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"Tosca " en Chile : Acumulación
La prolija puesta en escena minimalista de Willy Decker sirvió de plataforma para una discreta interpretación vocal de la ópera de Puccini. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Escena del primer acto de Tosca, Municipal de Santiago de Chile, 2018

TOSCA, ópera en tres actos de Giacomo Puccini. Función del lunes 23 de julio de 2018 en el Municipal de Santiago, Ópera Nacional de Chile. Dirección musical: Konstantin Chudovsky. Dirección esccénica: Willy Decker. Escenografía y vestuario: Wolfgang Gussmann. Iluminación: Ricardo Castro. Repositor de la puesta en escena y supervisión de escenografía: Stefan Heinrichs. Supervisor de vestuario: Constanze Schuster. Reparto: Melody Moore (Floria Tosca), Leonardo Caimi (Mario Cavaradossi), Elchin Azizov (Barón Scarpia), Jaime Mondaca (Cesare Angelotti), Sergio Gallardo (Sacristán), Gonzalo Araya (Spoletta), Eleomar Cuello (Sciarrone), David Gáez (Carcelero), Constanza Wilson (Pastor). Coro del Municipal de Santiago, director: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

Después de siete años de ausencia, el Municipal de Santiago decidió volver a montar a Tosca. Para ello se jubiló la producción anterior, cuyos orígenes se remontan a 1998, y se importó la versión que ese mismo año el director alemán Willy Decker creara para la Ópera de Stuttgart. El sello de Decker es un tipo de minimalismo donde el contexto de la obra representada queda sugerido por ciertos elementos como el vestuario o artefactos escénicos. En su forma más extrema, como en su famosa producción de La traviata para el Festival de Salzburgo, el contexto puede llegar a desaparecer. Esta Tosca no pertenece a esa forma extrema. Es un trabajo de hermosa factura, donde la escenografía de Wolfgang Gussmann es una caja oscura que sirve de engaste para la acción y los personajes que comienzan a poblarla. El vestuario, también de Gussmann, es una estilización de la moda de comienzos del siglo XIX. Junto a un trabajo de iluminación preciso y en ciertas ocasiones de marcada intensidad debido a Ricardo Castro, el conjunto permite que la obra respire, se desarrolle y se tensione a lo largo de sus tres actos.

El principio de esta Tosca es la acumulación. A medida que avanza, lo que parecía un escenario vacío comienza a ser llenado por el elenco a la vez que se van superponiendo pequeños detalles. El cuadro de María Magdalena que Cavaradossi pinta en el primer acto será trasladado al aposento de Scarpia, donde él lo vandalizará, para finalmente servir sus retazos de lecho al pintor en su prisión del acto tercero. La identificación de la Magdalena con el personaje de Tosca, su apropiación por parte de Scarpia, y su paulatina descomposición a lo largo de la obra espejean el destino de la protagonista. La dirección de escena, supervisada acá por Stefan Heinrichs, resultó además particularmente inteligente en su uso de la comparsa: un repulsivo Roberti, el torturador del acto segundo, que en su breve aparición sugiere lo suficiente sin mostrar nada, o los secuaces siempre amenazantes de Scarpia que en su anónima violencia siembran la desgracia desde su ingreso en el acto primero. En ninguno de estos casos lo secundario intentó robar protagonismo a los tres personajes principales.

Elchin Azizov (Scarpia) y Melody Moore (Tosca) en el segundo acto de Tosca, Municipal de Santiago de Chile, 2018

Lamentablemente, lo que en general es una producción elegante y bien ejecutada, no se condijo con el nivel vocal. La soprano estadounidense Melody Moore tiene una voz sin demasiada individualidad que intenta capturar nuestra atención mediante algunos trucos vocales y escénicos más bien extraños. Así, en el acto primero, Moore imprimió un aire de “comedia conyugal” a su dúo con Cavaradossi, jugando a la celosa en clave sitcom que arrancó risas y sonrisas a todo el público. Su Tosca-piadosa es menos convincente, quizá porque en todo momento aflora una Tosca de armas tomar. No hay nada particularmente elegante en su “Vissi d’arte”, rendido con un fiato en el límite de sus capacidades. Los efectos para el asesinato de Scarpia muestran la delgada línea que separa al extremo compromiso de la sobreactuación bochornosa.

Se anunció al comienzo de la función que el tenor italiano Leonardo Caimi cantaría pese a estar resfriado. Lo que se puede apreciar es un timbre agradable, de bonito color en la zona media, aunque el tercio agudo fue inestable y aproximativo. No hubo aplausos después de un “Recondita armonia” en general correcto, pero sí después de un “E lucevan le stelle” ejecutado con sobriedad y atención al detalle. Caimi, por ejemplo, no une las líneas “Oh! dolci baci / o languide carezze” para evitar que el resultado sea “Oh! dolci bacio”, un sinsentido gramatical. Habría que oírlo en plena forma. Su interacción con Tosca es, como tantas veces ocurre, más semejante a la relación entre madre e hijo que a la propia de dos amantes.

El barítono azerí Elchin Azizov es un Scarpia clásico: voz rotunda, bien proyectada, sin demasiadas sutilezas. Dialoga bien en su acto segundo con una Tosca recalcitrante. Su muerte, algo desparramada, no es de las cosas más memorables en un escenario desnudo que amplifica cada uno de sus gestos. Digno y trágico el Angelotti de Jaime Mondaca. Sergio Gallardo practicamente declama su Sacristán. Muy correctos el resto del elenco, en particular la niña Constanza Wilson en el rol del Pastor, adornada su presencia por unas pequeñas alas, un modesto gesto poético que puede provocar extrañeza si se olvida por un momento que este personaje es de hecho una mera decoración musical de Puccini. En ese sentido, Decker no ha hecho sino llevar hasta las últimas consecuencias el arte pucciniano.

Leonardo Caimi (Cavaradossi) y Melody Moore (Tosca) en el tercer acto de Tosca, Municipal de Santiago de Chile, 2018

Konstantin Chudovsky dirigió con su habitual fuerza, resaltando los elementos “nerónicos” y soslayando los líricos de la partitura. El final del acto primero, con el Coro del Municipal en escena, resultó algo pesado, aunque efectivo. El cuarteto de cellos que precede al aria de Cavaradossi en el acto tercero mostró que es posible obtener algo más de meditación de su enfoque. Fue un resultado orquestal y escénicamente parejo para una ópera que, como pocas veces, no logró lucir a sus solistas.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, julio de 2018

Fotografías gentileza Municipal de Santiago – Ópera Nacional de Chile 
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Publicado el 30/07/2018
     
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