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[CD] "Semiramide" de Gioachino Rossini : Queen Size
La última ópera italiana de Rossini exige tiempo para ser oída. La grabación de Mark Elder para Opera Rara obliga a sentarse y darse cuenta que vale la pena. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Versión en concierto de Semiramide en el marco de los Proms, Royal Albert Hall, 2016

SEMIRAMIDE, melodrama trágico en dos actos de Gioachino Rossini. Dirección musical: Mark Elder. Reparto: Albina Shagimuratova (Semiramide), Susana Gaspar (Azema), Daniela Barcellona (Arsace), Barry Banks (Idreno), David Butt Philip (Mitrane), Mirco Palazzi (Assur), Gianluca Buratto (Oroe), James Platt (el fantasma de Nino). Coro Opera Rara, director: Stephen Harris. Orquesta de la Era de la Ilustración. Grabación en estudio, agosto y septiembre de 2016. 4 discos (229 minutos) + libreto bilingüe (120 páginas). Opera Rara 2018 (ORC 57).

En sus Lecciones sobre la estética, G. W. Hegel indica que “naciones completas han sido capaces de expresar su religión y sus más profundas necesidades de manera alguna salvo mediante sus construcciones, o al menos principalmente de alguna manera constructiva”. El tema es la arquitectura de la Antigüedad, donde la construcción de los edificios en Babilonia, India y Egipto “agotan la vida completa y la actividad de las naciones en ciertas épocas”. La relación entre arquitectura y cultura, la dialéctica entre lo material y el espíritu, obsesionó al siglo XIX, cuyas expediciones arqueológicas fueron el rostro más erudito del colonialismo.

No fue Gioachino Rossini el más hegeliano de los compositores, pero su última ópera compuesta para Italia, Semiramide (Venecia, 1823) trasunta una cierta arquitectura de lo que fuera una forma musical, la opera seria. Semiramide es el monumento de un género que Rossini conocía bien. A diez años del estreno de Tancredi, el compositor pareció sin embargo embalsamar la forma, dejando de lado el estilo más experimental que adoptara para el público culto de Nápoles. Semiramide es el mejor ejemplo de algo que parece nunca haber existido.

El libreto de Gaetano Rossi, autor también del de Tancredi, pone en escena a la reina babilónica Semíramis, que junto al príncipe Assur dieron muerte al rey Nino. Quince años después, el príncipe Arsace regresa a Babilonia. Sin saber que es realmente el hijo del finado rey, Semíramis lo elige como sucesor al trono y marido. Mientras en la pareja de asesinos hay visos de Macbeth, la aparición del fantasma de Nino y su exigencia de venganza conectan la pieza con Hamlet. Arsace llega a conocer su real origen antes que cualquier incomodidad edípica pueda contaminar la pieza. Llevando a cabo la venganza, mata por error a su madre y es coronado rey en lo que es —al menos musicalmente— un final feliz.

Semiramide volvió a los escenarios en el siglo XX de la mano de Joan Sutherland en 1962 (lo grabó cuatro años después), pero no fue hasta 1990 que se pudo apreciar en plenitud la obra. De la mano de Alberto Zedda y Philip Gossett se trabajó en una edición crítica de la partitura, que abriera no sólo los cortes que las diferentes ejecuciones fueron provocando, sino que ofreciera también la obra con su orquestación completa. Uno de los aspectos más notables es el uso que Rossini hace de una banda sul palco, un conjunto de instrumentos militares que tocan sobre el escenario, y cuya música se tuvo por perdida hasta ese entonces. La edición crítica vio la luz en el Metropolitan de Nueva York en una producción elefantina de John Copley (se la repuso hace poco con recepción más bien fría). Una grabación de 1992 para Deutsche Grammophon utilizó también esa edición. Era, hasta ahora, la versión comercial de referencia.

