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"Don Giovanni" en Chile : El libertino jocoso
El Municipal de Santiago abrió su temporada 2018 con la ópera de Mozart, segunda entrega de la trilogía Da Ponte en la visión de Pierre Constant. Sin novedades en lo escénico, se trata de un inicio más bien apagado. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

"Trema, trema, o scellerato!" exclaman todos ante Levent Bakirci (Don Giovanni, en primer plano) en el final del acto primero de Don Giovanni, Municipal de Santiago, 2018

DON GIOVANNI, dramma giocoso en dos actos de Wolfgang Amadeus Mozart. Funciones del viernes 20 y martes 24* de abril de 2018, en el Municipal de Santiago, Ópera Nacional de Chile. Dirección musical: Attilio Cremonesi / Pedro-Pablo Prudencio*. Dirección de escena: Pierre Constant. Colaboración artística: Grégory Voillemet. Escenografía: Roberto Platé. Vestuario: Jacques Schmidt y Emmanuel Peduzzi. Iluminación: Jacques Rouveyrollis, realizada por Christophe Naillet. Reparto: Michelle Bradley / Oksana Sekerina* (Donna Anna), Paulina González / Pamela Flores* (Donna Elvira), Marcela González / Yaritza Véliz* (Zerlina), Joel Prieto / Santiago Bürgi* (Don Ottavio), Levent Bakirci / Daniel Miroslaw* (Don Giovanni), Edwin Crossley-Mercer / Sergio Gallardo* (Leporello), Matías Moncada / Eleomar Cuello* (Masetto), Soloman Howard (el Comendador). Coro del Municipal de Santiago, director: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

Tenida por muchos como una de las mejores óperas jamás escritas, Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart (Praga, 1787) ha acusado en las últimas décadas un intenso revisionismo. Por una parte, algunas interpretaciones han desenfundado argumentos históricos para desestimar el enfoque romántico de la pieza. El libertino ha perdido así sus dotes demónicas, su carácter encandilante y su atractivo ultramundano. Don Juan no es más que un hombre particularmente dado a los placeres sexuales. Por otra parte, hemos tomado conciencia de la herencia misógina de muchas obras de arte del pasado. La figura del seductor ha sido desenmascarada como la de un abusador, un hombre que ejerce sus privilegios cada vez que, como nos dice Leporello, ve una falda. Estos y otros factores hacen que Don Giovanni sea hoy una de las óperas más interesantes de montar, aunque por razones bien distintas a las de antes.

La presente producción del Municipal de Santiago fue estrenada originalmente por el Atelier lyrique de Tourcoing, del cual Jean-Claude Malgoire, fallecido el 14 de abril pasado, fuera director artístico desde 1981. Funciona así como como un sincrónico homenaje ante la partida del gran director francés que brilló en el último tercio del siglo XX en la restauración del repertorio barroco. La producción de Pierre Constant para la trilogía de óperas mozartianas con libreto de Lorenzo Da Ponte partió aquí el año pasado con Las bodas de Fígaro. Utilizando la misma escenografía que ya vimos —trabajo de Roberto Platé—, este Don Giovanni se para con solo un par de elementos diferenciadores: un gran portal al fondo del escenario que indica la entrada a la casa del Comendador y un telón rojo que sirve para marcar algunos cortes espaciales. No es mucho lo novedoso.

Eleomar Cuello (Masetto), Yaritza Véliz (Zerlina), Oksana Sekerina (Doña Ana), Santiago Bürgi (Don Ottavio) y Pamela Flores (doña Elvira) encaran a Sergio Gallardo (Leporello, de rodillas), en el sexteto del acto segundo de Don Giovanni, Municipal de Santiago, 2018

La idea de Constant de unificar visualmente la trilogía no es en principio mala. El problema reside en que el elemento unificador de la puesta —la escenografía— funciona únicamente como un lienzo sobre el cual alguna idea debería desplegarse. Y este Don Giovanni, lamentablemente, brilla más por su modestia. Constant se centra en la actitud libertina del protagonista, interpretando los elementos de seducción y ataque sexual en una línea que es simplemente masturbatoria: un cúmulo de frotaciones, manoseos y revolcones que transmiten más una imagen de impotencia del “joven caballero extremadamente licencioso”. Todo esto es presentado de manera liviana, destacándose así únicamente lo giocoso de la pieza. Vestuario e iluminación discretos no proporcionan mayores contrastes, salvo en el final del primer acto, donde en la fiesta (aquí: orgía) de Don Juan la presencia de una gran lámpara compuesta de focos —un elemento estilísticamente extraño, quizá un gesto de distanciamiento— comenzará a balancearse en un giro rossiniano. El público conectó con la propuesta, y si bien es recompensante comprobar una vez más lo bien que Mozart y Da Ponte construyen las anécdotas, es inevitable salir con gusto a poco.

