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"Semele" en la Komische Oper Berlin : Surgirás de las cenizas
El oratorio de Handel tuvo una versión superlativa por la excelente dirección musical de Konrad Junghänel, la impactante puesta de Barrie Kosky y un destacadísimo elenco encabezado por Nicole Chevalier y Allan Clayton. Por Luciano Marra de la Fuente (desde Berlín)
 

Nicole Chevalier (Semele) en la escena inicial de Semele, Komische Oper Berlin, 2018

SEMELE, oratorio dramático de George Frideric Handel. Nueva producción escénica. Función del viernes 18 de mayo de 2018 en la Komische Oper Berlin. Dirección musical: Konrad Junghänel. Dirección escénica: Barrie Kosky. Escenografía: Natasha Le Guen de Kerneizon. Vestuario: Carla Teti. Dramaturgia: Johanna Wall. Iluminación: Alessandro Carletti. Elenco: Nicole Chevalier (Semele), Allan Clayton (Júpiter), Eric Jurena (Athamas), Ezgi Kutlu (Juno), Katarina Bradič (Ino), Nora Friedrichs (Iris), Philipp Meierhöfer (Cadmus), Evan Hughes (Somnus). Orquesta de la Komische Oper Berlin. Solistas del Coro de la Komische Oper Berlin, dirección: David Cavelius.

El establecimiento de la ópera seria en Italia a comienzos del siglo XVIII como una sucesión dramática de arias da capo y recitativos, con un eventual dúo o coro al final de los actos, hacen que su forma musical sea bastante previsible. Si bien las arias expresan diferentes estados de ánimo —furia, serenidad, tristeza, alegría—, éstas podían ser incluidas en cualquier contexto dramático ya sea por su tipificación un tanto sencilla como también por sus textos bastantes alegóricos, pero por sobre todo por los caprichos de los cantantes, que deseaban interpretarlas para su propio lucimiento, no importando la autoría del compositor de la ópera en que se la insertara. La interpretación de una versión integral de estas obras actualmente siempre representa un desafío para todo teatro que así decida realizarla —el año pasado, por ejemplo, el Teatro Colón lo hizo muy bien con Giulio Cesare in Egitto—, no sólo por sus dificultades vocales y escénicas, sino también por las dimensiones temporales que hacen compleja mantener la tensión dramática en sus más de tres horas.

George Frideric Handel, tras haberse iniciado en este tipo de ópera en Italia y Alemania, produjo su mayor corpus en Londres, en principio con bastante éxito y luego no tanto. En ese momento es que, con vistas de buscar un suceso comercial, tomó la larga tradición inglesa coral del oratorio y la combinó con elementos de la masque y de la propia ópera seria italiana. Fue así que revitalizó un género por el cual será reconocido desde entonces, aunque estas obras, concebidas para ser interpretadas en una sala de concierto, son bastante diferentes entre sí: están las que tienen al coro como protagonista —Israel en Egipto (1739), El Mesías (1741)— o hay otras que son consideradas por algunos estudiosos como “drama musicales ingleses” —Saúl (1739), Hércules (1745) y Theodora (1750), entre otros—. Es también el caso de Semele que, basado en un libreto original para ópera, fue presentado “a la manera de oratorio” en el Covent Garden de Londres en 1744.

A la luz de la producción que se estrenó a comienzos de mayo pasado en la Komische Oper Berlin y teniendo en cuenta otras presentaciones escénicas como las de los Festivales del Glyndebourne —la ya clásica versión de Theodora concebida por Peter Sellars (1996) o Saúl dirigida por Barrie Kosky (2015)— y de Aix-en-Provence —Hércules por Luc Bondy (2004) o Il trionfo del tempo e del disinganno por Krzysztof Warlikowski (2016)—, el ritmo teatral de estos oratorios es mucho más moderno y cercano a nuestra percepción que la forma encorsetada de las óperas serias italianas.

