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La Orquesta Filarmónica de Dresden en el Teatro Colón : Revisión, equilibrio y rebose
La orquesta alemana, bajo la dirección de Michael Sanderling y con el destacado pianista Herbert Schuch como solista, presentó con muy buenos resultados dos programas ambiciosos para el Mozarteum Argentino. Por Luciano Marra de la Fuente
 

La Orquesta Filarmónica de Dresden, dirigida por Michael Sanderling, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2018

ORQUESTA FILARMÓNICA DE DRESDEN. Dirección: Michael Sanderling. Solista: Herbert Schuch, piano. Conciertos del sábado 8 y domingo 9 de septiembre de 2018 en el Teatro Colón, organizados por el Mozarteum Argentino. Sábado 8 – Strasnoy: The End, Sum N° 4, para orquesta (estreno americano). Mozart: Concierto para piano y orquesta N° 20 en Re menor, K. 466. Bruckner: Sinfonía N° 3 en Re menor, WAB 103. Domingo 9 – Glanert: Weites Land (Musik mit Brahms) (estreno americano). Beethoven: Concierto para piano y orquesta N° 5 en Mi bemol mayor, Op. 73. Shostakovich: Sinfonía N° 12 en Re menor, Op. 112, “El año 1917”.

El sexto concierto de la temporada 2018 del Mozarteum Argentino estuvo a cargo de la Orquesta Filarmónica de Dresden, en su regreso a nuestro país por séptima vez, desde que debutó aquí en 1992 también para esta ejemplar entidad musical de conciertos. Desde entonces se pudieron apreciar en cada una de sus visitas las diferentes lecturas que tuvieron sus prestigiosos directores: Michel Plasson, Gerd Albrecht, Roderich Kreile, Rafael Frühbeck de Burgos y Michael Sanderling. Este último, que debutó hace cuatro años en Buenos Aires, volvió otra vez en ésta, su última temporada como Director Principal de este legendario organismo sinfónico fundado en 1870.

Los dos programas presentados en esta oportunidad tuvieron un formato similar: como inicio, obras de compositores actuales que revisitan el pasado sinfónico alemán —presentadas ambas en calidad de estreno americano—, luego conciertos para piano y orquesta propios del Clasicismo, y finalmente dos grandes sinfonías post-románticas, una alemana y otra soviética.

Tanto el argentino Oscar Strasnoy (1970) como el alemán Detlev Glanert (1960) toman para sus obras un gesto o motivo fundamental de una sinfonía del canon alemán: Strasnoy toma los compases finales de la Sinfonía N° 8 de Ludwig van Beethoven y Glanert las primeras ocho notas de la Sinfonía N° 4 de Johannes Brahms. Si bien la idea es la misma, es interesante el camino que cada uno de los compositores traza a partir de ese material primordial. En The End (2004), Strasnoy juega permanentemente, tal vez con un dejo de humor, con el gesto preciso de los acordes finales beethovenianos, tanto en su manera de exponerlo de manera rapsódica como en los contrastes que obtiene con las diferentes texturas instrumentales e intensidades sonoras.

La mirada de Glanert sobre Brahms en Weites Land (País amplio, 2013) es un poco más solemne y su discurso así lo expone: la sonoridad orquestal, que remite al original, posee una expresiva línea de violines y avanza de manera dramática, generando diferentes climas contrastantes, también con ecos del romanticismo brahmsiano. Los músicos de Dresden, bajo la atenta mirada de Sanderling, fueron artífices de versiones de excelencia en cada obra: precisión rítmica y tono liviano en Strasnoy, belleza expresiva y oscuridad sonora para Glanert, siempre con un ensamble ajustado y un cuidado trabajo en los matices dinámicos.

La Orquesta Filarmónica de Dresden, dirigida por Michael Sanderling,
junto al pianista Herbert Schuch, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2018

Un cuarto de siglo separa el Concierto N° 20 (1785) de Mozart con el N° 5 “Emperador” (1811) de Beethoven, sin dudas, dos obras concertantes emblemáticas para el piano. La relación de proximidad entre las dos obras se da no sólo en por la admiración que este último compositor tenía por la primera obra, al interpretarla y crear una cadenza que aún hoy se sigue interpretando —de hecho, en esta oportunidad así se hizo—, sino que, al escucharlas seguidas en menos de un día, las ligazones estilísticas del Clasicismo se hacen aún más evidentes. Si bien la obra de Beethoven tiende a un tono heroico que se lo emparenta con el Romanticismo posterior, su matriz se enraíza en los conceptos de equilibrio y balance dramático característicos del estilo clásico.

