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“Don Giovanni” en el Teatro Colón : La cruel carcajada final
Con la brillante dupla de Erwin Schrott y Simón Orfila, como el seductor y su sirviente, se presentó una nueva producción del clásico mozartiano en la temporada lírica del Colón. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del primer acto de Don Giovanni, Teatro Colón, 2016

DON GIOVANNI, ópera de Wolfgang Amadeus Mozart. Función del viernes 8 de abril de 2016 en el Teatro Colón. Dirección musical: Marc Piollet. Dirección escénica: Emilio Sagi. Escenografía: Daniel Blanco. Vestuario: Renata Schussheim. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Elenco: Erwin Schrott (Don Juan), Paula Almerares (Doña Ana), Jonathan Boyd (Don Octavio), Lucas Debevec Mayer (El Comendador), María Bayo (Doña Elvira), Simón Orfila (Leporello), Jaquelina Livieri (Zerlina), Mario De Salvo (Masetto). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Miguel Martínez.

Al abrir la partitura de Don Giovanni el lector se topa con una denominación un tanto extraña de lo que allí va a encontrarse: Wolfgang Amadeus Mozart define, tanto a Don Giovanni como a su siguiente ópera Così fan tutte, como “drama jocoso”. Ni melodrama, ni ópera bufa, ni tragedia lírica, ni ópera seria: ninguna de esas categorías tradicionales parecía servir para encuadrar aquello que, junto al libretista Lorenzo Da Ponte, había creado.

Analizando más de cerca se advierte que ninguna de las dos óperas termina con el clima festivo y reconciliatorio de la ópera bufa tradicional: Don Giovanni comienza con un asesinato y termina con otra muerte, Così fan tutte finaliza con una amarga sonrisa de compromiso luego de la revelación de la infidelidad. Incluso Le nozze di Figaro concluye con la misma forzada sonrisa de quien debe continuar aparentando, luego de descubrir una cruel verdad. Claro, en el medio hay cantidad de situaciones divertidas y ligeras propias de la comedia, pero siempre de fondo los bucólicos decorados pintados de la comedia burguesa del siglo XVII y XVIII se ven raídos y deshilachados. Todo ello hace a Ivan Nagel, estudioso de la obra mozartiana, decir que “Don Giovanni no es tanto la tragedia de Giovanni como la de la ópera bufa”, afirmando luego que “la tragedia de Don Giovanni, por su contenido y el tipo de argumento, abarca la ópera seria y la ópera bufa en una estrecha unión: en ella perecen ambas”.

Comprender esto es de vital importancia para abordar estas obras tanto musical como escénicamente, aunque en forma inevitable —y también esperable— cada producción subrayará un aspecto diferente y pondrá el acento sobre determinado matiz. Así se resignifica, cada vez, un material inagotable firmado por una de las colaboraciones más fructíferas en el terreno del teatro musical: la de Mozart y Da Ponte. El experimentado director escénico español Emilio Sagi hizo un planteo prolijo y dinámico a nivel escénico, aunque las marcaciones no siempre fueron acertadas, como por ejemplo la “persecución” de Doña Ana a Don Juan al comienzo de la ópera que, apenas caminando y con torpes forcejeos, lo que menos transmitía era la reacción de una mujer que acaba de ser violentada y un abusador que intenta escapar para no ser descubierto.

Simón Orfila (Leporello) y Erwin Schrott (Don Giovanni)
en el primer acto de Don Giovanni, Teatro Colón, 2016