Nicole Chevalier (Semele), junto al Coro de la Komische Oper, en el primer acto de Semele, Komische Oper Berlin, 2018

Las arias da capo, por supuesto, siguen teniendo su protagonismo y en general son muy bien interpretadas por destacados cantantes actuales, sin embargo la libertad de la estructura hace que haya más recitativos accompagnatos, frases corales que repiten estrofas de arias y más proliferación de números de conjunto, todo esto en pos de generar tensiones teatrales genuinas. Así la historia de la princesa Semele raptada por el dios Júpiter —basada en Las metamorfosis de Ovidio— es puesta en música por Handel en una serie de secuencias dramáticas que tienen una coherencia musical y teatral excepcional. Esto se potencia aún más si hay un planteo dramático sustancial, como fue el caso de la Komische Oper.

La propuesta escénica debía haber sido dirigida por Laura Scozzi, una directora y coreógrafa italiana que hace cuatro años realizó una vistosa y provocativa puesta de Las Indias galantes en la Ópera Nacional de Burdeos —se puede ver en formato DVD/BR—. Sin embargo, en la primera semana de ensayos de Semele renunció a su compromiso por problemas de salud, y fue así como Barrie Kosky, el director australiano que desde 2012 rige los destinos artísticos de la tercera casa de ópera berlinesa, ocupó su lugar en una nueva aproximación a la obra de Handel, después de la aplaudida versión de Saúl en Glyndebourne y de Belshazzar en Australia.

A la luz de esta nueva producción, Kosky vuelve a manifestar su extremo sentido musical para dramatizar la música handeliana. Cada escena, cada aria esta trabajada de una manera diferente: no cae en el recurso, bastante común en algunas puestas sobre óperas barrocas y clásicas, de coreografiar las arias —en toda la obra, de hecho, sólo lo hace con una—, sino que le encuentra la verdad escénica a cada una de ellas, con marcaciones precisas, generando relaciones estrechas entre los personajes, sin perder la unidad de la secuencia.

El momento en que Semele, bajo el hechizo de Juno, le pide a Júpiter que si la ama se presente en su forma divina —un artilugio de Juno para que su propio esposo de esa manera como trueno haga cenizas a su rival— se hace a partir de la sumatoria de arias pequeñas, recitativos accompagnatos y seccos de los dos personajes con una trayectoria dramática que llega a su clímax en la gran aria de la protagonista “No, no, I’ll take no less” (No, no me conformaré con menos) más el cierre sentido, en forma de accompagnato, de Júpiter “Ah, whither is she gone!” (¡Ah, hasta dónde ha llegado!), aquí logrado por Kosky y los cantantes con un juego de miradas y tensiones corporales muy dramático.

Allan Clayton (Júpiter) y Nicole Chevalier (Semele) en el segundo acto de Semele, Komische Oper Berlin, 2018

Hay una manera particular de contar la historia por parte de Kosky: Semele aparece en una de las últimas secciones de la “Sinfonia” desde las cenizas que serán su final y todo lo que pasa a partir de allí es como si fuera un flashback de su historia, encerrada en un salón barroco oscuro, quemado y decadente, escenografía muy bien diseñada por Natasha Le Guen de Kerneizon con excelente diseño lumínico de Alessandro Carletti. El sonido del trueno será ensordecedor entre algunas escenas, recordando ese destino fatal que poseerá la protagonista. El vestuario diseñado por Carla Teti, elegante, mayormente de etiqueta y enclavado en una época que podría ser del siglo XX hasta nuestros días, hace que esta fábula mitológica adquiera una imagen de realismo fantástico peculiar. Se combina una cruda representación de lo real —carbón ardiente, sangre muy detallada— con algunos pases de magia de los dioses —trucos de Júpiter, una representación paralela de Juno cuando se hace pasar por Ino—, esto tal vez en un tono un tanto paródico.

