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La Orquesta de la Suisse Romande en el Teatro Colón : Celebración del sonido
Bajo la dirección de Jonathan Nott, la agrupación suiza presentó un programa contrastante con obras de Debussy, Ravel y Brahms. Nelson Goerner, como solista, tuvo una actuación impactante. Por Luciano Marra de la Fuente
 

ORQUESTA DE LA SUISSE ROMANDE. Dirección: Jonathan Nott. Solista: Nelson Goerner, piano. Concierto del lunes 7 de mayo de 2018 en el Teatro Colón, organizado por el Mozarteum Argentino. Debussy: Preludio a la siesta de un fauno. Ravel: Concierto para piano y orquesta en Sol mayor. Brahms: Sinfonía N° 3 en Fa mayor, Op. 90.

La segunda propuesta del Mozarteum Argentino para su temporada 2018 fue el regreso a la Argentina de la Orquesta de la Suisse Romande, tras su presentación en 2009 para esta prestigiosa asociación privada de conciertos, aunque en el Teatro Coliseo. Esta vez en el Teatro Colón, bajo la dirección de su titular Jonathan Nott, esta agrupación sinfónica que cumple su centenario este año, presentó un programa de contrastes estilísticos, desde el discurso preciosista de Claude Debussy al gesto romántico del sinfonismo en Johannes Brahms, pasando por un destello de virtuosismo orquestal e instrumental en una obra concertante de Maurice Ravel.

La línea ondulante del sonido de la flauta en el inicio del Preludio a la siesta de un fauno (1894) de Debussy fue súper delicada, al igual que el acorde siguiente de las maderas y el bello sonido del corno solista. El avance de esta pieza demostró las virtudes de cada familia de esta orquesta: la unión admirable de las cuerdas, las pinceladas de colores en las distintas figuraciones de las arpas, la precisión de los vientos. Bajo la guía de Nott, se percibió una concentración absoluta de cada uno de ellos, haciendo que el movimiento fuera de una sobriedad extrema, con un manejo de los matices dinámicos sorprendente y creando un arco dramático intenso que culminó con la desaparición sutil del sonido en la frase final. Fue un comienzo asombroso, donde primó el sonido exquisito de la paleta orquestal de Debussy, muy bien logrado por la orquesta suiza.

El arranque del “Allegramente” del Concierto en Sol Mayor (1932) de Ravel puso en escena, en principio, un choque de dos mundos sonoros: la extroversión del conjunto orquestal, no tan matizada, contra el sonido delicado del piano interpretado por Nelson Goerner. Este magnífico músico argentino posee un virtuosismo prodigioso y así se lo pudo escuchar en los remansos donde quedaba solo en ese primer movimiento, mostrando una pulcritud en las agilidades y exigencias de la partitura. Si bien el ajuste con el ensamble orquestal siempre fue correcto, tal vez uno extrañó un poco más de presencia sonora y no tanta contención en este movimiento.

El pianista Nelson Goerner junto a la Orquesta de la Suisse Romande dirigida por Jonathan Nott, Teatro Colón, 2018

En este sentido, el “Adagio assai” central fue lo más extraordinario de todo el concierto por el lirismo alcanzado por Goerner desde las frases iniciales y por la delicadeza de los diferentes instrumentos de la orquesta, creando diferentes planos. Fue un tanto particular la manera en que el pianista tocó las disonancias de la segunda sección —esas frases donde Ravel pareciera que hace un gran homenaje al jazz norteamericano—, casi con pudor, como no queriendo remarcarlas. El juego de planos fue perfecto en la última sección donde se da ese dúo entre el corno inglés y la filigrana del piano en un tono muy suave, aquí sin quitarle protagonismo a la línea melódica. El trino final fue de una perfección no sólo por su ejecución técnica sino por lograr el grado emocional justo. El “Presto” final encontró un ensamble ajustado entre el solista y la orquesta, mostrando nuevamente la capacidad interpretativa y virtuosista de Goerner.