Todo esto se hizo aún más manifiesto en la interpretación a cargo del pianista invitado, el rumano Herbert Schuch. Su sonido para Mozart siempre fue contenido, preciso en el fraseo, quizá por momentos acelerado en su impronta expositiva, desfasándose un poco con el ensamble orquestal. La “Romanza” central fue tal vez el momento más introspectivo y lírico alcanzado, logrando un matiz dinámico muy suave, muy bien replicado en las intervenciones de los solistas de la orquesta. El “Allegro assai” fue impulsivo, nuevamente con algunos desequilibrios en la energía con el tutti, pero siempre preciso y claro.

En Beethoven el pianista volvió a lucir su destreza técnica, ya desde el acorde preciso y las escalas iniciales del “Allegro”, pero siempre con un tono contenido y no tan expansivo, como a veces se asocia este tipo de obra con los gestos más románticos. El segundo tema de ese movimiento también logró un grado de liviandad perfecto, sin embargo Schuch logró una sonoridad en el desarrollo que incluso tapó a la orquesta. Quizá al “Adagio un poco moto” le faltó un poco de expresividad, que sí habían expuesto muy bien en el comienzo los violines, en tanto que el “Rondó” final fue otra vez un destello de virtuosismo técnico, siempre con una orquesta contenida, precisa y de sonoridad no desbordante.

En los dos conciertos, Schuch fue muy aplaudido, lo cual provocó que interpretara en cada concierto un bis diferente, con características contrastantes: luego de Mozart, arremetió brillantemente con el tercero de los Grandes Estudios de Paganini, compuesto por Franz Liszt sobre La campanella, mientras que después de Beethoven logró un momento de introspección y suma expresividad —esa característica no tan alcanzada en el concierto del compositor de Bönn— con uno de los preludios corales de Bach transcriptos por Ferruccio Busoni, si no me equivoco fue “Nun komm der heiden Heiland”, BWV 659.

El pianista Herbert Schuch, junto a la Orquesta Filarmónica de Dresden, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2018

Dos discursos sinfónicos monumentales fueron traducidos, con sus sutilezas distintivas, por los músicos de Dresden bajo la mirada atenta de Michael Sanderling, en las obras que cerraron cada programa. La expansión discursiva de Anton Bruckner en su Sinfonía N° 3 (1877) mostró sin tapujos sus referencias a la historia sinfónica alemana, tanto las del pasado —Beethoven y Wagner— como de su época o más allá —Brahms y Mahler—, en tanto que la construcción de Dmitri Shostakovich en su Sinfonía N° 12 “El año 1917” (1961) a la manera de un extenso poema sinfónico fue cimentada por la creación de climas dramáticos impactantes.

En Bruckner, el comienzo súper suave del “Moderato, más animado, misterioso” tuvo sus bellas evocaciones beethovenianas, exponiendo nuevamente la habilidad de la agrupación sinfónica con los matices dinámicos. La solemnidad y los énfasis en ciertos temas de la trama sonora del compositor austríaco se lograron por el preciso sentido de ensamble de la orquesta, sin por ello opacar la expresividad de ciertas líneas melódicas, sobre todo en el “Adagio” de reminiscencias wagnerianas, tristanescas en las combinaciones instrumentales —muy bien realizadas por todos los solistas y familias de instrumentos— y los silencios elocuentes. El Trío del “Scherzo” tuvo sus justas dosis mahlerianas, aunque tal vez el aire de ländler sonó un poco pesado, mientras que el “Finale” adquirió ribetes dramáticos, gracias al nervio del tutti sinfónico y la masa sonora contundente.

Esa misma masa fue protagonista en la sinfonía de Shostakovich que describe la Revolución de Octubre, ya sea en los potentes tutti como en las delicadas texturas instrumentales. El tono marcial de los metales en “Petrogrado revolucionario”, más la destacada actuación del fagotista, el oboe, el clarinete y los primeros violines, dieron paso a un tema épico, luego heroico. El solo de corno en el inicio de “Razliv” fue excelente, al igual que la dinámica lograda extremadamente delicada por la flauta solista. Ese mismo tono tuvo “Aurora”, en sus combinaciones de temas en las maderas, cuerdas y percusión. El coral de metales que inicia el movimiento final, “El comienzo de la humanidad”, fue sonoro y decidido, para luego exponer un tema más vivaz en las cuerdas y luego en las maderas. El fortissimo con el cual llega a su culminación esta obra fue apoteósico, gracias a una excelente interpretación de la Orquesta Filarmónica de Dresden.