La escena final con Júpiter y Juno yéndose tomados del brazo, luego de jugar con las cenizas, ante la mirada desconsolada de Semele arriba de una chimenea, pareciera decir, en la lectura de Kosky, no sólo que el amor burgués siempre triunfa, sino que los poderosos pueden jugar sin piedad con sus inferiores: por más amor imposible que haya entre integrantes de diferentes clases sociales, el que siempre pierde es el inferior, siempre serán cenizas y de ellas surgirán nuevamente para repetir la misma historia. Es una lectura cruda, antirromántica y que bien condice con los contrastes musicales barrocos de la partitura de Handel.

La soprano norteamericana Nicole Chevalier encarnó al personaje de Semele con una determinación dramática suprema, tanto desde lo escénico como lo vocal. La situación de encierro para este personaje, planteada por Kosky, fue asumida por Chevalier con una impronta corporal muy fuerte y fue transmitida así también a su manera de cantar, desde la expresiva aria inicial “O Jove! In pity teach me which to choose” (¡Oh, Júpiter! Compadécete y ayúdame a elegir) hasta la mencionada aria del tercer acto, que fue adornada en su última parte con una delicadeza extrema, y el emocionante accompagnato en forma largo “Ah me! Too late I now repent” (Oh no, demasiado tarde ahora me arrepiento). Fue una actuación sin dudas impresionante que se vio potenciada tanto por las relaciones escénicas que tuvo con todo el elenco, como por el diálogo fluido y complementario que tuvo con la orquesta.

Como Júpiter, el tenor británico Allan Clayton —conocido en Buenos Aires cuando actuó como solista junto a la Britten Sinfonia en 2011 para el Mozarteum Argentino— ofreció también un desempeño destacado desde todo punto de vista. La idea inicial de Kosky fue presentarlo de manera bonachona, con algunos toques de comedia y una despreocupación que bien podría tener un ser poderoso, sin embargo llegada la escena decisiva frente a Semele asumió un dramatismo sorprendente. La mezzosoprano turca Ezgi Kutlu dominó el estilo y se atrevió con la realización de variaciones bien logradas en sus arias, de manera muy potente, en tanto el estadounidense Eric Jurenas mostró su bella voz de contratenor para las partes de Athamas. Muy destacado estuvo el joven Evan Hughes, como el dios Somnus, con una sonora voz de bajo barítono, bella coloratura y buena presencia escénica. Completaron el reparto de manera correcta la mezzosoprano Katerina Bradić como Ino, la soprano Nora Friedrichs como Iris y el bajo Philip Meierhöfer como Cadmus.

Allan Clayton (Júpiter) y Nicole Chevalier (Semele) en el tercer acto de Semele, Komische Oper Berlin, 2018

Verdadero sostén de todo este logrado andamiaje de teatro musical fue la dirección del especialista Konrad Junghänel, al frente los miembros de la Orquesta de la Komische Oper Berlin y un destacado grupo de instrumentistas como continuistas. Su versión fue siempre teatral, dándole el respiro necesario a las partes más expansivas e imponiendo una agilidad necesaria en los momentos propulsivos de la obra: logró así esos arcos dramáticos que posee la obra y una unión muy expresiva y virtuosa entre los instrumentos y las voces. El Coro de la Komische Oper fue dúctil en escena, adaptándose a todos los requerimientos de la fantasía de Kosky, pero sobre todo logrando el sonido homogéneo y particular de la estética handeliana. El anteúltimo coro “Oh, terror and astonishment!” (¡Oh, terror y asombro!), con sus resonancias del coro final de Dido y Eneas de Purcell, fue indudablemente uno de los puntos más altos de su actuación y un clímax emocional de toda la obra.

