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Festival de Música y Reflexión 2015 del Teatro Colón : Uno para todos
Daniel Barenboim volvió a protagonizar este evento musical en el principal teatro de ópera estatal argentino, con diferentes conciertos a cargo de la Orquesta West-Eastern Divan y con la excepcional pianista Martha Argerich. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Martha Argerich, Daniel Barenboim y la Orquesta West-Eastern Divan, Festival de Música y Reflexión, Teatro Colón, 2015

ORQUESTA WEST-EASTERN DIVAN. Dirección: Daniel Barenboim. Conciertos del jueves 30 de julio y viernes 7 de agosto de 2015 en el Teatro Colón, como parte del Abono Estelar 2015: Festival de Música y Reflexión. Jueves 30 de julio — Solista: Martha Argerich, piano. Beethoven: Concierto para piano y orquesta N° 2, en Si bemol mayor, Op. 19. Tchaikovsky: Sinfonía N° 4 en Fa menor, Op. 36. Viernes 7 de agosto — Solistas: Michael Barenboim, violín; Kian Soltani, violoncello; Daniel Barenboim, piano. Beethoven: Triple concierto para violín, violoncello y piano en Do mayor, Op. 56. Schönberg: Pelleas und Melisande, Op. 5.

Por segundo año consecutivo, el Teatro Colón realiza el Festival de Música y Reflexión ideado y protagonizado por Daniel Barenboim, junto a la Orquesta West-Eastern Divan y la pianista Martha Argerich como solista de dos de las siete propuestas que tuvieron lugar entre fines de julio y comienzo de agosto pasado. El teatro de ópera municipal más importante de nuestro país —que calificó al Festival como el “acontecimiento musical más esperado” de la temporada— quedó rendido durante dieciséis días a la música sinfónica y de cámara interpretada con la calidad indudable que estos organismos y solistas pueden brindar, aunque dejando de lado a sus propios cuerpos estables (durante ese período hubo dos conciertos sinfónicos de la Orquesta Estable del Teatro Colón y de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires en la Usina del Arte). Por fuera de este Festival, en este lapso de tiempo también se ofrecieron dos funciones por la orquesta y el director para el tradicional ciclo de abono del Mozarteum Argentino.

La “Reflexión” del título del Festival, escribe Barenboim en la presentación del programa de mano, se da no sólo “sobre la música sino también de reflexión sobre nuestra vida” y, en tal sentido, este año tuvo “como tema la coexistencia”, continúa el músico, “y me siento muy feliz de poder contar en esta edición con el apoyo y la participación activa de las comunidades musulmana, judía y cristiana de la Argentina”. Esto se tradujo en conciertos a cargo de las formaciones de cámara de la Orquesta West-Eastern Divan en templos de las tres comunidades, más un “Diálogo de música y reflexión” que se llevó a cabo el último día del Festival en la Sala Principal del Teatro Colón, en el que participaron Felipe González —que ya estuvo para el mismo fin el año pasado—, el propio Barenboim y representantes del catolicismo, el judaísmo y el Islam “para renovar la experiencia de pensar en voz alta la realidad mundial”. Ese coloquio ya se puede volver a ver vía YouTube aquí.

El caso Martha o la convivencia de dos mundos

Martha Argerich en el Festival de Música y Reflexión, Teatro Colón, 2015

Tras la apertura del Festival que incluyó el estreno argentino de Sur incises de Pierre Boulez, la Sinfonía de cámara N° 1 de Arnold Schoenberg y el Idilio de Sigfrido de Richard Wagner, la excepcional pianista argentina Martha Argerich volvió al escenario del Teatro Colón primero en un medio programa a dúo con Barenboim interpretando Seis estudios canónicos de Robert Schumann y En blanco y negro de Claude Debussy, y luego en un programa completo con esas mismas obras más la Sonata para dos pianos y percusión de Béla Bartók. La última propuesta en que la pianista participó fue con el Concierto para piano y orquesta N° 2, Op. 19 (1795/98/1801) de Ludwig van Beethoven, y es esta presentación la que reseñamos.

El “Allegro con brio” del primer movimiento mostró cómo dos mundos pudieron —valga la redundancia al tema del Festival— coexistir: la exuberancia del tema inicial en la orquesta —incluso con los sforzandi remarcados por el resoplido del director— se contrapuso al toque súper delicado de la solista, con una claridad en la exposición, preciosos adornos y escalas límpidas, que la acercaron al estilo galante, heredero de Mozart y Haydn, que sobrevuela esta obra, a la sazón, la primera concertante para piano del compositor (el que lleva el N° 1 fue compuesta posteriormente). Hubo momentos durante la exposición donde la fuerza de Argerich se acopló en el grado justo con ese carácter más extrovertido impuesto por Barenboim en la orquesta, sin embargo a lo largo del desarrollo y la reexposición la pianista nuevamente mantuvo una precisa realización de las indicaciones dinámicas que marca Beethoven en su partitura, quizá siendo ahogada en pequeños tramos por el conjunto orquestal. En la cadenza otra vez deslumbraron tanto la sutileza del toque en las diferentes voces como la fuerza del sonido y su virtuosismo.

