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“Le nozze di Figaro” en Chile : El mundo compartido
Con una fluida y ágil dirección musical de Attilio Cremonesi subió a escena la ópera de Mozart. Dos elencos dieron vida a la puesta de Pierre Constant, con un satisfactorio resultado. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

ZhengZhong Zhou (Conde), Nadine Koutcher (Condesa) y Angela Vallone (Susanna)
en el segundo acto de Le nozze di Figaro, Municipal de Santiago, 2017

LE NOZZE DI FIGARO, ópera en cuatro actos de Wolfgang Amadeus Mozart. Funciones del viernes 16 (elenco internacional) y martes 20 (elenco estelar)* de junio de 2017, en el Municipal de Santiago, Ópera Nacional de Chile. Dirección musical: Attilio Cremonesi. Dirección de escena: Pierre Constant. Colaboración artística: Grégory Voillemet. Escenografía: Roberto Platé. Vestuario: Jacques Schmidt y Emmanuel Peduzzi. Iluminación: Jacques Rouveyrollis, realizada por Christophe Naillet. Movimientos coreográficos: Béatrice Massin. Reparto: Nadine Koutcher / Paulina González* (Condesa de Almaviva), Angela Vallone / Patricia Cifuentes* (Susanna), Maite Beaumont / Marcela González* (Cherubino), Paola Rodríguez / Andrea Aguilar* (Marcellina), Regina Sandoval / Annya Pinto* (Barbarina), ZhengZhong Zhou / Patricio Sabaté* (Conde de Almaviva), Igor Onishchenko / Javier Weibel* (Fígaro), Sergio Gallardo / Rodrigo Navarrete* (Don Bartolo), Gonzalo Araya / Francisco Huerta* (Don Basilio), Jaime Mondaca / Matías Moncada* (Antonio), Víctor Escudero / Exequiel Sánchez* (Don Curzio). Coro del Municipal de Santiago, director: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

En alguna función de la Novena de Beethoven, en lo alto del teatro, un joven decidió retirarse por lo malo de la interpretación. Detrás de él se encontraba el reputado director Erich Kleiber, que con toda honestidad le dijo: “Uno siempre puede aprender algo de la Novena”. Las óperas de Wolfgang Amadeus Mozart representan un hermoso ramillete del que siempre podemos sacar algo nuevo en limpio. Son, por lo mismo, siempre recompensantes, y su continua revisitación no deja de ser instructiva.

Le nozze di Figaro, al igual que otras cuatro óperas de Mozart, fueron patrimonio de Michael Hampe entre los años 1999 a 2008 en el Municipal de Santiago. El enfoque de Hampe incluía una estética clásica, rectilínea y despojada, que abandonaba a los cantantes en un escenario sobre el que muchas veces no pasaba absolutamente nada. Si la consistencia es un mérito, hay que reconocerle a Hampe el haber brindado una trilogía Da Ponte particularmente homogénea. A contar de este año el Municipal decidió comenzar a ofrecer una nueva trilogía, importando el espectáculo que hace más de dos décadas Pierre Constant ideara para el Atelier Lyrique de Tourcoing, una trilogía que en esa ocasión estuvo en las manos musicales de Jean-Claude Malgoire con instrumentos históricos y decisiones editoriales no del todo pacíficas. Figaro es así el primer contacto que tenemos con esta nueva trilogía, y el cambio no es tanto de perspectiva, sino de énfasis.

Uno de los elementos más llamativos de este Figaro fue el intenso nivel de las marcaciones para los solistas: prácticamente no hay momento en que el espectador pueda descansar su atención. Esto justifica la escenografía de Roberto Platé, que a primera vista parece espartana, pero que a la larga opera como un gran lienzo sobre el que los cantantes proyectan sus personajes (o también “una especie de violín para las voces”, en palabras de Platé). Solo un par de sillones, mesas y una notoria cabeza de ciervo proveen algo de contraste, junto con una iluminación que sugiere el transcurso de todo un día. Esa unidad de tiempo quedó replicada además en la interpretación que Attilio Cremonesi hizo de la partitura, utilizando tiempos extraordinariamente ágiles para toda la obra. La folle journée que da título a la obra de Beaumarchais quedó así retratada tanto en la escena como en el foso.

Javier Weibel (Fígaro), Paulina González (Condesa de Almaviva), Patricia Cifuentes (Susanna), Andrea Aguilar (Marcellina) y Rodrigo Navarrete (Don Bartolo) en el segundo acto de Le nozze di Figaro, Municipal de Santiago, 2017

Fueron los tempi elegidos por Cremonesi el segundo elemento más llamativo de esta producción. Ciertamente hay pasajes que se vieron beneficiados, en particular los finales que fluyeron con un espíritu ebulleciente, pero el tratamiento parejamente veloz de toda la partitura no resultó siempre feliz, en particular en aquellos momentos solistas donde las voces parecen reclamar mayor presencia. La Filarmónica de Santiago respondió con enorme profesionalismo a estas exigencias, impulsada por una batuta que supo insuflarle energía hasta el último acorde. En esto hay que reconocer que el desempeño de la orquesta es indisociable de la convicción con que Cremonesi dirigió al conjunto.