La presente producción de Semele por la Komische Oper Berlin no sólo expuso otra vez las virtudes teatrales que posee el genio de George Frideric Handel y la reivindicación de un género que es posible hacer en escena, sino que demostró que la casa de ópera alternativa de la ciudad de Berlín —que este año cumple setenta años— puede deslumbrar con una propuesta atractiva de indudable belleza visual y musical, pero sobre todo de impactante teatralidad.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Berlín, mayo 2018

Evgeny Onegin o el jardín de los deseos

La Komische Oper Berlin —ubicada al costado de la avenida Unter den Linden— es un teatro de repertorio, por lo cual cada día va ofreciendo diferentes títulos de óperas o comedias musicales, mayormente en alemán. Al día siguiente de Semele, tuve la oportunidad de apreciar Evgeny Onegin de Piotr Ilitch Tchaikovsky, cantada en su idioma original, en una coproducción con la Ópera de Zurich incorporada hace dos años al repertorio, también dirigida por Barrie Kosky. Todo el elenco, por demás correcto, estuvo integrado por cantantes estables del Teatro.

La puesta tiende al naturalismo, utilizando recursos verdaderos de la naturaleza para hilvanar las diferentes situaciones. Un jardín con un bosquecito oscuro en el fondo dominará la escena, y es allí donde ocurrirá la historia de no correspondencia entre el antihéroe de Onegin y la joven Tatiana. En el comienzo, las voces de ella y su hermana fuera de escena, mientras su madre Larina y la nodriza Filipevna preparan jalea para los invitados, pareciera indicar también la determinación de los mayores sobre los más jóvenes, una idea que predominará la puesta. El fuego reinará en la fiesta del cumpleaños de Tatiana al inicio del segundo acto y la lluvia aparecerá en el clímax del dúo final entre los protagonistas.

Escena final de Evgeny Onegin, Komische Oper Berlin, 2016

Kosky plantea su estructura dramática en dos partes, uniendo los dos primeros actos de manera efectiva, sin dar respiro incluso a la orquesta que ataca rápidamente tras el último acorde de cada cuadro. Cada escena es trabajada hasta el mínimo detalle, siempre generando tensiones dramáticas entre los personajes e imágenes realmente bellas. El tercer acto presenta un salón burgués en el medio de ese jardín omnipresente y mientras suena la “Polonesa” —muy bien interpretada por la orquesta— Onegin divaga solo por ese lugar encerrado: no hay bailarines, tan solo el contraste del dinamismo orquestal de la danza frente a la soledad del protagonista, tal vez uno de los momentos más subyugantes de la propuesta escénica. En la repetición de la danza al final del cuadro hay todo un tour de force por parte del personal de maquinaria del Teatro al desmontar, no sin dificultad, la enorme estructura del salón en esos pocos minutos.

El diálogo final entre los protagonistas fue el gran momento de toda esta producción, poniendo en evidencia a dos grandes artistas alemanes que pertenecen a la casa de ópera berlinesa, la soprano Nadja Mchantaf y el barítono Günter Papendell. Si bien sus actuaciones fueron más que correctas en el resto de la obra, en este punto fue en el que trascendieron y sacaron lo mejor de sí, trasmitiendo los diferentes estados de ánimo y reacciones que plantea la difícil escena. Por cierto que tuvieron a un cómplice superlativo en Jordan de Souza, el director musical canadiense de la producción —y también Director de Estudios del Teatro—, que condujo a la Orquesta de la Komische Oper Berlin de manera excepcional en todo momento, dándole lugar a que los cantantes se explayaran claramente y complementando con el entramado sinfónico las diferentes instancias dramáticas de la ópera.

Para agendar
Aún quedan dos funciones de Semele esta temporada en la Komische Oper Berlin, el viernes 15 de junio y el martes 10 de julio. Esperamos que se incorpore esta producción al repertorio del Teatro, para poder disfrutarla en próximos años. Más info: www.komische-oper-berlin.de

Imágenes gentileza Komische Oper Berlin / Fotografías de Monika Rittershaus (Semele) e Iko Freese (Evgeny Onegin
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Publicado el 06/06/2018
     
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