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"Apolo y Jacinto" en el Centro Cultural 25 de Mayo : Del mito griego a la alegoría cristiana
La Ópera de Cámara del Teatro Colón cerró exitosamente su temporada con la primera ópera compuesta por Mozart, en una versión vital y provocadora. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del comienzo de Apolo y Jacinto, Ópera de Cámara del Teatro Colón, Centro Cultural 25 de Mayo, 2017

APOLLO ET HYACINTHUS, intermedio de Wolfgang Amadeus Mozart. Función del viernes 15 de diciembre de 2017 en el Centro Cultural 25 de Mayo, organizada por la Ópera de Cámara del Teatro Colón. Dirección musical: Ulises Maino. Dirección de escena: Ignacio González Cano. Dramaturgia y traducción: Mercedes Marmorek. Escenografía: Matías Otálora. Vestuario: Nélida Bellomo. Iluminación: Ariel Conde. Elenco: Santiago Martínez (Œbalus), Victoria Gaeta (Melia / Novicia), Adriano D’Alchimio (Hyacinthus / Novicio), Martín Oro (Apollo / Monje / Jesús), Daniel Garrido (Zephyrus / Novicio), Sergio Carlevaris (Sacerdote de Apolo / Padre Rufinus Widl), José Manuel Flores, Luciano Serra (Monjes). Orquesta.

La Ópera de Cámara del Teatro Colón, dirigida por Marcelo Lombardero, ha tenido un  gran año: iniciando en mayo con La grotta di Trofonio de Antonio Salieri, continuó en septiembre con el estreno argentino de Piedade de João Guilherme Ripper, para concluir su temporada en diciembre con Apolo et Hyacinthus de Wolfgang Amadeus Mozart. Dado que se trata de un ciclo que se desarrolla en salas y espacios alternativos —por ejemplo, en 2016 se hizo El enfermo imaginario de Charpentier en el anfiteatro de Parque Centenario con enorme audiencia— y que, en el acto oficial donde se anunció la Temporada 2018, tanto el Jefe de Gobierno de la Ciudad como las autoridades del teatro enfatizaron su voluntad de “sacar el Teatro Colón a la calle”, resulta curioso que no hayan incrementado el número de títulos del ciclo, que seguirá ofreciendo solo tres óperas el próximo año. Paradojas aparte, saludamos que la Ópera de Cámara se siga sosteniendo ya que ofrece la posibilidad de conocer obras poco frecuentadas, además de habilitar un espacio a la enorme cantidad de jóvenes y talentosos cantantes, músicos y directores argentinos con que contamos.

La Universidad de Salzburgo tenía la tradición de cerrar su ciclo lectivo con la representación de un drama en latín, escrito para la ocasión por un profesor de la casa de estudios. También era tradición insertar entre los actos del drama un intermedio musical que amenizara la solemnidad de las edificantes historias extraídas de la mitología o la historia antigua, cuya moraleja debía servir de lección a las jóvenes generaciones de estudiantes. En 1767 la Universidad encargó la tarea de componer el intermedio musical a Wolfgang Amadeus Mozart, un niño prodigio de 11 años que acababa de volver a la ciudad tras una exitosa gira europea. Rufinus Widl, cura benedictino y profesor de filosofía, era el autor de la obra representada ese año: Clementia Croesi, basada en un episodio narrado por Heródoto acerca de Creso, rey de Lidia. El monarca envía a su vástago Atis a cazar un jabalí junto a Adraste, hijo de Midas y desterrado por él, pero la flecha de Adraste en lugar de matar al jabalí, da muerte a Atis. Entre la rabia y el dolor, vence la clemencia, y Creso perdona a Adraste.

Escena de Apolo y Jacinto, Ópera de Cámara del Teatro Colón, Centro Cultural 25 de Mayo, 2017

El libreto del intermezzo musical —también escrito por Widl— narra el mito de Jacinto, el joven transformado por Apolo en flor al morir, que el cura salzburgués “reformuló”, quitándole la fuerte carga homoerótica del triángulo amoroso entre Apolo, Céfiro y Jacinto. Para ello, Widl introdujo el personaje femenino de Melia, hermana de Jacinto, que pasará a ser el objeto de deseo del dios Apolo en lugar de Jacinto, y transforma a Céfiro en un malvado que blasfema contra el dios, asesina (sin motivo alguno) a su amigo Jacinto y desea a Melia. Céfiro, en poco más de una hora, transgrede ante nuestros ojos cuatro de los diez mandamientos judeocristianos: blasfema, desea la mujer del prójimo, mata y miente. Del amor homosexual, ni noticias.

La clave para no hacer de la puesta de esta obra un momento teatralmente anodino —aunque bello en lo musical—, es interpretar los sentidos ocultos de la alegoría. Y esto es precisamente lo que lograron Mercedes Marmorek e Ignacio González Cano.

