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"Alta en el cielo" de Sebastiano De Filippi y Daniel Varacalli Costas : Revalorización del patrimonio musical
El primer estudio sobre la vida y la obra de Héctor Panizza implica una necesaria y postergada revalorización de su figura a través de un agudo análisis sobre su contribución a la vida musical como compositor y director. Por Carlos Rossi Elgue
 

Héctor Panizza, fotografía de 1921

ALTA EN EL CIELO. VIDA Y OBRA DE HÉCTOR PANIZZA. Sebastiano De Filippi y Daniel Varacalli Costas. Instituto Italiano de Cultura, Buenos Aires, 2017. 254 pp.

Alta en el cielo se propone rescatar del olvido la vida y la obra del director y compositor Héctor Panizza (1875-1967) quien, tal vez, solamente sea recordado por ser el creador de la célebre “Canción de la bandera”, extraída de su ópera Aurora y convertida en un himno escolar cantado por generaciones. Sebastiano De Filippi y Daniel Varacalli Costas parten de una pregunta que es, más bien, la confirmación de una realidad: ¿por qué la figura de Panizza es hoy poco conocida si, paradójicamente, fue uno de los directores de orquesta más destacados de la historia de la interpretación musical? Con el objetivo de encontrar respuestas los autores bucean en la trayectoria personal de Panizza, y en la convulsionada historia mundial de la primera mitad del siglo XX, en la que transcurrió su vida.

Héctor o Ettore, según se le reconociera como argentino o italiano, a pesar de haber vivido a ambos lados del océano, “por momentos se sentía (o, mejor dicho, lo hacían sentir) argentino en Italia e italiano en la Argentina”. Tomando como punto de partida esta imagen cosmopolita del músico, la primera parte del libro despliega un exhaustivo estudio biográfico, siguiendo cronológicamente los hitos de su formación, su carrera profesional, su vida social y familiar. La narración atrapa al lector con giros del destino, como la trágica muerte de su primera mujer en un viaje en barco de Estados Unidos a Italia, y anécdotas que surgen de numerosas fuentes consultadas. De la copiosa bibliografía sobresalen las Memorias del propio PanizzaMedio siglo de vida musical— y publicaciones de la época en diarios y revistas, como Caras y Caretas, La Nación o La Razón.

En la segunda parte del libro, titulada “La obra”, precedida por veintiocho imágenes —retratos, cartas y afiches, entre otras—, los autores se detienen en el trabajo de Panizza como compositor. Aquí ocupan un lugar privilegiado las vicisitudes de la creación, estreno y reposiciones de Aurora, su traducción del italiano al español en 1945 y la difusión de “Canción de la bandera”, al ser incorporada al cancionero patrio en contextos escolares y militares. En este apartado se despliegan las razones por las que el músico es principalmente recordado: su destacada carrera como director de orquesta en la Royal Opera House de Londres (entre 1907 y 1914), Teatro alla Scala de Milán (a la par de Toscanini, entre 1921 y 1932), Metropolitan Opera de Nueva York (entre 1934 y 1942) y Teatro Colón (entre 1942 y 1955), aunque también se haya desempañado en otras salas de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

Daniel Varacalli Costas y Sebastiano De Filippi, autores del libro Alta en el cielo, presentado en abril pasado en el Salón Dorado del Teatro Colón / Foto de Juanjo Bruzza

Varacalli Costas y De Filippi enfatizan que el repertorio en el que se destacaba, con una marcada impronta “toscaniniana”, era el drama wagneriano, la ópera verdiana y obras de compositores contemporáneos que lo apreciaban como director: especialmente Giacomo Puccini y Richard Strauss, de quienes el libro reproduce en forma facsimilar sendas cartas al maestro.

En lo que respecta a su labor como compositor, los autores señalan con agudeza que su estilo se acercaba al de Umberto Giordano —autor de Andrea Chénier y Fedora—, de quien además era amigo personal. Si bien el propio Panizza reconoció que dedicó menos energía a la composición que a su trabajo como director, el libro pone en valor sus obras escénicas, como Medio Evo latino (1900), Bizancio (1939) o la más conocida Aurora (1908), orquestales y de cámara.

Por último, la tercera parte del libro lo constituye un “Apéndice” en el que se suceden una serie de anécdotas que pintan al personaje, pequeños fragmentos de la vida que, tal como señalan los autores, evidencian que Panizza “seguía siendo un hombre del siglo XIX en pleno corazón del siglo XX”. Sus pince nez pasados de moda y su aversión a los aviones trazan algunos rasgos de una personalidad cuyas decisiones no siempre le resultaron beneficiosas, como veremos a continuación.