Rossini compuso un total de seis arias, cuatro dúos y tres números de conjunto al comienzo de la ópera, y al final de cada uno de los actos. A poco andar sabemos que las dimensiones de la obra son pantagruélicas cuando en este nuevo registro la Orquesta de la Era de la Ilustración concluye la celebérrima obertura después de doce minutos y medio de empezarla. La pieza, favorita de Toscanini y Karajan, es un destilado de varios temas musicales que recorrerán toda la pieza, y Mark Elder se encarga de mostrarla con gran expansión. La toma de sonido permite oír con claridad la virtuosa escritura para las maderas, pero también apreciar la detallada construcción del crescendo. Elder eligió Semiramide porque quería aportar al catálogo del sello Opera Rara una obra reputada que sin embargo se graba y monta completa con poca frecuencia. Desde ya es conveniente advertir que no hay sorpresas editoriales en esta grabación. El final revisado por Rossini para París en 1825, del cual sobrevive el texto, aún no ha sido encontrado. Lo que sí es sorpresivo es el espesor que entregan a la partitura la batuta de Elder y el sobresaliente trabajo del Coro Opera Rara. La música de la banda (que incluye un ophicleide) suena estupenda. No pocas veces me sorprendí retrocediendo el disco a efectos de constatar que... sí, eso que sonaba era Rossini.

El elenco es en todo similar al de la versión en concierto que se diera en el Royal Albert Hall en el marco de los Prom en septiembre de 2016. La soprano rusa Albina Shagimuratova ha venido haciendo carrera con los roles de coloratura más emblemáticos, en particular los de Mozart. El rol titular de Semiramide fue escrito para Isabella Colbran, una cantante a veces identificada como soprano y en otras ocasiones como mezzo, y el rol explora un rango bastante amplio de colores vocales. Shagimuratova tiene indudablemente los agudos y la coloratura para que su “Bel raggio lusinghier” exhude pirotecnia, pero también puede bucear en lugares más profundos y lúgubres, en particular en su dúo del acto segundo con el bajo. La voz de Shagimuratova es un buen complemento para el Arsace de Daniela Barcellona, una experta rossiniana que con gran soltura borda al andrógino personaje. Sus dos dúos, abundantes veinte minutos, son indudablemente las pièces de résistance de esta grabación.

El rol del tenor es aquí, como pocas veces pasa en Rossini, el menos importante. Las dos arias de Idreno funcionan más como pausas para el resto del elenco, y suelen ser cortadas o abreviadas en las ejecuciones teatrales. El tenor Barry Banks tiene una carrera hecha al servicio de los roles más estratosféricos de su cuerda y presta su material para un Idreno bastante memorable, aunque el timbre no sea precisamente lírico. Más interesante resultan como elección los tres bajos. Mirco Palazzi tiene una voz de hermoso color, cálido y aterciopelado. Es un Assur menos bárbaro y guerrero, de gran fragilidad en su compleja escena de delirio en el acto segundo, al tiempo que puede competir con autoridad en sus dos dúos.

Cuando Gianluca Buratto abrió la boca en octubre de 2017 en Nueva York “hizo que filas de profesionales de la música se enderezaran de su asiento e investigaran el programa de mano”. Así describió el crítico musical Alex Ross el efecto que este bajo produjo cantando Monteverdi. Acá no es menos. El rol de Oroe no tiene ningún aria, pero abre y prácticamente cierra la ópera. Como sumo sacerdote es el depositario de un saber oculto y su presencia en la grabación otorga a cada una de sus intervenciones un peso digno de Sarastro. James Platt como el fantasma de Nino hace imposible no pensarlo como algún otro espectro convidado a la fuerza. Susana Gaspar como Azema, un rol importante aunque en absoluto desarrollado, y David Butt Philip como Mitrane completan el reparto.

¿Cómo se posiciona entonces esta Semiramide en la discografía? De las anteriores, solamente la de Deutsche Grammophon resulta competitiva. Los veinte minutos de diferencia entre ambas se deben exclusivamente a los tempi frenéticos que eligió esa vez Ion Marin, una decisión que conspira en general con el cantabile y respiración de la obra. Es difícil vivir sin los dúos de la versión de Richard Bonynge, con las admirables Joan Sutherland y Marilyn Horne. El fanático rossiniano puede optar por algún disco de extractos que los incluya. Juan Diego Flórez grabó las dos arias de Idreno, al igual que Samuel Ramey hiciera espléndidamente con el aria de Assur para un recital con Gabriele Ferro. Con todo, tomada desde un punto de vista global, esta nueva grabación está llamada a ser la primera elección para cualquiera que quiera conocer con justicia esta obra. El resto, es solo un ejercicio en el viejo vicio de la comparación. En una obra de casi cuatro horas de duración puede resultar fatal.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Noviembre 2018, Santiago de Chile

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Publicado el 13/11/2018
     
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