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Osvaldo Golijov en el Centro Cultural Kirchner : Los viajes de un compositor
El compositor platense, radicado en los Estados Unidos, vino a la Argentina para supervisar el estreno nacional de “Ayre” y “Azul”, a cargo de excelentes intérpretes. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Osvaldo Golijov en el Centro Cultural Kirchner, 2017

AYRE y AZUL de OSVALDO GOLIJOV. Estrenos nacionales. Concierto del sábado 1 de julio de 2017 en la Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner. Dirección: Annunziata Tomaro. Supervisión: Osvaldo Golijov. Solistas: Miriam Khalil, soprano; Eduardo Vassallo, violoncello; Michael Ward-Bergeman, hiper-acordeón; Florencia Barrientos y Franco Rapetti, percusión. Ensamble de cámara y ensamble sinfónico. Diseño de sonido: Pichón Dal Pont.

El fuerte aplauso con el cual fue recibido Osvaldo Golijov, antes de que sonara música alguna, fue el presagio de que ésta iba a ser una presentación muy especial. La sala colmada del Centro Cultural Kirchner con un público expectante, la interpretación en vivo de dos obras desconocidas en nuestro país, el excelente grupo musical reunido, pero sobre todo la visita del consagrado compositor platense, radicado en Estados Unidos hace ya varias décadas, fueron algunos de los ingredientes para que el concierto fuera incomparable.

Al comienzo, Gustavo Mozzi, director del Centro Cultural, explicó que la idea de interpretar en vivo Ayre apareció en 2014, luego de haber presentado en la Usina del Arte —del cual era responsable artístico en aquel entonces— el Mahagonny Songspiel con puesta de Marcelo Lombardero. Buscaban con la directora musical de ese espectáculo, Annunziata Tomaro, una obra que pudiera impactar como lo había hecho la de Bertold Brecht y Kurt Weill. Más allá de habérsela anunciado para ser interpretada al año siguiente, los tiempos y elementos para que se interpretaran se dieron recién este año, incluso se convocó al propio compositor para que venga a la Argentina, sugiriera intérpretes —más otra obra, Azul, para que completara el programa— y supervise los ensayos.

Antes de las interpretaciones, Golijov fue contando cómo se originaron cada una de las obras, utilizando la metáfora del “viaje” para explicar el porqué de la paleta sonora elegida. Ayre (2004), escrita para complementar un programa en el que estaban las Folk Songs (1964) de Luciano Berio, vendría a ser una serie de canciones en diferentes idiomas que muestran un “viaje por el Mediterráneo, desde España a la Jerusalén celestial”, en tanto que Azul (2004) sería más bien un viaje cósmico con “música aérea” (sic), aunque evocando otra vez a esa ciudad de Israel, “una de mis obsesiones”, dijo.

Miriam Khalil, junto al ensamble de cámara dirigido por Annunziata Tomaro, en Ayre, Centro Cultural Kirchner, 2017

El ingreso de la soprano líbano-canadiense Miriam Khalil al escenario fue impactante por su colorida vestimenta, movimientos hieráticos y presencia escénica. Con los brazos extendidos en el aire y los ojos bien abiertos, esperó a que el fuerte aplauso que la recibió cesara para así comenzar a cantar “Mañanita era, mañanita de San Juan”, la primera canción de Ayre. Quizá la primera impresión fue la de una falta de balance sonoro entre la voz y los instrumentos —muy en primer plano el rasguido de la guitarra y el arpa, junto a las pequeñas frases del clarinete y el acordeón—, pero con el transcurrir de la canción —y más allá de alguna desprolijidad de acople en otra de las canciones— todo se fue acomodando con el diseño de sonido. Es que la amplificación de las fuentes sonoras y su manipulación son características de la estética de Golijov, presentando un bloque de sonido macizo que, tal vez en el contacto en vivo de un concierto, le da una frialdad que uno no llega a vislumbrar al escuchar sus obras en las grabaciones.

La partitura —concebida para la soprano Dawn Upshaw, musa inspiradora de varias obras de Golijov— presenta un reto para toda cantante que se atreva a interpretarla porque debe abordar diferentes tipos de canto y técnicas. Tal es la complejidad de su escritura que el autor da la opción de desdoblar en dos tipos de cantantes si no hubiera una artista versátil. Aquí Khalil —muy bien complementada por el virtuoso grupo instrumental dirigido con gesto preciso por Annunziata Tomaro— fue explorando los diferentes vericuetos de la obra de manera excepcional, pasando desde la bella línea lírica en “Una madre comió asado” o “Nani” al recitado de sonido nasal en “Tancas serradas a muru” o el estilo de canto árabe silabeado en “Wa habibi”.

