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Bernarda Fink : La maestra del canto
La mezzosoprano argentina regresa a Buenos Aires para abrir, junto a la Camerata Salzburg, la temporada 2018 del Mozarteum Argentino. En este diálogo desde Austria la extraordinaria artista repasa su carrera y reflexiona sobre su arte. Por Luciano Marra de la Fuente
 

“Mi canto será alabanza y honor”, dice uno de los versos de las Canciones bíblicas de Antonín Dvorák, la primera obra que interpretará Bernarda Fink en su regreso a la Argentina. Pareciera que esos versos, inconscientemente, guiaran siempre las interpretaciones de esta excelente artista formada en nuestro país, radicada en Europa hace ya más de tres décadas y con una destacada carrera, en la cual trabajó con Nikolaus Harnoncourt, John Eliot Gardiner, Riccardo Muti y Simon Rattle, entre otros.

Es la primera vez que regresa al Teatro Colón desde su reapertura en 2010 y será la primera vez que canta invitada por el Mozarteum Argentino, “una institución que siempre admiré”, acota Bernarda desde Austria. “Estoy encantada de volver al Colón: para mí es uno de los puntos culminantes de mi año”, dice con emoción. “Me dio muchísimo placer volver hace dos años, primero en el Centro Cultural Kirchner y luego en la Usina del Arte. Estoy felicísima que Buenos Aires tenga estas salas maravillosas que han surgido en estos últimos años. Poder volver a cantar en el Teatro Colón es una felicidad máxima, así que estoy con muchísimas expectativas… Además con la Camerata Salzburg nos conocemos hace muchos años y me encantó que me hayan invitado para esta gira, que es mi primera gira latinoamericana”.

A esta sumatoria de “primeras veces”, se le agrega el volver a la tierra de la infancia, su juventud y la familia. Uno de los primeros recuerdos musicales que tiene es el de su madre cantando mientras hacía los trabajos de la casa. “Cantaba cientos de canciones, con todas las estrofas hasta el final…”, cuenta Bernarda. “Hoy en día, con sus noventa y tres años, todavía sigue recordando muchas estrofas. Se olvidó de otras cosas, pero lo que no olvidó son justamente esos primeros impulsos que recibió de su propia madre. Dicen que las primeras capas que se acumulan, que se van asentando para hacer una vida o una personalidad, son las últimas que se borran. Cuando la visito los mejores momentos son cuando empiezo a cantar esas canciones, como lo hacía ella de niña o como lo hacía yo de niña”.

De numerosa familia de inmigrantes eslovenos —tiene otros cinco hermanos más—, sus padres vinieron a la Argentina en la década de 1940 y la música era el hobby de la familia: sus tías siempre cantaron en terceto, uno de sus tíos era compositor y pianista, su padre tocaba el violín y su madre, el piano. También formaba parte de la comunidad eslovena en nuestro país, donde cantó durante quince años en uno de sus coros. “Allí el oído se fue entrenando”, reflexiona. “El canto coral es muy importante porque hay que sentir la libertad de que uno se está expresando individualmente a pesar de estar cantando en un colectivo. La educación auditiva es fundamental: el poder oír al compañero,  buscar un color o usar piano o forte, todo eso luego en el canto como solista es muy importante”.

Sobre el paso a profesionalizar ese gusto familiar, ingresando al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, expresa: “Ese fue uno de los saltos más grandes de mi vida, por una necesidad interior, sin saber en qué me estaba aventurando. Era una necesidad de buscar nuevos horizontes, de buscar un espacio más grande. Para mí la cultura, la música y el canto eran la colectividad eslovena, pero de pronto era algo que me ocupaba tanto que me movía el alma. Estuve estudiando cuatro años Ciencias de la Educación en la Universidad y al mismo tiempo tomé clases de canto, en función al coro. Cuando me dieron las primeras arias para cantar, al estar acompañada sola con el piano, fue una cosa que me hizo crecer unas alas que yo tenía evidentemente. De repente se volvieron tan grandes que me volvió loca”.

