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Lolita Torres : La estelaridad que trasciende
El 14 de septiembre se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de esta recordada artista. En este artículo se analizan algunas de las cualidades que la consagraron como una de las figuras más queridas. Por Javier Villa
 

Lolita Torres es probablemente una de las artistas argentinas que mayor cariño ha despertado tanto para el público nacional como internacional. Su prolífica carrera transcurrió por los más diversos formatos —cine, radio, teatro, televisión, escenarios musicales— y la consagró como una de las figuras más relevantes del firmamento de la cultura popular argentina. Al pensar en sus atributos artísticos, hay una cualidad que emerge inexorablemente: su inobjetable carisma.

Los análisis que pueden establecerse acerca de la magnitud de un determinado artista no sólo deben contener algún tipo de conocimiento relacionado con su actividad profesional, sino que también deben contemplar cierto grado de empatía con los seguidores de ese artista, que son en definitiva quienes lo consagran. El caso particular de Lolita Torres recoge una serie de interesantes cualidades a tener en cuenta, entre las que se destacan el magnetismo de su personalidad en escena, la calidad de su voz y la capacidad para comunicarse con el público de una manera única.

Con acento español

La relación de Lolita Torres con el repertorio español es tan fuerte que es imposible no asociar una parte importante de su carrera con este género. Los orígenes de este vínculo se remontan a la infancia de la artista. Durante una entrevista que brindó para el programa Historias con aplausos en 1989, Lolita explicaba las razones de su acercamiento con este repertorio: “No hay explicación. Yo siempre digo que es el duende. Porque quién me marco a mí la cosa española, quién me dio la facilidad, el gracejo, el manejo de las distintas corrientes de todas las regiones de España en cuanto a su música… nadie. Eso es algo que nació en mí”.

Lolita Torres en la película Novia para dos, 1956

Si bien Lolita Torres era nieta de españoles, su atracción y su interés por el repertorio español se dieron, como mencionaba ella, como un encuentro fortuito. Quizá ese lazo pudo armarse dadas las características de la música española y principalmente por la gracia natural que tenía Lolita. Desde el punto de vista artístico su abordaje de este género le permitió encontrar un lugar de desenvolvimiento escénico-musical y también de afirmación de su personalidad. No obstante, es preciso señalar que fueron sus padres quienes estimularon y transmitieron el amor por el arte. Su padre, que con posterioridad se convirtió en una guía importantísima en su carrera, era una persona que tenía un interés muy marcado por el arte (pintaba y dirigía teatro) y poseía un criterio estético formado y bien definido.

El cine

Corría el año 1944 y la joven artista hacía su debut en la película La danza de la fortuna protagonizada por Luis Sandrini y Olinda Bozán. Allí Lolita interpretó dos canciones, una de ellas la famosa “Te lo juro yo”. Es notable la prestancia y la desinhibición con la que se movía por el escenario aquella jovencita de tan solo trece años.

Luego de aquella primera participación cinematográfica, el padre de Lolita creyó conveniente que su hija adquiriera más experiencia antes de emprender una carrera en el cine. A partir de ese entonces Lolita Torres se dedicó a la radio y a grabar discos. Con Ritmo, pimienta y sal (1951) se inicia un recorrido por diferentes papeles protagónicos que llevan a Lolita Torres a consagrar su nombre y su personalidad artística.

Hay que recordar que si bien la televisión había llegado en 1951, todavía era un medio de comunicación que recién se estaba iniciando; es por eso que el cine conservaba parte del esplendor de la llamada “década de oro”. Sin dudas era el marco indispensable para que el gran público siguiera la carrera de sus artistas admirados.

Lolita Torres en el film Un novio para Laura, 1955

Carlos Gardel había aportado a la música popular su prodigiosa manera de cantar y el singular melodismo de sus composiciones. Sin embargo es probable que la potencia de su figura no hubiera tenido el mismo esplendor si no hubiera transitado por el cine. Esa misma característica se dio, de manera muy similar, en Lolita Torres. Los números musicales de sus películas conjugaron su faceta de actriz y de cantante, y sellaron una cualidad que la acompañaría siempre: el enamoramiento que la cámara establecía con su imagen.

Sus atributos como artista

Con frecuencia la palabra carisma suele sintetizar una serie de cualidades que tiene un artista y que remiten a su desenvolvimiento, a su temple, y a su simpatía. Sin lugar a dudas ese concepto define a la impronta artística de Lolita Torres. De todos modos es pertinente precisar cuáles son —y de qué manera se manifestaron— aquellos recursos que la artista ponía en juego a la hora de actuar, independientemente de las características propias del ámbito interpretativo en el que se desenvolviera.

El canto es una actividad que excede la mera emisión de la voz. La expresión vocal es la síntesis de una serie de cuestiones que tienen que ver con el convencimiento con que un cantante pisa el escenario, con la relación que establece con su cuerpo y con la empatía que genera con el público.

Claramente Lolita Torres manejaba con gran habilidad los aspectos antes mencionados. Es posible que esto se deba a su talento innato, a ese “don” que sólo suelen tener algunos artistas. Pero no se puede resumir todo a esa idea puesto que la experiencia y la formación, son instancias absolutamente necesarias en la vida de cualquier artista.

Lolita Torres y Ricardo Passano en La niña de fuego, 1952

La calidad escénica de Lolita se manifestaba en su manejo corporal-gestual, en la gama expresiva de su mirada —que podía ser chispeante, tierna o melancólica— y en la calidez de su sonrisa. Independientemente del tipo de repertorio que abordara, la artista ponía en juego estos atributos adaptándolos según el carácter de la canción que interpretaba. En cuanto a su voz, ésta presentaba seguridad y firmeza a lo largo de toda su extensión. Es por ello que Lolita Torres podía emitir sonidos llenos, vibrantes y homogéneos, unidos a un agradable timbre vocal. A su vez, el conocimiento interpretativo y la manera de frasear hacían que transitara con comodidad por distintos estilos musicales.

Lolita

El nombre de un artista es una marca, un sello propio. Lolita Torres construyó durante su carrera una identidad muy sólida, sostenida en el tiempo por su talento y también por su oficio. La necesidad de ampliar el repertorio la llevaron a incursionar nuevos horizontes musicales, aunque siempre mantuvo ese núcleo de canciones españolas que tanto le pedía el público. Durante la década de 1970 formó un dúo con Ariel Ramírez, que resultaría sumamente significativo en la carrera de ambos, dada la calidad artística que lograron en sus presentaciones.

Lolita Torres y Cacho Tirao interpretan Lamento borincano en su programa televisivo Dale Loly, Canal 9, 1993

De aquella época se recuerdan varias interpretaciones como, por ejemplo, el estreno en 1977 de París, la libertad —una melancólica canción con letra de Félix Luna y música del propio Ramírez— y también Agua y sol del Paraná, una de las tantas canciones litoraleñas que Lolita interpretó con gran tino. De ese modo Lolita Torres empieza a estrechar lazos con otros colegas con los que se presentó en distintos escenarios. Entre ellos se puede mencionar a Mercedes Sosa, Víctor Heredia, León Gieco, Charly García, Nati Mistral, Teresa Parodi, Mario Clavel y tantos otros.

Hay una huella imborrable que todo gran artista deja para la posteridad y que no conoce de límites temporales. Con su estelaridad Lolita Torres marcó un camino, un rumbo que el público todavía sigue agradeciendo.

Javier Villa
Septiembre 2018

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Publicado el 14/09/2018
     
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