Municipal de Santiago - Ópera Nacional de Chile
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Publicado el 17/11/2018
     
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