El “error” de Panizza

El estudio de Varacalli Costas y De Filippi se basa en una exhaustiva investigación bibliográfica que da rigurosidad al trabajo; en este sentido, Harvey Sachs, reconocido biógrafo de Arturo Toscanini y autor del prólogo del libro, lo define como “un acto de erudita arqueología”. Esto no impide que la prosa fluya de manera dinámica a partir de tres ejes principales que se entrecruzan permanentemente: la vida pública y privada del músico, el contexto histórico —principalmente, la Primera y la Segunda Guerra Mundial—, y la figura de Arturo Toscanini (1867-1956). Si el punto de partida del texto, como señalamos anteriormente, es la pregunta por el merecido reconocimiento póstumo a la obra del músico, el modo en que esta se pone en evidencia es a partir de la comparación permanente con Toscanini. Habiendo sido contemporáneos, habiendo trabajado juntos y desarrollado carreras de envergadura y estilos similares, uno quedó en lo alto del podio de la fama universal, mientras el otro es prácticamente desconocido.

Marcos Cubas, Héctor Panizza, Nicola Rossi-Lemeni y Víctor Damiani en L'amore dei tre re de Italo Montemezzi, Teatro Colón, 1955 / Foto de Juan Pedro Damiani

¿Por qué esta diferencia? En lo que refiere a sus trayectorias, ambos fueron directores principales del Teatro alla Scala y trabajaron en las salas más importantes de Europa durante la época de entreguerras. Tal como lo desarrollan Varacalli Costas y De Filippi, a nivel personal, en esos años entablaron una amistad que se disolvió a comienzos de la década de 1930. Cuando surgieron los totalitarismos, Panizza no se pronunció al respecto lo que, posiblemente, le enfrentó a su amigo, un fervoroso opositor del fascismo.

Por otro lado, la distancia entre Toscanini y Panizza en cuanto a la magnitud de sus famas pudo deberse a que, en el momento en que ambos se encontraban en lo más alto de sus carreras —entre 1937 y 1942—, viviendo en Nueva York, uno como director de la orquesta de la NBC y el otro como director estrella de la Metropolitan Opera, súbita e inexplicablemente Panizza renunció a su cargo y regresó a la Argentina. Sobre esta decisión, De Filippi y Varacalli Costas sostienen que abandonar los Estados Unidos en 1942 fue un error estratégico ya que perdió oportunidades que seguramente tomó Toscanini en ese momento de inflexión, cuando adquirió popularidad mundial —de hecho, sus grabaciones más famosas corresponden a sus últimos años de vida, después de la partida del argentino. Es inevitable preguntarse acerca de esta decisión; los autores aventuran, sin encontrar la razón: “Sea por el temor a la guerra —en la que Estados Unidos acababa de entrar—, por la falta de convicción política, por simpatía o tolerancia con el pensamiento nacionalista anti-liberal o por el mero cansancio, el retiro anticipado de Panizza de la escena mundial y su reclusión casi exclusiva en la Argentina le jugaron en contra a la hora de cimentar su fama póstuma”.

Sobre el recuerdo

Héctor Panizza escribió unas Memorias en 1952 que, aunque Varacalli Costas y De Filippi las califiquen, con razón, un “breve e incompleto ensayo autobiográfico”, sin dudas evidencian que el músico creía ser alguien digno de ser recordado. Tal como expresa Georges Gusdorf a propósito de la escritura autobiográfica, “el hombre que se complace así en dibujar su propia imagen se cree digno de un interés privilegiado”. Sin embargo, esas palabras, esa vida y esa obra quedaron en el olvido hasta que estos dos estudiosos de la vida musical argentina volvieron sobre ellas, en un necesario gesto de recuperación y revalorización del patrimonio.

Al leer Alta en el cielo y evocar la enorme producción musical de la primera mitad del siglo XX surge inevitablemente una reflexión sobre la deuda que la crítica especializada y los teatros tienen con los compositores de esa época, como Alberto Williams, Pascual de Rogatis, Felipe Boero, Constantino Gaito o Gilardo Gilardi. A pesar de los esfuerzos de músicos como Tomás Ballicora y Lucio Bruno Videla, quienes trabajan en la difusión de la música académica nacional, todavía sigue siendo una deuda que las obras puedan divulgarse y programarse en los teatros, para ser apreciadas y disfrutadas por el público masivo. El trabajo de De Filippi y Varacalli Costas y el Instituto Italiano de Cultura, por lo tanto, constituye un inestimable aporte que se suma a estos esfuerzos e invita a nuevas iniciativas.

Carlos Rossi Elgue
Agosto 2017

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Publicado el 18/08/2017
     
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