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"Tristán e Isolda" en el Teatro Colón : Grandes expectativas
La quinta edición del Festival Barenboim incorporó, por primera vez, una ópera escenificada, con puesta y orquesta de la Ópera del Estado de Berlín, institución dirigida por Daniel Barenboim desde 1992. Por Ernesto Castagnino
 

Elenco en el segundo acto de Tristán e Isolda, Teatro Colón, 2018

TRISTAN UND ISOLDE, drama musical en tres actos de Richard Wagner. Producción invitada de la Staatsoper Unter den Linden (Berlín, Alemania), dentro del Festival Barenboim. Función del sábado 14 de julio de 2018 en el Teatro Colón. Dirección musical: Daniel Barenboim. Director de escena: Harry Kupfer. Escenografía: Hans Schavernoch. Vestuario: Buki Shiff. Elenco: Peter Seiffert (Tristán), Anja Kampe (Isolda), Kwangchul Youn (Rey Marke), Boaz Daniel (Kurwenal), Gustavo López Manzitti (Melot), Angela Denoke (Brangania), Florian Hoffmann (Un pastor/Un marinero), Adam Kutny (Un timonel). Orquesta Staatskapelle de Berlín. Coro Estable del Teatro Colón, director: Miguel Martínez.

Es claro que Daniel Barenboim se siente cómodo con las orquestas que dirige habitualmente. En sus visitas a nuestro país lo ha hecho con las orquestas de la Scala de Milán, West-Eastern Divan y Staatskapelle Berlin, pero en ninguno de los cinco festivales que lo tuvieron, hasta ahora, como figura central —que prácticamente paralizan las actividades habituales del Teatro Colón durante diez o quince días—, Barenboim ha dado un concierto con una orquesta argentina: ni la Estable del Teatro Colón, ni la Sinfónica Nacional ni la Filarmónica de Buenos Aires. Todo un gesto.

Para la quinta edición de su festival anual, el director argentino trajo, por primera vez, una producción operística: la versión escénica de Tristán e Isolda que Harry Kupfer estrenó en la Ópera del Estado de Berlín hace ya dieciocho años. En su tercera puesta de esta obra, Kupfer propone una caja negra dominada por la gigantesca figura de un ángel caído que, al girar, ofrece distintas perspectivas. Las dos apariciones del rey Marke son los únicos momentos en los que aparece una variación: en el fondo del escenario se abre un espacio donde se ven lápidas y un grupo de personas con vestuario del siglo XIX observa —inmóvil— dichas lápidas. El ángel, con un ala rota y con expresión de dolor, oficia de barco, castillo, cama y peñasco por lo que, a pesar del impacto visual que en sí mismo tiene, al transcurrir las escenas va perdiendo efectividad y fuerza dramática.

La puesta escénica, que se hubiera potenciado con un diseño de iluminación que aportara contrastes y climas diferenciados, se volvió monótona y, al cabo de cuatro horas, aburrida. Para empeorar las cosas, Kupfer obliga a los cantantes a desplazarse sobre la superficie irregular del ángel y, lo que con un elenco de cantantes ágiles y preparados físicamente resultaría un punto a favor, se torna una tortura visual cuando se cuenta con cantantes de físico voluminoso y edad avanzada que se arrastran temerosamente y en forma poco natural procurando no caerse de la estructura. Extraña que el director de escena no haya adaptado los movimientos y marcaciones de su puesta a la realidad de los cantantes con los que contaba en esta ocasión, forzándolos a proezas físicas alejadas de sus posibilidades.

Peter Seiffert (Tristán) y Anja Kampe (Isolda) en el acto primero de Tristán e Isolda, Teatro Colón, 2018

La soprano Anja Kampe se impuso desde el primer parlamento “Wer wagt mich zu höhnen?” (¿Quién se atreve a vejarme?) con un timbre acerado, una capacidad de comunicación extraordinaria y una presencia escénica inobjetable. Su Isolda transitó vocalmente desde la furia de la princesa ultrajada a la pasión de la mujer enamorada, con una entrega admirable y un instrumento de generosa potencia. La fuerza expresiva de la soprano alemana le permitió brindar una inolvidable “muerte de amor” que inundó la sala como un océano. El veterano Peter Seiffert —el mismo Tristán que escuchamos en 2014 cuando Barenboim programó fragmentos de la ópera en versión de concierto— resultó uno de los puntos más flojos de esta producción, tanto por las dificultades físicas —acentuadas por una puesta escénica que le exigió más de lo que hoy está a su alcance—, como por las dificultades vocales, evidenciadas con el correr de la noche hasta el límite de la extenuación. Seiffert, que nunca tuvo el timbre ni la potencia vocal para hacer frente al rol de Tristán, tampoco consiguió hacernos olvidar de sus limitaciones actuales con una interpretación del héroe que lograra conmover. En el dúo de amor, que ocupa casi por completo el acto segundo, el torrente de pasión erótica que provenía del foso de la orquesta no encontró eco en el escenario donde, como ya se dijo, los cantantes intentaban desplazarse dificultosamente por encima de la estructura o desaparecían —pudorosamente— debajo de un ala del ángel durante la consumación del encuentro amoroso.

Con buen material vocal, el bajo Kwangchul Youn cantó las penurias del Rey Marke al conocer la infidelidad de su esposa con su caballero más fiel. El timbre noble del barítono Boaz Daniel resultó ideal para interpretar al rústico y leal Kurwenal, en tanto Angela Denoke cumplió como Brangania, destacándose sus bellos “Habet acht!” (¡Cuidado!) desde el foso de la orquesta, que advierten a los amantes el fin de la noche de amor. Completaban el elenco Gustavo López Manzitti, prestando su potente voz al odioso Melot, Florian Hoffmann como el pastor y el marinero, y Adam Kutny como el timonel.

Daniel Barenboim en el pódium junto a la Staatskapelle Berlin, Teatro Colón, 2018

La Staatskapelle Berlin, bajo las órdenes de Daniel Barenboim, convirtió la partitura wagneriana en verdaderas oleadas marinas que inundaron la sala y embriagaron los corazones de los allí presentes. El sonido de la orquesta alemana es poderoso y, con él, avanzó firme como la nave de Tristán hasta el conmovedor final. Barenboim, uno de los mejores directores wagnerianos de su generación, se ha adueñado de cada nota haciéndola suya y dotándola de sentido: su visión de la pasión amorosa es intensa, aunque no carece de calidez; por momentos es abrumadora y, en otros, angustiante. Una profunda interpretación del pathos romántico cuyo oleaje sacudió con violencia y también meció con dulzura a una audiencia expectante y absorta hasta el acorde final.

La interminable ovación del público selló una noche de grandes expectativas, por tratarse de la primera ópera escenificada que Barenboim dirige en la sala del Teatro Colón. Noche en la que brillaron la gran Isolda de Anja Kampe y el sonido de la orquesta alemana que, bajo la batuta del director argentino, brindaron una gran versión de este gigante de la lírica.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Agosto 2018

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli
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Publicado el 06/08/2018
     
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