Una sana locura que hizo que Bernarda se presentara a las audiciones del Instituto, habiendo ido una sola vez al Teatro Colón para una función de La viuda alegre. “Todo el fenómeno operístico, lo que pasaba en la sala y lo que pasaba arriba del escenario, esa combinación de música y teatro me fascinó tanto”, dice. “Me dio esa sensación de ‘yo quiero estar ahí’. Yo tengo que estar ahí, en ese maravilloso mundo. Eso fue más bien un sueño, después vino la realidad: sin creerlo fui aceptada, porque es muy difícil entrar. Evidentemente había un color de voz, había una musicalidad o algo que dijeron ‘esta chica puede tener posibilidades’, estaba lejísimos de estar hecha. Ahí empezó todo”. Entró cantando “Porgi amor”, el aria de la Condesa de Le nozze di Figaro, porque la profesora que tenía la consideraba soprano: “Mi voz no tenía un apoyo muy fuerte, era más bien asopranada, muy liviana y lírica”

¿Y cómo fue encontrar su voz?
Fue un proceso de búsqueda no fácil, de mucha paciencia, con mucho “caerse, levantarse” y también enfermarse, tener laringitis porque hacía esfuerzo vocal. Fue una búsqueda de una guía, un maestro que corresponda a mis necesidades: a veces es un camino algo duradero, porque un buen maestro no necesariamente es un buen maestro para todo el mundo. Es un momento en la vida en el que uno necesita cierta cosa que es exactamente el zapato que le va al pie. De todas maneras, los tres años que estuve cantando como soprano, sabiendo que ese no era el camino para mí, he aprendido un montón: en los años en los cuales uno pareciera que está un poco en el laberinto, son años que nos traen muchísimo para un futuro. He aprendido un montón de cosas que después se fueron acumulando e hicieron que, cuando encontrara a mi maestro Víctor Srugo, el arcón se abriera. Lo primero que me dijo fue que mi registro era de mezzosoprano, con lo cual al principio no entendía porque yo había trabajado los agudos, siempre más, con mucha voluntad… Como dicen “A Dios rogando, con el mazo dando” (ríe) “Dar con el mazo” está bien, pero hay que saber encontrar también la ventana o la puerta justa donde está nuestra verdad. Mi verdad vocal era ser mezzosoprano. Luego el trabajo vocal que hice me dio resultado inmediato, se fue afianzando y por eso le tengo mucho agradecimiento al maestro Srugo.

“Otro agradecimiento grande que tengo es a Mario Videla, que me acercó a ese mundo maravilloso que es Johann Sebastian Bach”, continúa. “Los recuerdos de mis primeros grandes éxitos cantando frente a público, en donde uno se siente reconocido, fue justamente con esos conciertos con las cantatas para la Academia Bach. Ahí yo sentí que ese era mi mundo. La música de Bach la entendí enseguida: fue como esos amores a primera vista, porque también en mi familia eran muy creyentes y es un tema que llevo bien adentro. Todos esos textos para mí eran muy conocidos. Fue con Bach que también después comencé a cantar en Europa”. Aquí Bernarda recuerda que su primer concierto fue en Roma con el Oratorio de Navidad, dirigido por Michel Corboz, a quien había conocido en uno de los conciertos de Festivales Musicales de Buenos Aires. También agradece el apoyo que tuvo de su presidenta, Leonor Luro, que la invitó innumerables veces a cantar para esa desaparecida asociación, como también a la Fundación Teatro Colón que pagó su primer viaje a Europa. “Sentíamos que éramos importantes”, acota, “en fin, que la música era importante y que a los jóvenes había que cuidarlos y apoyarlos”.

Una carrera internacional

Bernarda Fink en una producción de Theodora de Handel, Festival de Salzburgo, 2009 / Foto de Monika Rittershaus

Ya en Europa hizo una audición con René Jacobs en Innsbruck, un encuentro breve en ese momento, pero que se extendería a lo largo de casi tres décadas y con varias grabaciones hoy consideradas de referencia, desde Monteverdi a Mozart. “A los meses de esa audición me llamaron porque una mezzosoprano se había enfermado”, recuerda, “y tuve que estudiar en cinco días un rol para una grabación de una ópera de Handel, Flavio. Esa fue mi primera grabación con René. Fue hermoso porque me hizo de ‘maestro preparador’, tocando el clave: aprendí las arias con él, no eran de una dificultad alta extrema, pero para mí se abrió otro mundo, un mundo nuevo, que con mucha suerte quedó abierto y quedó vivo por muchos años, porque siguió invitándome…”.

