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“La prohibición de amar” en el Teatro Colón : De cuando Wagner era antigermánico
La segunda ópera compuesta por Richard Wagner tuvo su estreno argentino con una dirección musical equilibrada y una puesta escénica que intentó con relativo éxito revitalizar la comicidad algo anodina de esta obra de juventud. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del primer acto de La prohibición de amar, Teatro Colón, 2017

LA PROHIBICIÓN DE AMAR (Das Liebesverbot), gran ópera cómica en dos actos de Richard Wagner. Estreno argentino. Nueva producción del Teatro Real de Madrid en coproducción con el Teatro Colón y la Royal Opera House. Funciones del viernes 28 y sábado 29* de abril de 2017 en el Teatro Colón. Dirección musical: Oliver von Dohnanyi. Dirección escénica: Kasper Holten. Repositora de escena: Barbara Lluch. Escenografía y vestuario: Steffen Aarfing. Iluminación: Bruno Poet. Proyecciones: Luke Halls. Coreografía: Signe Fabricius. Elenco: Lise Davidsen / Jaquelina Livieri* (Isabella), Marisú Pavón / Vanesa Aguado Benítez* (Mariana), María Hinojosa / Mónica Ferracani* (Dorella), Peter Lodahl / Pablo Pollitzer* (Luzio), Christian Hübner / Mariano Gladic* (Brighella), Hernán Iturralde / Gustavo Gibert* (Friedrich), Carlos Ullán / Iván Maier* (Claudio), Sergio Spina / Gabriel Centeno* (Antonio), Fernando Chalabe / Duilio Smiriglia* (Pontio Pilato), Norberto Marcos / Sebastián Sorarrain* (Angelo), Emiliano Bulacios / Alejandro Spies* (Danieli). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Martínez.

Las obras juveniles de un gran compositor siempre generan la irresistible tentación de buscar el germen de lo que más tarde se plasmaría como un estilo propio e inconfundible: hallar en el Nabucco verdiano indicios de las geniales escenas de Otello o Don Carlo, identificar en las primeras sinfonías de Joseph Haydn prolegómenos de la compleja y ambiciosa arquitectura de sus sinfonías londinenses, encontrar —en fin— en las tres primeras óperas de Richard Wagner, el embrión de sus leitmotive, de su Gesamkunstwerk (obra de arte total).

¿Qué era Gioachino Rossini antes de convertirse en el precursor del belcanto? Un joven admirador de Mozart, Haydn y Cimarosa. ¿El joven Mendelssohn? Un apasionado de la música de Bach y Weber. ¿Y Wagner a los veintidós años, cuando compuso La prohibición de amar? Un defensor de la música de Vincenzo Bellini que seguía con atención las innovaciones de la Grand Opéra francesa, especialmente del italianizante Daniel François Auber. Hay —para decepción de algunos, alegría de otros y sorpresa de muchos— más ecos del Fidelio beethoveniano que de Sigfrido en esta segunda ópera de Wagner.
 
El interés de exhumar óperas juveniles de cualquier compositor importante, en las que se combinan —en distintas proporciones— la inexperiencia teatral, la ansiedad por trascender, los libretos impuestos y otros condicionamientos empresariales, se centra indudablemente en el aspecto musical y sólo una visión escénica inspirada y creativa justifica el esfuerzo de una producción, por lo que con frecuencia se suele recurrir a la versión de concierto. El Teatro Colón asumió una coproducción con los teatros de ópera de Londres y de Madrid para recuperar del olvido esta obra, más conocida por grabaciones y libros que por experimentarla en vivo. ¿Valió la pena? La respuesta es compleja: el estreno local de la obra de un compositor como Wagner siempre es algo que vale la pena; ahora bien, que esta producción haya justificado el esfuerzo —humano y económico— de ponerla en escena es algo más discutible.

Lise Davidsen (Isabella) y Hernán Iturralde (Friederich) en el
primer acto de La prohibición de amar, Teatro Colón, 2017

Richard Wagner no siempre fue ese germanófilo que se puso al hombro la menuda tarea de refundar el arte alemán, regresando a su esencia y prescindiendo de todo elemento extranjerizante. El joven ambicioso y comprometido de veintidós años que era en 1836, vehiculizó, en su segunda obra teatral, una crítica a la moral burguesa y la hipocresía germanas —representada en Friedrich, el severo gobernador alemán (sic) de Sicilia que oculta pasiones que públicamente censura—, mientras exalta la libertad y el sensualismo, representados en los jóvenes y alegres italianos.

Una comedia sentimental anti germánica, basada en Medida por medida de Shakespeare y situada en Italia, con estereotipos humanos bastante ramplones y una buena cantidad de escenas concertantes de considerable dificultad es el material que la dirección musical y escénica deben revitalizar y dotar de interés en una puesta contemporánea. El régisseur danés Kasper Holten se mantuvo en el registro de la ópera bufa tradicional y consiguió algunos momentos de interés como la exacerbada y caricaturesca lujuria del malvado Friedrich que contó, además, en ambos elencos, con cantantes-actores de gran talento como Hernán Iturralde y Gustavo Gibert. La escenografía ideada por Steffen Arfing era ingeniosa, como los cubículos que se deslizaban lateralmente marcando algunos cambios de escena, pero en general terminaba siendo monótona. El vestuario, también diseñado por Arfing, ayudaba a acentuar los estereotipos.

Con un planteo escénico simpático pero naif el interés recayó en el aspecto musical. El eslovaco Oliver von Dohnanyi extrajo todo el potencial dramático de la partitura wagneriana que, con pocos momentos solistas, es una sucesión de duetos, tercetos y escenas concertantes de no poca dificultad. Tal es la complejidad de algunas, que la falta de ensayos en el estreno de la ópera en 1836 derivó en un rotundo fracaso; este traspié la sepultó en el olvido hasta su exhumación en el siglo XX.
 
Del elenco femenino sobresalieron las Isabellas de Lise Davidsen —voz deslumbrante e incandescente— y de Jaquelina Livieri —humana y encantadora—, y las Marianas de Marisú Pavón y Vanesa Aguado Benítez, ambas perfectas. En el elenco masculino se destacó Hernán Iturralde con un Friedrich extraordinario vocal y actoralmente, mientras que los tenores Peter Lodahl e Iván Maier y el barítono Mariano Gladic aportaron buenas interpretaciones. El resto del elenco cumplió con corrección.

Escena del segundo acto de La prohibición de amar, Teatro Colón, 2017

En síntesis, ciento ochenta y un años después de su fallido nacimiento en Magdeburgo, el Teatro Colón ofreció el estreno argentino de la segunda ópera de Wagner —un “pecado de juventud”, como él mismo la denominaba— con una puesta escénica que consiguió extraer algunas sonrisas sin levantar vuelo de una inofensiva candidez y un planteo musical que hizo justicia a los momentos iniciáticos del genial compositor alemán.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Mayo 2017

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 10/05/2017
     
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