En ese sentido fue súper estimulante la interpretación de la anteúltima canción “Yah, Anna Emtzacha”, donde la voz es procesada en vivo y logra superponer en diferentes capas esos tipos de canto disímiles. En la vocalización en “Nani”, por ejemplo, la cantante logró una expresividad tal que en cada repetición se iba haciendo aún más dramática, el mismo tono con el cual se fue tornando la sencilla melodía danzable de la canción final, “Ariadna en su laberinto”. La sutileza en cómo fueron desapareciendo el tono grave de la voz, la percusión colorida, el punteo del contrabajo y el suave toque del violín en esta canción hizo que fuera una conclusión impactante, y que originó una fuerte ovación para todos los intérpretes.

Miriam Khalil en Ayre, Centro Cultural Kirchner, 2017

La masa de las cuerdas y el hiper-acordéon —es decir, un acordeón que es procesado electrónicamente en vivo y que tiene una tabla con diferentes efectos— y los pequeños efectos de la percusión fueron el colchón sonoro para que una expresiva melodía surgiera de manera calma e intensa en el bello violoncello de Eduardo Vasallo en el comienzo de Azul, la obra que completó el programa de este concierto. Escrita para Yo-Yo Ma y la Orquesta Sinfónica de Boston, este concierto para cello solista, grupo obligato y orquesta toma como base otra obra de Golijov, Tenebrae (2002) para soprano, clarinete y cuarteto de cuerdas. Dicha obra —que cuenta con una versión más conocida para cuarteto de cuerdas solo, grabada por el Kronos Quartet— se basa en melismas tomados de la tercera de las Leçons de ténèbres (1714) de François Couperin usados como loops.

Aquí otra característica de la estética de Golijov: tomar obras propias para generar nuevas y elementos musicales de otros compositores como puntapié de su escritura, un método intertextual que muchas veces es tomado con controversia en ámbitos musicales que tienen la concepción de originalidad como máxima. No es el espacio aquí para desarrollar en demasía las disquisiciones sobre este tipo de procedimientos valederos tanto en la música de nuestro tiempo como en los compositores de siglos pasados, pero la producción de Golijov, más allá de las fuentes y cruzas musicales, se distingue por su contundencia sonora.

La actuación de Vasallo fue impecable, dándole el carácter que le imponía cada episodio de las cuatro secciones de la obra, tanto en las partes más líricas del comienzo “Paz sulfúrica” y de la sección final “Yrushalem”, como también en el motivo ensimismado y virtuoso de la tercera sección “Transit”, muy bien acoplado con el grupo obligato conformado por el hiper-acordeón de Michael Ward-Bergeman y los dos percusionistas Florencia Barrientos y Franco Rapetti. Vale la pena destacar la impresionante labor de Ward-Bergeman en otras secciones, no sólo realizando los contracantos del cello —eso que hacía el clarinete con la soprano en Tenebrae— sino generando unos contundentes efectos ambientales, sonando tanto como un majestuoso órgano o como una caja de inquietantes sonidos electrónicos.

Eduardo Vasallo, Annunziata Tomaro y Michael Ward-Bergeman, junto al ensamble orquestal, en Azul, Centro Cultural Kirchner, 2017 

El grupo orquestal conformado para este concierto se ensambló ajustadamente a estos solistas, bajo la atenta mirada de Annunziata Tomaro, y también se lució cuando tuvieron partes destacadas. El solo de corno al comienzo de la última sección, por ejemplo, estuvo brillante y emocionalmente contenido, volviendo a exponer el tema, y en ese tono fue cómo lo tomó Vasallo para avanzar hacia el final, sin dudas uno de los clímax más bellos de toda la partitura, que se disolvieron en unos sutiles glissandi del solista mientras dejaba de resonar la parafernalia orquestal y electrónica.

Los aplausos volvieron a sonar tan fuertes o más que al comienzo del concierto, mostrando esa fascinación que las obras de Osvaldo Golijov generan en el público. Ya había pasado tanto en 2010 con el estreno sudamericano de su hasta ahora única ópera, Ainadamar, en el Teatro Argentino de La Plata, como en 2012 con su oratorio La pasión según San Marcos en el Teatro Colón. Esta vez, gracias a los excelentes intérpretes convocados por el Centro Cultural Kirchner, los estrenos nacionales de Ayre y Azul volvieron a renovar esa atracción que produce el lenguaje accesible y directo de este compositor tan criticado como admirado, que viajó para tomar contacto con el público de su país.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Julio 2017

Imágenes gentileza Centro Cultural Kirchner / Fotografías de Fede Kaplun
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Publicado el 29/07/2017
     
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