Michael Sanderling, dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Dresden, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2018

Tras Bruckner, los músicos alemanes ofrecieron una nerviosa versión del Intermezzo de Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni: más allá de su excelente sentido de ensamble, se extrañó quizá el sonido del órgano en la sección final y esa actitud de recogimiento que posee la pieza. Impulsiva fue la versión de la Danza húngara N° 1 de Johannes Brahms a la que Sanderling le imprimió un tono rapsódico al cambiar el tempo entre cada sección, mostrando el virtuosismo que la orquesta puede lograr. Fue una conclusión, sin dudas, excelente para este fin de semana sinfónico que ofreció para el Mozarteum Argentino este destacadísimo organismo sinfónico alemán.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2018

El Ensemble Oxalys en el Mozarteum Argentino : Reivindicación de la música de cámara

La temporada del Mozarteum Argentino prosiguió, a la semana siguiente de la presentación de la Orquesta Filarmónica de Dresden, con el debut en nuestro país del Ensemble Oxalys, integrado por destacados músicos belgas en dos conciertos, los lunes 17 y 24 de septiembre. En este último ofrecieron un programa integrado por dos obras muy particulares, el Noneto (1959/77) de Nino Rota y el Octeto en Fa mayor, D. 803 (1824), de Franz Schubert.

Rota, el gran compositor reconocido por sus músicas para películas, crea una pieza de cámara preciosista, con la claridad de una construcción neo-clásica, aunque con su toque expresivo distintivo. Allí se pudo apreciar el preciso ímpetu rítmico de los nueve instrumentistas belgas en el “Allegro” inicial y el “Allegro con spirito” central, pero también la melodiosa cantilena a cargo de la violoncellista en el “Andante”. Las combinaciones instrumentales son magníficas, por su ensamble y matices justos, por ejemplo en la “Canzone con variazioni”. La presteza del “Vivacisimo” final otra vez mostró al Oxalys prodigioso.

Obra de gran aliento —seis movimientos en una hora de duración—, el Octeto de Schubert es un verdadero desafío para todo ensamble de cámara. La concentración y la retroalimentación musical entre cada atril es necesaria para exponer esta pieza en todas sus dimensiones. La música poética del compositor romántico austríaco se ve mejor expresada por el Ensemble Oxalys en los movimientos lentos. La línea del clarinete sonó muy delicada en el comienzo del “Adagio”, y luego se acopló a la belleza sonora del violín, generando un dúo de nobles resonancias, con un fraseo exquisito. Lo mismo ocurrió cuando apareció la línea del violoncello, jugando con el clarinete. Las variaciones del “Andante” fueron elegantes, con una dinámica cuidada. Tal vez el “Menuetto” no sonó tan danzable como uno lo hubiera esperado, pero su coda fue lo suficientemente dramática para contrastar con el movimiento final, más rápido y casi con un tono operístico.

Ante los aplausos, los músicos belgas rindieron homenaje a nuestro país interpretando fuera de programa un tango escrito por el compositor belga Frédéric Devreese, que en una primera impresión parecía tener todos los lugares comunes de las obras de Piazzolla, pero hacia las secciones finales adquirió un estilo similar al que Kurt Weill le imprimía a sus tangos alemanes en la década de 1930. Una forma simpática de finalizar el concierto de este muy buen ensamble de cámara.

Para agendar
Los próximos conciertos de la temporada 2018 del Mozarteum Argentino en el Teatro Colón serán uno de los puntos máximos de este año: el lunes 8 y miércoles 10 de octubre realizará su debut en la Argentina la brillante pianista Yuja Wang, quien interpretará tres obras de Sergei Rachmaninov (Preludio en Sol menor, Op. 23 N° 5, Vocalise Op. 34 N° 14 y Etude-Tableaux en Mi bemol menor, Op. 39 N° 5), la Sonata para piano N° 3 en Si menor, Op.58 de Frédéric Chopin y la Sonata para piano N° 6 en La mayor, Op. 82 de Sergei Prokofiev. Localidades en venta en la boletería del Teatro, Tucumán 1171, y a través de www.mozarteumargentino.org

Imágenes gentileza Mozarteum Argentino / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado el 04/10/2018
     
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