La inteligente dramaturgia de Mercedes Marmorek propuso el artificio del “teatro dentro del teatro”, incorporando a Rufinus Widl como un personaje que, al descubrir a dos novicios en pleno intercambio amoroso, decide —además de castigar a los pecadores— representar su parábola escénica sobre el amor “contra natura” y sus consecuencias. Los monjes se caracterizan como los personajes del drama y el cura intercalará entre las escenas sus enseñanzas sobre la necesidad de huir del pecado de la carne y amar únicamente a dios. La estrategia resultó brillante ya que, al develar la intención didáctico-disciplinaria que la obra tenía en su origen, los múltiples sentidos de la alegoría se hacían evidentes hasta para el más desprevenido.

Estamos ante la más lograda puesta escénica de Ignacio González Cano. La reinterpretación de las arias barroquizantes con sus da capo fue excelente tanto como contundente la exposición de la ambivalencia y la hipocresía religiosa frente al placer: “Laetari, iocari fruique divinis honoribus stat” (Me esperan los placeres, los juegos y el goce de los honores divinos) canta Melia, esperando a su amado Apolo, y mientras canta, se entrega a las caricias de dos faunos. Si de lo que se trata, casi todo el tiempo, es de una condena al erotismo y a la tentación de la carne, el director los expone sin disimulo. Si bien uno tarda un rato en habituarse a la traducción de los recitativos al español y su transformación en diálogos hablados, el resultado es interesante. Marmorek y González Cano intentan desnudar la alegoría moralizante que se oculta tras la solemnidad del texto latino y mostrárnosla en clave de parodia (incluso en sentido musical con citas a Bach y Handel). Una apuesta arriesgada que decididamente superaron con éxito.

Santiago Martínez (Œbalus), Victoria Gaeta (Melia) y Adriano D’Alchimio (Hyacinthus) en 
Apolo y Jacinto, Ópera de Cámara del Teatro Colón, Centro Cultural 25 de Mayo, 2017

La concertación de Ulises Maino resultó atractiva en lo formal y lo expresivo, consiguiendo una notable versión musical de una obra todavía tributaria de los esquemas barrocos. El ensamble instrumental reunido para la ocasión alcanzó un excelente nivel.

En su estreno la ópera fue cantada por niños y adolescentes, a excepción del rol de Ébalo, a cargo de un estudiante de 22 años. En esta oportunidad, se designó los roles de Apolo, Jacinto y Céfiro a contratenores —y no a sopranos o mezzosopranos como suele hacerse— para sostener la tensión homoerótica. En el rol de Jacinto Adriano D’Alchimio cantó su aria “Saepe terrent Numina” (A veces los dioses siembran el terror) con precisión, en tanto Daniel Garrido, como Céfiro, llegó con lo justo. Martín Oro fue un Apolo de importante caudal vocal y su actuación transitó con éxito el riesgoso límite que separa la parodia de la bufonada. Sergio Carlevaris interpretó el rol (añadido) de Rufinus Widl, con una carga de inquietante ambigüedad entre lascivia y rígida disciplina.

Un equipo vocal de gran entrega tuvo sus puntos más altos en las voces de Victoria Gaeta como Melia y Santiago Martínez como Ébalo. La emisión clara y el canto expresivo de Victoria Gaeta —en 2014 una despechada Donna Elvira en Don Giovanni— no dejan dudas de su crecimiento como intérprete mozartiana.

El tenor Santiago Martínez fue el responsable de los momentos más altos de la velada, tanto en su aria “Ut navis in aequore luxuriante” (Como un navío en el mar bravío) como en el terceto “Tandem post turbida” (Después de la tormenta) junto a Melia y Apolo. Pero el momento memorable llegó en su extraordinario dueto “Natus cadit” (Mi hijo ha muerto) con la soprano: con un registro homogéneo y un timbre límpido Martínez realizó un memorable retrato del patético rey que llora la muerte de su hijo.

Escena final de Apolo y Jacinto, Ópera de Cámara del Teatro Colón, Centro Cultural 25 de Mayo, 2017

En síntesis, un gran final para la temporada 2017 de la Ópera de Cámara del Teatro Colón con una bienvenida interpretación de la ópera prima —en el terreno teatral— de Mozart, en una versión escénicamente estimulante y musicalmente irreprochable.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Diciembre 2017

Para agendar en 2018
La Ópera de Cámara del Teatro Colón presentará el año que viene la exhumación de la ópera barroca Il trionfo dell’onore de Alessandro Scarlatti, con dirección musical de Marcelo Birman y puesta en escena de Victoria Zamudio (abril) y el estreno argentino de la provocativa ópera de Thomas Adès, Powder her face, dirigida por Marcelo Ayub y puesta de Marcelo Lombardero (diciembre), las dos en el Centro Cultural 25 de Mayo. También repondrá Piedade de Ripper en el CETC (agosto/septiembre).
Más info: www.teatrocolon.org.ar/es/temporada/2018/opera 

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Máximo Parpagnoli
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Publicado el 23/12/2017
     
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