Los aplausos para el pianista argentino fueron muchos, y él, generoso, ofreció dos obras fuera de programa: en el Nocturno N° 20 en Do sostenido menor, Op. póstumo (1830) de Frédéric Chopin, nuevamente deslumbró con esa línea lírica amalgamada por hermosos adornos y con una carga emocional única, en tanto que “Triana” (1907) del segundo cuaderno de la Suite Iberia de Isaac Albéniz fue interpretada con virtuosismo rítmico y una fuerza sonora apabullante, que hasta ese momento no había aparecido. Fue una manera de mostrar dos facetas contrastantes que posee este excelente artista argentino.

La Orquesta de la Suisse Romande dirigida por Jonathan Nott, Teatro Colón, 2018

“Las sinfonías de Brahms, si bien son herederas de las de Beethoven”, señala Carl Dalhaus en su libro Ninetheenth-Century Music (1980), “están dirigidas no al público burgués en su totalidad, sino principalmente al oyente individual, al 'sujeto' inmerso en sus sentimientos y pensamientos, y así son percibidas, por criterios estéticos, como si fueran música de cámara”. Esta idea de que el compositor escribiera su música, incluso sus sinfonías, como música de cámara se puede notar en las diferentes combinaciones instrumentales y en las texturas que generan los planos sonoros. La Sinfonía N° 3 (1883) es un claro ejemplo de ello, no sólo por su fascinante elaboración temática sino también por el minucioso trabajo dinámico de todo el arco dramático.

La lectura de Jonathan Nott en esta oportunidad privilegió más el gesto ampuloso de ese discurso, antes que su detallismo. El primer tema del “Allegro con brio” sonó pomposo y demasiado uniforme en sus dinámicas, en tanto que el segundo tema estuvo más ligero y bien matizado. Tras un buen desarrollo por parte de las cuerdas, la reexposición fue un tanto desconcertante: pareciera que Nott se fascinó con las virtudes de la orquesta e hizo que, por ejemplo, el contrafagot sobresaliera con su sonido aterciopelado sobre la línea de las cuerdas. Los contrastes de velocidad hacia el final de este movimiento fueron muy bien ajustados, pero quizá le faltó en general un poco de emoción a esas líneas expresivas brahmsianas.

Jonathan Nott frente a la Orquesta de la Suisse Romande, Teatro Colón, 2018

En el “Andante” siguiente, otra vez los grupos de las maderas y las cuerdas sonaron precisos, en un devenir por demás pausado, en tanto que el “Poco allegretto” —tal vez uno de los más hermosos movimientos de las sinfonías de Brahms— volvió la expresión grandilocuente, poco liviana, antes que la sencilla fantasía poética, emocional. Esta búsqueda de virtuosísimo orquestal, quizá un tanto antojadizo, por parte de Nott se evidenció de nuevo en el “Allegro” conclusivo: las primeras frases de las cuerdas y fagotes estuvieron por demás lentas, para contrastar con el estallido abrupto del tutti, y así siguió hasta el final de la obra. Se extrañó un poco más las sutilezas que uno podría asociar a esa idea de “música de cámara” que señalaba Dalhaus, sin embargo el conjunto orquestal respondió con justeza a la propuesta de Nott.

De este mismo modo, y a la manera de una prolongación de esa interpretación de Brahms, fueron encaradas las Danzas húngaras N° 16 y N° 2 que se ofrecieron como bises, dos bellos momentos en que, aquí sí, les sentó bien ese énfasis sinfónico. La Orquesta de la Suisse Romande, Jonathan Nott y, sobre todo, Nelson Goerner hicieron de este concierto del Mozarteum Argentino, más allá de algunas particularidades señaladas, una celebración del sonido.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Mayo 2018

Imágenes gentileza Mozarteum Argentino / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado el 15/05/2018
     
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