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"Andrea Chénier" en el Teatro Colón : Sobre todo... la italianità
Con la célebre ópera de Giordano, el Teatro Colón dio por finalizada su actual temporada lírica. Un destacado conjunto de intérpretes dio vida a la trágica historia del poeta condenado a muerte en la Francia revolucionaria. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del primer acto de Andrea Chénier, Teatro Colón, 2017

ANDREA CHÉNIER, ópera de Umberto Giordano. Nueva producción escénica. Funciones del sábado 9* y domingo 10 de diciembre en el Teatro Colón. Dirección musical: Christian Badea / Mario Perusso*. Dirección escénica: Matías Cambiasso. Escenografía: Emilio Basaldúa. Vestuario: Producción Teatro Colón, bajo la supervisión de Eduardo Caldirola. Iluminación: Rubén Conde. Coreografía: Carlos Trunsky. Elenco: José Cura / Gustavo López Manzitti* (Andrea Chénier), Fabián Veloz / Leonardo Estévez* (Carlo Gérard), Maria Pia Piscitelli / Daniela Tabernig* (Maddalena de Coigny), Guadalupe Barrientos / María Luján Mirabelli* (Bersi), Cecilia Aguirre Paz / Vanesa Tomas* (Condesa de Coigny), Gustavo Gibert / Luis Gaeta* (Mathieu), Emiliano Bulacios / Mario de Salvo* (Roucher), Sergio Spina / Gabriel Centeno* (El Increíble), Alejandra Malvino (Madelon), Norberto Marcos / Ernesto Bauer* (Fleville), Iván Maier / Pablo Politzer* (Abate), Alejandro Meerapfel (Dumas), Víctor Castells (Fouquier-Tinville / Mayordomo), Alejandro Spies (Schmidt / Carcelero). Orquesta y Coro Estables. Director del coro: Miguel Martínez.

Umberto Giordano forma parte —junto a Puccini, Mascagni, Leoncavallo y Cilea— de un grupo de músicos cuya actividad se produce, aproximadamente, entre la última década del siglo XIX y las primeras del XX. La crítica lo denominó Giovane Scuola, para marcar el cambio generacional respecto de Giovanni Pacini, Saverio Mercadante, Michele Carafa, Errico Petrella y Giuseppe Verdi, que, tácitamente, pasaban a conformar la ‘vieja escuela’. Los músicos de la Giovane Scuola, sin romper con la tradición operística verdiana, comenzaron a incorporar al teatro musical ideas provenientes del realismo literario. Incursionaron así, en varias de sus obras, en temáticas sociales, políticas o sexuales, con una crudeza impensable en el primer tramo del ottocento, ganándose así el mote de “compositores veristas”.

Pero ¿es Andrea Chénier una ópera verista? El estudioso Alan Mallach, en su excelente ensayo sobre la ópera italiana de este período, cuestiona el término, alegando que sería incorrecto aplicarlo a la obra completa de estos compositores y que debería reservarse para un puñado de óperas como Cavalleria rusticana (Mascagni), Il tabarro (Puccini), Pagliacci y Zazà (Leoncavallo), Mala vita (Giordano) y unas pocas más. Otros especialistas, en cambio, extienden el término verismo a la forma de composición, independientemente de la temática abordada. Para ellos, Tosca, Andrea Chénier o Adriana Lecouvreur serían óperas veristas a pesar de que sus personajes no sean gente humilde y su acción no sea contemporánea al momento de su creación. Lo que define entonces el carácter de verista no sería, para ellos, la temática elegida sino la forma de componer, de presentar musicalmente la historia, aunque ésta transcurra en la Edad Media. La orquestación opulenta, la escritura vocal que admite el parlando, el llanto e incluso el alarido, la continuidad de la acción por encima de los números cerrados, son algunas de las novedades que traerá la Giovane Scuola, efectivamente reconocibles en toda la producción de sus integrantes.

José Cura (Chénier) en la escena final del tercer acto de Andrea Chénier, Teatro Colón, 2017

Verista o post romántica, Andrea Chénier se instaló rápidamente como una favorita del público y constituyó el mayor éxito del joven Giordano, que estrenó su obra en la Scala de Milán a los 28 años. El libretista Luigi Illica se encontraba tan demandado en aquellos tiempos, que Giordano se mudó a una paupérrima habitación en el mismo edificio en que vivía el poeta para poder controlar de cerca su trabajo. Illica escribió el libreto de esta ópera al mismo tiempo que daba los últimos retoques al de La bohème de Puccini, ambas obras estrenadas en 1896, con un mes de diferencia. La figura histórica del poeta André Chénier, fervoroso revolucionario y luego condenado a la guillotina por oponerse a Robespierre, adquiere, en manos de Giordano e Illica, proporciones heroicas como símbolo de la lucha por la libertad y la justicia.