Dos elencos alternaron en las seis funciones, con un muy buen resultado. La Condesa de Nadine Koutcher fue una elección interesante, teniendo en cuenta que la hemos visto siempre en repertorio italiano belcantista (I puritani y Tancredi). Esa herencia se nota, marcando al personaje con un halo de extrañeza, como si al igual que Koutcher estuviera en un terreno nuevo. Presentada por Constant como una mujer deprimida, la Condesa de Koutcher fue ciertamente introspectiva, logrando un “Dove sono” más bien controlado. Distinta fue Paulina González, mucho más sensual y dada al despertar erótico en el transcurso del segundo acto. González fue una Condesa que respondió mejor a la interacción con sus colegas, al mismo tiempo que ofreció una lectura correctísima de sus dos números solistas.

Angela Vallone es una soprano de hermoso timbre, que sin embargo brilló bastante poco como Susanna. Su lectura fue siempre correcta, aunque fría y poco espontánea. Un contraste ciertamente con la lectura que Patricia Cifuentes hizo del papel, dueña del escenario cada vez que su personaje lo tocaba. Lo de Cifuentes es una interpretación magnética, no adorable, pues en su impertinencia hay un elemento casi agresivo. Y esto hay que agradecerlo, pues lo que hizo Cifuentes fue ofrecer no un personaje, sino una persona. Hermosa voz, llena de matices para “Venite, inginocchiatevi”, donde el intercambio con las maderas de la orquesta estuvo perfectamente integrado; negocia además muy bien las exigencias en “Deh vieni”, donde el descenso al grave transmite con elocuencia el ambiente nocturno del acto final.

ZhengZhong Zhou (Conde), Regina Sandoval (Barbarina), Angela Vallone (Susanna) y Nadine Koutcher (Condesa),
junto al Coro del Municipal de Santiago, en el tercer acto de Le nozze di Figaro, 2017

Maité Beaumont y Marcela González fueron dos Cherubinos encantadores, algo perjudicados por el tiempo excesivamente veloz que se le imprimió a sus dos arias. La voz de Beaumont es de una calidez seductora, que sin embargo es siempre reconociblemente femenina; González en cambio tiene un timbre ligeramente andrógino que explotó con gran interés en sus sucesivos encuentros con las mujeres de la obra. González, además, optó por descubrirse completamente el torso (de espalda al público) en el acto segundo, un gesto que agrega verosimilitud a la escena de cambio de vestiduras. Pese a no tener arias, las Marcellinas de Paola Rodríguez y Andrea Aguilar supieron equilibrar los aspectos antipático y maternal del personaje en sus intervenciones.

El elenco masculino estuvo encabezado por los Fígaros de Igor Onishchenko y Javier Weibel, con mejores resultados para Weibel que unió a su bien proyectada voz una encantadora capacidad actoral. Algo semejante ocurrió con los dos Condes de ZhengZhong Zhou y Patricio Sabaté, este último de mayor presencia escénica. Es probable que el resultado habría sido mejor si las duplas de Fígaros y Condes se hubiesen intercambiado, a efectos de provocar un mayor contraste de personalidades. Zhou ofreció una enérgica lectura de su aria del acto tercero, aquí presentada como un aria de salida, debido al cambio de orden de escenas de dicho acto que hoy ya es bastante habitual.

Sergio Gallardo y Rodrigo Navarrete adoptaron un enfoque bufo para sus Bartolos, de grandes gestos en “La vendetta”, que sin embargo no logró romper el hielo en las dos funciones aquí comentadas, bastante frías antes del intermedio. Los Basilios de Gonzalo Araya y Francisco Huerta se decantaron derechamente por el aspecto más insoportable del personaje.

Escena final de Le nozze di Figaro, Municipal de Santiago, 2017

Este fue un Figaro de hermoso equilibrio. El desafío de la puesta de Constant fue asumido mejor, eso sí, por el denominado “elenco estelar”. Hubo algo particularmente íntimo en la forma en que esos solistas enfrentaron la ópera y se relacionaron unos con otros; de alguna manera, lo que expresó ese elenco fue la existencia de una familia artística dando vida a una familia (algo disfuncional) de personajes. Fue también una buena puerta de ingreso a la trilogía que, es de esperar, mantenga el fluido diálogo entre orquesta y escena aquí visto. Si Cremonesi continúa en las otras dos óperas, será interesante comprobar en qué medida esas tres óperas que configuran la colaboración de Lorenzo Da Ponte con Mozart pueden transmitir alguna idea conjunta. Esa idea, hasta aquí, parece ser la de un mundo compartido no tanto por siervos y amos, sino por individuos con deseos y frustraciones. No es casual que este haya sido un Figaro donde el contexto estuvo ausente y el enfrentamiento entre los personajes tuvo más que ver con la capacidad que cada uno tiene de movilizar al mundo a su alrededor. El triunfo de Fígaro no es tanto la revolución de una clase oprimida, como erróneamente podría leerse en el final, sino una suerte de confianza en sí mismo. La pregunta es si es posible disociar a tal grado la capacidad de generar acción (lo que incluye por cierto el autocontrol) del lugar que alguien ocupa socialmente. Constant parece creer que sí.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, julio de 2017

Imágenes gentileza Municipal de Santiago / Fotografías de Patricio Melo
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Publicado el 12/07/2017
     
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