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Nelson Goerner y la Orquesta Sinfónica Nacional en el Centro Cultural Kirchner : De amor y barbarie
El consagrado pianista argentino ofreció una poética versión del Concierto N° 2 de Chopin, en tanto que Günter Neuhold dirigió una brillante interpretación de la Suite Escita de Prokofiev. Por Alejandro Mashad
 

Nelson Goerner, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Gunter Neuhold, Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner, 2017

ORQUESTA SINFÓNICA NACIONAL. Dirección: Günter Neuhold. Solista: Nelson Goerner, piano. Concierto del viernes 30 de junio de 2017 en la Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner, en el marco del Ciclo de Solistas Internacionales de la OSN. Chopin: Concierto para piano y orquesta N° 2 en Fa menor, Op. 21. Tchaikovsky: Romeo y Julieta, obertura fantasía. Prokofiev: Suite Escita, “Ala y Lolli”, Op. 20.

“He encontrado mi ideal, a quien adoro sinceramente… Pero en los seis meses desde que la vi por primera vez no he intercambiado ni una sílaba con ella, con quien sueño cada noche. Ella estuvo en mi mente cuando compuse el segundo movimiento”. En esta carta, Frédéric Chopin le confiesa a un amigo sus sentimientos apasionados por Constantia Gladkowska, una joven cantante que fue su inspiración para la composición del Concierto N° 2 en Fa menor. A pesar de que no hubo romance entre Constantia y Frédéric, creo personalmente que si ella hubiese escuchado la maravilla que escribió Chopin bajo su hechizo, hubiese terminado a los pies del compositor… Chopin tuvo durante toda su vida un afecto especial por esta obra, admirada además por otros músicos de la época como Franz Liszt.

Este concierto para piano, al igual que el N° 1 en Mi menor, son obras de una juventud ardorosa, repleta de ideas y cambios —¡Chopin tenía diecinueve cuando escribió ambos el mismo año!—, y son ejemplos del genio de alguien que puede acercarse a un formato complejo como el del concierto para piano y orquesta, y producir dos obras maestras. Si bien nuestra visión más representativa de Chopin es la del final de su corta vida —aquel frenchman híper sensible y frágil, superstar de la época casado con la varonil escritora George Sand—, el creador de este concierto es un polaco vivaz y precoz, con la originalidad típica de un autodidacta, que ya muestra los signos de lo que vendría: la redefinición y extensión del potencial expresivo, armónico y colorístico del piano.

Si bien su estilo de composición fue único desde el principio, tuvo claras influencias belcantistas (Bellini especialmente) que impactaron en la reinvención del piano como un instrumento “que canta”, con la suavidad, curvatura y contraste dramático de las arias de ópera. A esto se le suman las influencias de los aires musicales polacos, especialmente la Mazurka, y la menos mencionada, pero no menos importante, influencia de Bach, a quien Chopin admiraba profundamente, especialmente por la claridad de su escritura contrapuntística. Estas características ya se avizoran en el Concierto en Fa menor, que fue abordado aquí por Nelson Goerner con maestría, con conocimiento profundo del compositor y en posesión de los recursos técnicos y expresivos que una obra de esta envergadura requiere. Goerner es un especialista en la música de Chopin, y si bien no es un pianista excepcionalmente poderoso, sus lecturas son profundas y poéticas.

Nelson Goerner, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner, 2017

El primer movimiento está escrito en la forma usual para la época de doble tema. Abre con una larga exposición de la orquesta, a la que la Sinfónica Nacional dirigida por Günter Neuhold, atacó en forma correcta. Una vez que el piano entra, la orquesta se retrae y es el solista el que lleva el discurso musical durante todo el movimiento. Fue la interpretación de Goerner la que hizo que el primer número tuviese el brillo, el ardor juvenil y la luminosidad que pide el autor. El centro de gravedad del concierto es el “Larghetto”, y fue en este movimiento donde el pianista sampedrino descolló: con legatos profundos, un fraseo de intenso lirismo y sutilezas conmovedoras dosificó sus pasiones para transmitir el amor que inspiró a Chopin en su escritura. El rondó final, con referencias inconfundibles a la música folclórica polaca, es el epítome de la gracia (semplice ma graziosamente y Allegro vivace). Fue abordado por el intérprete argentino evitando cualquier tipo de exhibicionismo y drama, utilizando cuidadamente los rubatos y dando a la obra un cierre fresco y brillante.

Luego de una merecida ovación, interpretó fuera de programa otra obra del músico polaco: el Nocturno en Fa sostenido menor, Op. 48 N° 2. El misterio y la profundidad de una interpretación magistral fueron recibidos con el silencio completo de un público extasiado. “Que cuando se vaya la gente de la sala, tenga la sensación de que han tenido un diálogo personal, íntimo con el artista”, dijo Goerner en una entrevista. Y fue precisamente esa la sensación que quedó flotando en la Sala Sinfónica del CCK luego de los aplausos.  

Sinfonismo ruso

El resto del programa estuvo totalmente a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional con resultado dispar. Primero fue Romeo y Julieta de Piotr Ilitch Tchaikovsky, en quien siempre resonaron las historias de amores condenados. Cuando el compositor ruso aceptó la sugerencia de Mili Balákirev —alma mater del Grupo de los Cinco— de escribir una obra sobre la tragedia, estaba profundamente enamorado de Eduard Zak, el primo de quince años de uno de sus estudiantes. Zak se suicidó varios años después. “Lo recuerdo claramente: el sonido de su voz, sus movimientos, pero especialmente la maravillosa expresión de su cara a veces. No puedo concebir que no esté más… Me da la impresión de que nunca he amado a nadie tan intensamente como a él”, escribió Tchaikovsky en su diario luego del suicidio.