En este esquema, Levent Bakirci y Daniel Miroslaw, alternando en el rol titular, transmitieron un personaje moderado en sus apetitos. Ambos tienen voces agradables, con timbres juveniles y un desempeño escénico apropiado a la puesta. Siguiendo lo que ya es casi la interpretación canónica del personaje en la actualidad, Don Juan es simplemente un hombre ordinario. En esa misma línea, el Leporello de Edwin Crossley-Mercer es ciertamente un compinche adecuado, sin demasiadas pretensiones; la voz, pequeña y poco matizada, resulta algo monótona al final de la función. Sergio Gallardo, en el elenco alternativo, tiene más variedad en su actuación, pero la voz ha perdido bastante cuerpo y suena comprometida en la segunda parte.

Como Doña Ana, Michelle Bradley destacó por su caudal vocal. Tiene un instrumento de tipo spinto, con una zona media cálida y seductora, pero con un agudo algo desaforado que en ausencia de control se vuelve un arma de doble filo. El enfoque del personaje se inclinó lamentablemente por lo histérico. Es de todas formas una voz interesante que valdría la pena oír en otro repertorio. Distinta fue la interpretación de Oksana Sekerina en el elenco alternativo. La voz de Sekerina se encuentra completamente a gusto en el rol, el cual le permite lucir un agudo de buena proyección, que unido a una elegante ornamentación hicieron que su rondó del acto segundo fuera el punto alto de esa función. Sekerina resaltó el aspecto doliente del personaje, dignificando la actitud perturbada que la puesta le exige adoptar.

Edwin Crossley-Mercer (Leporello), Paulina González (Doña Elvira) y Levent Bakirci (don Giovanni), en la escena final del acto segundo de Don Giovanni, Municipal de Santiago, 2018

Paulina González, una estupenda Condesa el año pasado, volvió ahora como Doña Elvira. Es un rol que le queda muy bien, en particular por las sutilezas que le imprime a su “Mi tradì”, aunque en todo el acto primero la puesta haya resaltado el lado más castrante del personaje: Elvira es en todo momento una pazza. Pamela Flores, en el elenco alternativo, pintó un personaje más patético y dramático, aunque la voz acusó algunas inestabilidades, en particular en su aria del acto segundo. Marcela González, excelente Cherubino el año pasado, confirma que tiene una voz de enorme plasticidad. Su Zerlina es extrañamente persuasiva, con matices que van desde la candidez a la sensualidad. Yaritza Véliz, en cambio, ofreció un retrato más pícaro.

El tenor puertorriqueño Joel Prieto tiene un bello material lírico con el que ofrece un don Octavio más bien introspectivo. Ofreció una limpia versión de “Dalla sua pace”, y si bien la coloratura de “Il mio tesoro” lo pone algo al límite de sus facultades, el resultado es siempre grato. Santiago Bürgi es un Octavio más impulsivo; negoció con inteligencia la dificultad de la primera aria, y ofreció una lectura con muy buen control del fiato para la segunda, al tiempo que la ornamentó con variedad. Matías Moncada es una de las voces nacionales más notables que ha emergido en el último tiempo; Masetto es un rol secundario y algo tosco, pero Moncada le saca el mayor partido en su única aria, mezclando la torpe violencia del personaje con una cierta ternura. El barítono Eleomar Cuello tiene un grato instrumento y su desempeño como el celoso campesino fue más intenso. Común a ambos elencos, el bajo Soloman Howard fue un extraordinario Comendador. Pese a no aparecer en la escena final —Constant lo hace cantar desde el foso, mientras en escena unas sillas movedizas semejan el tránsito de un espíritu—, lo de Howard prueba que no hay roles pequeños para buenos cantantes.

Sergio Gallardo (Leporello) y Daniel Miroslaw (Don Giovanni) reciben al invitado de piedra en el final de Don Giovanni, Municipal de Santiago, 2018

Attilio Cremonesi el año pasado ofreció una lectura agilísima de Bodas. Cosa rara, este año su Don Giovanni sonó aletargado. Los tiempos más bien pausados del acto primero dieron paso a un acto segundo más dinámico, asomando solo en “Batti, batti” algo de la vitalidad del año pasado. Hay elecciones extrañas, como el uso de silencios muy marcados que buscan generar una tensión que no se condice mucho con el enfoque escénico. Con una duración cercana a las tres horas, este Don Giovanni fue uno de los lentos. Pedro-Pablo Prudencio por su parte fue consistentemente más veloz, y el resultado se notó: la obra fluyó mucho mejor. Un cuarteto sobre el escenario se ocupó de la contradanza y la allemande en el finale primo, con un balance que favoreció al (bastante veloz) minué del foso.

Un detalle editorial no menor fue la abreviación de la moraleja final: después de la muerte de Don Juan, los seis sobrevivientes entraron desde “Questo é il fin”. Es probable que la decisión se debiera a la forma en que Constant mata a su Don: un doble de cuerpo ejecuta una acrobacia con una tela, quedando colgado en medio del escenario. Como esa imagen es indudablemente un cierre, entonces hay que apresurar la bajada del telón. Que se haga a costa de un corte inusual es lamentable.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, mayo de 2018

Fotografías gentileza Municipal de Santiago
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Publicado el 08/05/2018
     
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