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Bruno Gelber : El escenario como lugar de afirmación
En conversación con TIEMPO DE MÚSICA, el destacado intérprete recorre los tramos más trascendentes de su notable carrera, desde los inicios en la música, la etapa formativa junto a su madre y al maestro Scaramuzza, y su visión sobre el quehacer artístico. Por Javier Villa
 

La estelaridad es una cualidad que pocos artistas notorios han sabido conquistar a lo largo de su trayecto en el arte. A menudo la mirada sobre quienes han descollado en una actividad, enfatiza más el talento innato, las condiciones, pero soslaya de alguna manera el inmenso trabajo puesto al servicio de una vocación, que casi siempre incluye a otras personas, ya sea desde el plano afectivo, el ámbito de la formación y también el aspecto profesional.

El nombre de Bruno Gelber no sólo remite a uno de los más grandes pianistas de las últimas décadas, sino también a una de personas que más ha jerarquizado al arte de la interpretación, considerando a los requerimientos que exige el compositor en la partitura, pero también dejando una huella personal inconfundible.

Su historia personal nos remite en principio —e indudablemente— a la figura de su madre, la maestra Ana Tosi de Gelber, con la cual inició su formación en el instrumento a muy temprana edad.

1. El comienzo

Habiendo crecido en una casa con una marcada presencia musical y dada su temprana vocación en la música, ¿el juego estuvo presente en sus inicios con el piano?
Mirá, no sé si se le puede llamar juego. Desde los dos años tenía “mamitis aguda” y además de estar a su lado, entre alumno y alumno, yo con un dedo repetía las melodías que escuchaba. Le pedía que me diera clases, lloraba, pataleaba. A los tres años y medio comienza a enseñarme a escondidas de mi padre. Esas clases las bebía como un elixir fantástico, aprendía de una manera excesivamente rápida. Lo curioso es que por naturaleza era muy expresivo. Yo soñaba —un poco cursi— con el Vals N° 9, el “Vals del adiós” de Chopin, lógicamente los firuletes esos me costaban, pero tenía facilidad para la expresión; y mi madre que era muy consciente de todo lo que se necesitaba para ser un solista internacional, quiso ver cómo me mantenía delante del público. Me hizo tocar en un concierto de una profesora colega suya en Quilmes. Fue la primera vez que yo salí a un escenario y nunca salí tan tranquilo, tan seguro, tan firme, tan feliz. Toqué perfecto. Ella estaba “chocha”. Recuerdo el colectivo que tomamos desde Belgrano a Constitución, cómo estaba vestida mi mamá y que no me senté en el colectivo para no marcar el pantalón.

Aquella primera presentación no sólo reveló el notorio talento del niño Bruno, sino también la agudeza pedagógica con que se manejaría su mamá Anita a lo largo de toda su carrera. La significativa presencia musical no sólo estaba dada por parte de su madre sino también de su padre.

“Papá había entrado a la orquesta del Teatro Colón y me llevaba porque yo tenía (y tengo) oído absoluto. Si bien no quería que fuera músico, su posición era un tanto ambigua”, recuerda Bruno. “Solía llevarme a los ensayos y me hacía probar el oído por todos los músicos con diferentes instrumentos. En casa vivía oyendo música, había reducciones para piano de todas las óperas, las sinfonías… yo me deleitaba. Cuando papá iba a tocar al Colón por ejemplo La traviata —que se transmitía por Radio Municipal—  yo seguía la partitura, porque leo música desde los cuatro años. Hete aquí que me dormía al tercer acto, así que papá al volver me apagaba la luz, sacaba la música y me arreglaba la cama. Era enternecedor para él”.

Ya desde el comienzo de sus presentaciones se advertía en Bruno Gelber una personalidad muy marcada, absolutamente consciente de cuál era el sentido que tenía para él tocar ante otros: “Yo estaba hecho para sorprender, no buscar el cumplido, sino mostrar quién era.”

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Publicado el 05/01/2017
     
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