Su carrera pareciera que está cimentada en conciertos y recitales, no tanto en producciones operísticas, cuando en general en el “mundo de la ópera” es al revés. ¿Cómo pudo llevar este tipo de carrera?
Ya estando en el Instituto, a pesar de tener la fascinación por la ópera, sentí en mi interior el llamado fortísimo hacia el repertorio sinfónico, oratorios y recitales con lieder. Seguí cultivando todo, pero lo que más me atraía era esto. Seguí haciendo ópera, una producción por año. Luego cuando me casé y tuve a mis chicos, y así pude estar más en casa. Yo creo que hay que cantar ópera, hay muchísimos cantantes que sobresalen tanto en el canto operístico como camarístico u oratorio, Christa Ludwig es un ejemplo. Obviamente para hacer lied hace falta un poco de flexibilidad y capacidad de adaptar el color a lo camarístico. Siempre le digo a la gente joven, cuando doy clases magistrales, que hay que hacer todo el repertorio. También hay que hacer “como higiene” arias de Bach de vez en cuando, en su casa o en nuestro salón de trabajo: tomar esas arias y tratar de mantener una cierta disciplina en la voz. Los textos son maravillosos, pero su música nos mantiene en el carril, nos ayuda a ser dueños de nuestra voz. Es siempre importante el desafío de tratar de ver dónde están los límites. La tendencia nuestra es siempre “cantar grande o libre”, lo cual está bien pero, al mismo tiempo, cuando venís al ensayo y hay un director que te dice “este tempo es más rápido o me gustaría hacer esto así” o te pide una cadenza, hay que tener esa capacidad de adaptación.

Precisamente ahora en su próxima actuación va a cantar Bach, junto a otro de sus autores predilectos, Antonín Dvorák …
Tengo un amor muy especial por Dvorák. Ya lo conocía de mis tiempos en Buenos Aires, pero conocía más que nada su Novena Sinfonía, algunas de sus otras sinfonías, y había oído hablar de sus Canciones bíblicas pero no las había estudiado. Luego la vida, por el trabajo de mi marido, me llevó a vivir en Praga prácticamente seis años. Así que allí tuve la suerte de aprender el idioma y aprender su mundo que me fascina. Tendremos un repertorio un poco mixto, Bach que es Barroco y Dvorák que es Romántico.

En una entrevista reciente dijo que tuvo unos “años del Barroco” y ahora está transitando por unos “años de Mahler, Debussy, Dvorák”… ¿Es así? 
Es cierto que hace varios años dejé de hacer el Barroco: hago Bach de vez en cuando, pero tampoco estoy tanto cantando las Pasiones u otras misas, fue una decisión mía. Pensé que es tiempo de hacer más repertorio del Romanticismo.

¿Y qué encuentra en este repertorio tan diferente al Barroco?
El mundo del Romanticismo es mi origen porque Bach, aunque lo llevé siempre adentro, vino después. Esa es la base mía, toda esa música que cantábamos en casa o el coro era básicamente del siglo XIX. […] Ahora estoy haciendo lo que me queda bien a la voz. Ya no tengo treinta, sino que los doblé (se ríe) Hay que tener mucho cuidado que la voz quede bien, no sólo para que quede sana sino para que el resultado sea óptimo. Hay cosas que ya no me quedan, ciertas cosas con coloratura que antes me salían “de taquito” o ya no salen. Entonces mejor evitarlo y hay tantas mejores cosas que todavía me quedan bien, tengo derecho a ponerme caprichosa y hacer lo que a mí me gusta.

¿Y qué le gustaría cantar que aún no lo haya hecho?
En realidad no me siento que quisiera conquistar nuevos horizontes, sino que me gustaría seguir navegando con mi barca tranquilamente por las aguas que ya conozco. Con lo cual no quiero decir que no quiera hacer cosas nuevas porque lo nuevo para mí es, por ejemplo, la enseñanza. Involucrarme con proyectos donde hay que organizar un concierto, me gusta participar en proyectos a beneficio. En estos momentos estamos aquí en el pueblo que estamos viviendo en Austria, recaudando fondos para renovar nuestro órgano. En fin, ese tipo de cosas que antes no podía, ahora las estoy haciendo cada vez más. Siento que con la enseñanza, aunque no sea de manera regular, pero sí dando clases magistrales y a veces cuando me piden una clase para que les dé un feedback, es algo muy importante para hacer por los jóvenes.

Entrevista de Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Abril 2018

Esta entrevista, más reducida, fue publicada originalmente en la revista Cantabile N° 92, marzo/abril 2018.

Para agendar
Bernarda Fink ofrecerá dos conciertos, junto a la Camerata Salzburgo, en el inicio de la temporada 2018 del Mozarteum Argentino en el Teatro Colón, el lunes 16 y el martes 17 de abril próximos. Interpretará las Canciones bíblicas de Dvorák y el aria “Schlummert ein, ihr matten Augen” de la Cantata “Ich habe genug” de Bach, en tanto la orquesta presentará Fratres de Arvo Pärt y la Sinfonía N° 3 en Re Mayor de Franz Schubert (lunes 16), la suite orquestal de Pulcinella de Igor Stravinsky y la Sinfonía N° 35 “Haffner” de Mozart (martes 17). Localidades sobrantes de abono en venta en la Boletería del Teatro Colón y a través de www.mozarteumargentino.org

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Publicado el 13/04/2018
     
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