La imponente escenografía de Daniel Blanco, de realización impecable, presentaba un gran marco con un telón semitraslúcido con el que Sagi jugó una de sus dos cartas principales en la puesta escénica, convirtiendo a Leporello en una especie de maestro de ceremonias que se encarga de correr el telón a mano al finalizar la ópera, quedando del lado de afuera. Otra idea interesante fue la inesperada reacción de las dos parejas (Ana-Octavio y Zerlina-Masetto) embadurnando al cuerpo sin vida de Don Juan que yace sobre la mesa con comida, una especie de banquete macabro, de burla cruel que termina con una carcajada de los cuatro. Hubiera sido más interesante incluso si dicha acción resignificara algo vislumbrado previamente en los personajes, si ese rasgo de crueldad hubiera estado anunciado de alguna manera. Sagi, en cierto modo, acerca Don Giovanni a las otras dos óperas del “ciclo Da Ponte” en las que el coro final muestra a todos los personajes conscientes de formar parte de una farsa en la que deben seguir cumpliendo sus roles, lo que, en definitiva, no tiene nada de divertido. El director escénico nos muestra aquí, antes de que Leporello corra el telón, la carcajada final de los personajes de un drama que, aparentemente, no había que tomarse demasiado en serio. Un drama… jocoso.

Marc Piollet mantuvo el necesario ritmo vertiginoso, tensionando el arco que desarrolla la partitura desde la obertura hasta el final, para lograr que nunca decaiga la atención del oyente. El punto más débil de la dirección musical fueron los momentos concertantes en los que los desfasajes a veces eran tan groseros que producían sobresalto. La Orquesta Estable del Teatro Colón mantuvo un excelente nivel, con las destacadas participaciones de César Bustamante en el clave y la decisiva parte solista de la mandolina en la serenata del acto segundo, a cargo de Juan Almada.

El equipo vocal de esta ópera requiere siete solistas con gran conocimiento del estilo mozartiano, algo que en esta oportunidad solo se logró en parte. La compenetración del Erwin Schrott con el rol de Don Juan es indiscutible. Si su Fígaro de hace tres años había resultado decepcionante, en esta oportunidad Schrott reivindicó sus credenciales como intérprete mozartiano, realizando un retrato del seductor impecable vocalmente. De lo único que debe cuidarse el bajo uruguayo es de la delgada línea que demarca la seguridad y confianza en un rol con la afectación: las “originalidades” en fraseo en la búsqueda de nuevos matices terminan a veces resultando un poco artificiales y empalagosas. A su lado, el espléndido Leporello de Simón Orfila no presentó fisuras. Si su Dulcamara del año pasado nos había parecido muy bueno, como el servitore de Don Juan tuvo un desempeño irreprochable: su emisión natural y su desenvoltura escénica fueron las ideales para el rol.

Jonathan Boyd (Don Octavio), Paula Almerares (Doña Ana), Jaquelina Livieri (Zerlina) y Mario De Salvo (Masetto),
frente a Erwin Schrott (Don Giovanni), en la escena final de Don Giovanni, Teatro Colón, 2016

La pareja noble, Doña Ana y Octavio, tuvo en Paula Almerares y Jonathan Boyd dos intérpretes adecuados. Almerares —cuya mayor fortaleza es el centro de su voz, lírico y esmaltado— fue una Ana más doliente que furiosa, aplomada en los pasajes dramáticos y con algunas inseguridades en el ataque de las notas agudas. El tenor Jonathan Boyd —un destacado Werther en la temporada 2007 del Teatro Colón— con buen estilo mozartiano logró con sus arias dos altos momentos en la velada. Escaso interés generó la Doña Elvira de María Bayo, con medios vocales insuficientes para la parte y un timbre francamente ingrato en la zona aguda de la voz.

Jaquelina Livieri, cómoda en el rol de Zerlina, desplegó con gracia y encanto una línea vocal y emisión impecables, permitiéndose jugar con la dualidad del personaje, entre inocente y sensual. Mario De Salvo hizo una buena interpretación del viril y juvenil Masetto y Lucas Debevec Mayer, que comenzó algo desdibujado en la escena del duelo, logró estremecer en el final, dándole a sus intervenciones —en la concepción de Sagi la estatua no aparece, sólo se oye la voz desde el más allá— un dramático efecto sobrenatural.

En suma, una versión disfrutable de este clásico entre los clásicos, sostenida en un abordaje musical estilísticamente muy prolijo, una imponente y refinada escenografía, y algunas interpretaciones muy destacables, como las de Erwin Schrott, Simon Orfila, Jaquelina Livieri y Jonathan Boyd.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Abril 2016

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 18/04/2016
     
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