Gunter Neuhold, dirigiendo a la Orquesta Sinfónica Nacional, Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner, 2017

El genio de Shakespeare y el del músico, sumados a su tortuosa vida personal, colisionan para producir la primera verdadera obra maestra del joven compositor ruso: veinte minutos de música tremendamente dramática y dolorosamente bella. Fue estrenada en 1870, y revisada por el autor dos veces. La versión que conocemos hoy es la de 1886. Tchaikovsky extrae en su poema sinfónico la esencia de la tragedia shakespeareana y la expande, como el aroma de un perfume, en una pasional confrontación de temas. Es una visión abstracta en la que se entrelazan los temas de Fray Lorenzo (el personaje por cuyas buenas intenciones se desata de la tragedia) con el que empieza la obra, el del odio cerval entre los Montescos y Capuletos (representado por el duelo brutal entre contrabajos y los vientos), y el tercero y más conocido (en verdad una de las melodías más maravillosas de todos los tiempos), el tema de amor de Romeo y Julieta.

La Sinfónica tuvo su punto más débil en la interpretación de esta obra: primó el trazo grueso, sin la pasión necesaria en los clímax y una falta de atención al detalle y a las sutilezas tchaikovskianas. Además, cierto desbalance entre grupos sonoros —fue llamativa la falta de intensidad de los cellos y a veces los violines frente a los bronces por ejemplo— no ayudó a un resultado satisfactorio en la interpretación de esta obra maestra. Esta vez Eros no dijo presente.

El concierto terminó con una obra no tan frecuentada: la Suite Escita, Op. 20 de Sergei Prokofiev. El origen de la suite se remite a un encargo que en 1914 Sergei Diaghilev —empresario famoso en París y creador de los Ballets Russes— le hace al enfant terrible de la música rusa del momento: un ballet “bárbaro” en su tema y en su música, deseando quizás acercarse al tremendo y escandaloso éxito de La consagración de primavera de Igor Stravinsky un año antes. El tema se centra en una tribu prehistórica de bárbaros, los escitas, conocidos por beber sangre y otras prácticas similares, y el conflicto entre la luz, personificada por el dios sol Veles, y la oscuridad, representada por Chuzbog, un monstruo equivalente a Kastchei en El pájaro de fuego de Stravinsky. Además están Ala, una ninfa de los bosques prisionera del monstruo, y el valiente guerrero Lolli, que la rescata.

Gunter Neuhold, dirigiendo a la Orquesta Sinfónica Nacional, Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner, 2017

Prokofiev compuso el ballet y lo presentó en una versión de piano a Diaghilev, quien lo rechazó, por lo que el compositor —que rara vez descartaba música compuesta por él—, lo transformó en una suite de cuatro movimientos. El estreno de esta maravillosa “música bárbara”, dirigido por un joven Prokofiev de veintitrés años, escandalizó y maravilló al mismo tiempo a la audiencia en el Mariinsky en 1916. Quien escribe —amante furioso de la música del compositor—, cree que está al nivel de las obras maestras stravinskianas de la época. Prokofiev se distingue en la historia de la música por una rara y equilibrada utilización de humor, lirismo (era un melodista consagrado) y lo bárbaro, a través de una rítmica y armonía complejas más una orquestación audaz. La suite combina todos estos elementos, resultando una obra agresivamente bella. Prokofiev requiere, a través de una orquestación magistral, un conjunto de envergadura para la suite, incluyendo gran cantidad de bronces (por ejemplo pide cuatro trombones y cinco trompetas), percusión completa (campanas, xilofón, etc.), dos arpas, dos pianos y celesta.

Los diferentes conjuntos orquestales de la Orquesta Sinfónica Nacional se lucieron cada uno y en el ensamble, recuperando a través de una ejecución luminosa y vital el terreno perdido en la obra anterior. Las texturas típicas de Prokofiev y los angustiosos chillidos del inicio brillaron en la “Invocación de Veles y Ala”, en tanto que en “El dios malvado y la danza del monstruo pagano” la música exudó, a través de sus ritmos insistentes, la lava amenazante de los infiernos volcánicos y el filo de una espada que mata. En “Noche”, la orquesta consiguió la poesía y el misterio que uno esperaba. El final, “La gloriosa partida de Lolli y el cortejo del Sol”, sonó atlético y vital, quedando la gran sala del CCK completa de música con el fortissimo del tutti con el que termina la obra.

Amor y barbarie, una combinación interesante en la música y en la vida, se dieron cita en este concierto de brillantes luces y algunas sombras. Valió la pena.

Alejandro Mashad
Junio 2017

Para agendar
La temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional continuará en la Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner el viernes 7 de julio, bajo la dirección de Carlos Vieu y la participación solista del barítono Víctor Torres y Ángel Frette en marimba. Interpretarán el Concierto campestre, suite según el cuadro de Giorgione, de Washington Castro, el Concierto para marimba y orquesta de Irma Urteaga y el oratorio El festín de Baltazar de William Walton, que contará con la participación del Coro Polifónico Nacional, dirigido por Ariel Alonso. En las vacaciones de invierno también ofrecerá tres funciones de La historia de Babar, el elefantito, obra para narrador y orquesta de Francis Poulenc, el miércoles 12, el viernes 14 y el domingo 16 de julio. Ezequiel Silberstein dirigirá la orquesta y el actor Osqui Gusmán será el narrador.
Más info: www.cck.gob.ar

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Publicado el 08/07/2017
     
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