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“Cavalleria rusticana” e “I pagliacci” en Santiago de Chile: Lo mismo, pero no mejor
Después de cinco años de ausencia, el Teatro Municipal programó las óperas de Pietro Mascagni y Ruggero Leoncavallo como pacífico y discreto cierre de temporada. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Procesión pascual de Cavalleria rusticana con Cellia Costea (Santuzza) de frente, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2015

CAVALLERIA RUSTICANA, ópera en un acto de Pietro Mascagni / I PAGLIACCI, drama en un prólogo y dos actos de Ruggero Leoncavallo. Función del sábado 7 de noviembre de 2015 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Konstantin Chudovsky. Dirección de escena: Fabio Sparvoli. Escenografía: Giorgio Ricchelli. Vestuario: Germán Droghetti. Iluminación: Ramón López. Elenco de Cavalleria rusticana: Cellia Costea (Santuzza), Gloria Rojas (Lola), Claudia Lepe (Mamma Lucia), Khachatur Badalyan (Turiddu), Roman Burdenko (Alfio). Elenco de I pagliacci: Paulina González (Nedda), Gustavo Porta (Canio), Mikeldi Atxalandabaso (Beppe), Roman Burdenko (Tonio), Alexey Lavrov (Silvio). Orquesta Filarmónica de Santiago. Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick.

¡Qué diferentes resultan hoy Cavalleria rusticana y Pagliacci! Tenidas en algún momento como dos hermanas mellizas, hoy percibimos dos estéticas bien distintas en las plumas de sus compositores. Mientras la ópera de Mascagni pinta un episodio campesino anclado en los ciclos vitales de la naturaleza, la ópera de Leoncavallo es un artefacto cultural de sabor pirandelliano. Mientras Mascagni cruza la propiciación de la primavera con el sacrificio crístico de su héroe, Leoncavallo desdobla a sus personajes y relativiza las distinciones entre realidad y ficción. Mascagni es un romántico, Leoncavallo un modernista. Y sin embargo, casi por fatalidad, permanecen unidas en un constante programa doble.

El Teatro Municipal montó con anterioridad esta dupla en la temporada 2010. Ese año, como un efecto del terremoto que azotó a buena parte del territorio chileno, se debieron reprogramar los primeros títulos en un teatro distinto, a la espera que el Municipal fuera reparado. El resultado fue bastante bueno. La puesta, se dijo entonces, debía acomodarse a las más modestas dimensiones del nuevo escenario. Dejando de lado el asunto del tamaño, lo cierto es que la producción dirigida por Favio Sparvoli es sustancialmente idéntica a la ya ofrecida años ha. Para Cavalleria, un opresivo muro semi derruido, de cuyo desplazamiento emerge una iglesia o gruta, y que también sirve de camuflaje para la entrada de Santuzza. Para I pagliacci, un carromato con un escenario portátil que trae el espectáculo de las ventitré ore a una población marginal. La dirección escénica la recordaba mejor marcada que ahora, o al menos mejor resuelta. ¿Es necesario que Turiddu se tome cuanta botella de vino hay sobre la mesa previo a su duelo con Alfio? ¿No podríamos ver más erotismo entre Nedda y Silvio, que, después de todo, cantan el único dúo de amor de la velada?

Cellia Costea (Santuzza) y Claudia Lepe (Mamma Lucia) en la escena final
de Cavalleria rusticana, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2015

Los conceptos de Sparvoli están unificados por una paleta de grises y colores tierra, un trabajo delicado en la cuidada iluminación de Ramón López. La escenografía de Giorgio Richelli es funcional a estas ideas, lo mismo que el vestuario de Germán Droghetti, oscuro para Cavalleria, y más colorinche para la troupe de cómicos en I pagliacci. La sensación de todas estas tintas es, eso sí, de apatía y desolación.