La trama política y la amorosa se entremezclan aquí: un triángulo amoroso conformado por Carlo Gérard, líder revolucionario en el período del Terror, el poeta Chénier y Maddalena de Coigny, ex aristócrata empujada a la clandestinidad, termina con la muerte injusta de la pareja protagonista, ya que Carlo, en su despecho, causará la muerte del rival mediante acusaciones falsas. Cuando las cartas están echadas, Maddalena intercambiará el lugar con una condenada a muerte para seguir a su amado hasta la guillotina. El grito triunfal que sella el gesto heroico de ambos, “Viva la morte insiem!” (¡Viva la muerte juntos!), cierra, con un Do bemol agudo, la historia trágica de este amor imposible.

Del equipo original anunciado en noviembre de 2016 quedó poco y nada. Al renunciar el tenor Marcelo Álvarez, renunciaron —además del director musical, Donato Renzetti— sus compañeros de elenco: Anna Pirozzi y Roberto Frontali. Luego salieron el escenógrafo Enrique Bordolini y el vestuarista Julio Suárez y, finalmente, se produjo la renuncia de la directora escénica Lucrecia Martel al proyecto, debido a problemas de salud. Lo único que se mantuvo sin cambios fue el director musical argentino y el elenco local.

Gustavo López Manzitti (Chénier) y Daniela Tabernig (Maddalena) en el primer acto de Andrea Chénier, Teatro Colón, 2017

El mayor mérito de la puesta escénica de Matías Cambiasso es su funcionalidad. Al haber tomado el proyecto en un estado avanzado, y contando con el mismo escenógrafo y vestuarista, es difícil determinar en qué proporción la visión de Cambiasso se superpuso o quedó supeditada a la de Martel. Como sea, el movimiento de masas, que en esta ópera es especialmente importante, fue resuelto en forma excelente. El efecto conceptual recayó en unas pancartas con letras, que aparecían sueltas en distintos momentos de la obra y en el saludo final formaban la palabra “Fraternité”, en tanto las referencias visuales a la guillotina resultaron un poco redundantes: unos niños jugando a decapitar muñecos con una guillotina de juguete y la proyección lumínica de la silueta de una guillotina en la escena final. El momento más interesante de la puesta se dio en el final del acto primero: los aristócratas, cuyo baile había sido interrumpido por la irrupción del pueblo hambriento en el salón, retoman su “gavota” pero no logran seguir la coreografía, no encuentran a su pareja y el telón se cierra sobre un grupo de personas desorientadas bailando como autómatas.

El equipo vocal tuvo dos parejas protagónicas de fuste. Con una magnética presencia escénica, el tenor José Cura desplegó su considerable volumen vocal y, excepto una tendencia al fraseo sollozante, su retrato del heroico poeta resultó muy convincente. En el otro elenco, Gustavo López Manzitti, con su voz clara y luminosa, se impuso a la densa orquestación con su característico slancio y una interpretación apasionada. La protagonista femenina tuvo en Maria Pia Piscitelli un material vocal inmejorable, de sonido redondeado y admirable italianità. La argentina Daniela Tabernig, que debutaba en este rol, fue una Maddalena más frágil y melancólica, dando muestra cabal de su musicalidad y su capacidad interpretativa, aportando expresividad a cada frase.

Como el villano de la historia, Carlo Gérard, volvió a brillar el barítono Fabián Veloz, talentoso cantante-actor que imprime a cada interpretación su sello personal, a partir de un fraseo estudiado meticulosamente y una técnica impecable. En el elenco alternativo, cumplió correctamente Leonardo Estévez. Del numeroso elenco de personajes episódicos, es justo destacar a Alejandra Malvino, conmovedora como Madelon, la anciana ciega que entrega a su nieto para combatir en las fuerzas revolucionarias.

José Cura (Chénier) y Fabián Veloz (Gérard) en el segundo acto de Andrea Chénier, Teatro Colón, 2017

Las batutas recayeron en Christian Badea y Mario Perusso, más preciosista el primero, más teatral el segundo, ambos aportaron interesantes aproximaciones a la bella partitura de Giordano, consiguiendo la atmósfera del melodrama post-romántico. Ambos, también, dejaron un poco librado a su suerte el volumen orquestal que, por momentos, se tornaba exigente para los cantantes.

En el final de temporada, el Teatro Colón salió airoso a pesar del obstáculo que supuso la renuncia de (casi) todo el equipo anunciado para su última ópera del año. Meritoria en el aspecto musical, digna en lo escénico, la ópera de Umberto Giordano volvió a conmover al público.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Diciembre 2017

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 19/12/2017
     
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