Cavalleria es una ópera con mejores oportunidades para las voces femeninas que I pagliacci. La rumana Cellia Costea encabezó el elenco de la primera, y estuvo lamentablemente al debe. Tiene una voz robusta, más de mezzo que de soprano, lo que se evidencia en agudos muy inseguros e inestables. La afinación es irregular y queda muy en evidencia en momentos de exposición frontal como su “Inneggiamo”. Poderosos efectos declamativos al cierre de su dúo con Turiddu no terminan por redimir su interpretación. La mezzo chilena Gloria Rojas, como Lola, mostró un material exquisito: bello timbre, seductora voz de pecho, aterciopelado fraseo en su pequeña lucha de gatas con una muy ofuscada Santuzza. Es una voz que ciertamente debiera seguir oyéndose en este escenario.

El tenor ruso Khachatur Badalyan como Turiddu hizo lo que pudo con una voz más bien lírica. De atractiva presencia, mal servida por un vestuario que le quedaba ligeramente grande (¿no sabrá coser bastas mamma Lucia?), Badalyan fue simplemente rutinario. Sus gestos actorales se remitieron a un constante aleteo frente a cualquier cosa que Santuzza le dijera. Sumado a una suerte de carrusel de amor y odio por la primadonna, tuvo un desempeño poco memorable. El barítono ruso Roman Burdenko estuvo hace cinco años como Alfio (y Tonio), y mostró seguridad y prestancia dramática en este rol más bien insípido. Severa la mamma Lucia de Claudia Lepe.

Gustavo Porta (Canio) en "Vesti la giubba", I pagliacci, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2015

I pagliacci, en todo su machismo y violencia de género, es por su parte una ópera masculina. El tenor argentino Gustavo Porta pintó con sobriedad al celoso Canio. El timbre es grato: no el usual tenor abaritonado que parece ser el epítome de “lo dramático” para algunos. Porta leyó un Canio más patético, apesadumbrado, y obsesivo. Después de un “Vesti la giubba” discreto, Porta emergió con energía en la siempre compleja “No, Pagliaccio non son”, sin dejarse llevar por efectistas sollozos o gritos. Burdenko, que asomó en el prólogo muy seguro de sí, se transformó en un Tonio hipersexualizado que intentó violar a Nedda dos veces en menos de un acto. Del idiot savant que urde la trama al idiot sexuel que se masturba observando a Nedda, lo de Burdenko resultó un poquito sobreactuado. La voz, eso sí, brilló por su presencia.

La soprano chilena Paulina González como Nedda fue perfecta. Una voz de tamaño ideal para el papel, agudos certeros y fraseo con mucha musicalidad. Se extrañó un mayor contraste vocal al momento de transformarse en Colombina. Si esto fue un comentario acerca de las escasas dotes dramáticas de Nedda, entonces bienvenido sea. El barítono Alexey Lavrov, el tercer cantante ruso de esta producción, como Silvio mostró un material viril, aunque su desempeño escénico fue bastante comedido y más bien adolescente. El tenor vasco Mikeldi Atxalandabaso por su parte ofreció una deliciosa serenata como Arlequín, con una hermosa voz bien proyectada.

El Coro del Teatro Municipal estuvo a la par del desafío en los dos coros principales de ambas óperas, logrando efectos espaciales perfectamente coordinados con el foso en su ingreso al escenario en Cavalleria.

Paulina González (Nedda), Gustavo Porta (Canio) y el Coro del Teatro Municipal en
la escena final de I pagliacci, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2015

Konstantin Chudovsky, que a su llegada a Chile hace algún tiempo embobó a muchos con sus gestos rockeros de dirección orquestal, luce ahora bastante menos hiperkinético. Con menos ha logrado más, y el control de la orquesta se le da de mejor forma. Logró mejores balances en Cavalleria, en particular para el preludio e intermezzo, que en I pagliacci, donde la estridencia y estallidos orquestales resultaron exagerados para un argumento que ya es lo suficientemente truculento. Esta Cav y este Pag fueron así un regreso discreto de las obras al solar de Agustinas esquina San Antonio.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, noviembre de 2015

Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Patricio Melo
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Publicado el 10/11/2015
     
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