En el “Adagio” se encontraron mayores puntos de unión entre el piano y la orquesta: las frases de la solista obtuvieron el lirismo y el ímpetu emotivo precisos, acompañadas, por ejemplo, por la dinámica justa de los pizzicati de las cuerdas. Así se generó, a lo largo de este movimiento, un dialogo intenso que podría ser comparado, tal como lo describió Carl Czerny —el famoso discípulo de Beethoven, recordado por sus ejercicios para piano—, con una escena vocal, donde indudablemente Argerich dominó por su belleza del sonido. Tras la parsimonia del tutti final del “Adagio”, la liviandad con la cual irrumpió el piano en el tema del “Rondó” fue nuevamente un contraste de mundos. Aquí ella le imprimió una velocidad que bien siguió la orquesta, además de darle esa impresionante combinación de virtuosismo y musicalidad a cada episodio.

Martha Argerich, Daniel Barenboim y la Orquesta West-Eastern
Divan en el Festival de Música y Reflexión, Teatro Colón, 2015

Ante una estruendosa ovación, la solista salió un par de veces a saludar y finalmente ofreció un bis: “Traumes Wirren”, el N° 7 de los Fantasiestücke, Op. 12 de Robert Schumann, una pieza de impulso rítmico donde volvió a brillar esa unión entre habilidad técnica y cuidado interpretativo que posee la genial artista que es Martha Argerich.

El concierto se completó en su segunda parte con la interpretación de la Sinfonía N° 4 (1878) de Piotr Ilitch Tchaikovsky en una versión donde Barenboim dio rienda suelta a esa extraversión ya vislumbrada en Beethoven y en consonancia al planteo monumental que posee el compositor ruso con respecto al género sinfónico. Ya desde la fanfarria inicial —ese motivo cohesivo entre los diferentes episodios del discurso— del primer movimiento se pudieron escuchar a los cornos bastante sonoros y preciosos, al que se le sumaron en el mismo carácter los trombones y trompetas (éstas tal vez un poco chirriantes en esa dinámica), al que le contrastó el muy piano espressivo de la frase de las cuerdas del primer tema, que fue adquiriendo el nervio justo al avanzar. Muy quedados, en carácter y dinámica, estuvieron los instrumentistas del grupo de maderas (clarinete, flauta, oboe, fagot) en el segundo tema, delicados y bien interpretados. El trabajo de dinámicas fue excepcional, al igual que la dosificación de velocidades, quizá un tanto arbitrarias: en el “Molto più mosso” de la coda, por ejemplo, en su repetición lo aceleró aún más de cómo lo había expuesto, llegando así a la sección final “Allegro vivo” un tanto apurado, aunque con el carácter dramático necesario de las oleadas de los vientos con el tremolando de todas las cuerdas.

Esa misma sensación de estar apurado fue la manera en que se expuso el tema de la sección principal del siguiente movimiento, “Andantino in modo di canzone”. Aquí, en ciertos momentos, se pudieron escuchar los diferentes planos de las texturas trastocados: el acompañamiento de los violines, por ejemplo, se escuchó más fuerte que el tema en los cellos y el fagot; sin embargo en la recapitulación se encontró una sensación de ensamble justa, obteniendo un sonido general muy bello, sobre todo la línea de violoncellos y en el final sutil. En el “Scherzo” sonó preciso el “pizzicato ostinato” de las cuerdas, sin perder temple y obteniendo una gama de matices dinámicos geniales, un juego que dominaría todo el movimiento. En el movimiento final, “Allegro con fuoco”,  otra vez se pudo escuchar la brillantez del tutti en la frase vertiginosa inicial y hubo una tendencia, sin perder ensamble y buena sonoridad en todas las secciones, a tomar un tempo más rápido en general. Así la coda final fue verdaderamente acelerada y efectista, como para que el público estallara en una fuerte ovación.

Daniel Barenboim, dirigiendo a la Orquesta West-Eastern Divan en la Sinfonía N° 4
de Tchaikovsky, Festival de Música y Reflexión, Teatro Colón, 2015

Tras salir a saludar varias veces, Barenboim ofreció como primer bis una obra de carácter diferente al de Tchaikovsky, el Valse triste, Op. 44 N° 1 de Jean Sibelius. Nuevamente el trabajo de dinámicas fue excepcional, además de obtener un bello lirismo del tutti en general. Luego de más aplausos y para no irse con esa sensación melancólica, se ofreció otra obra fuera de programa, pero con la particularidad de ser dirigida por una batuta diferente, la de “un talento mayor de la música”, según Barenboim, el israelí Lahav Shani de 26 años, ganador del Concurso Mahler de Bamberg en 2013. La Obertura de Ruslan y Ludmila de Mikhail Glinka sonó vehemente en sus manos y con el nervio necesario para que nuevamente volvieran los aplausos para cerrar esta velada en la que convivieron dos mundos interpretativos: la introspección virtuosa del piano de Martha Argerich y la extraversión, aunque con sutilezas, de la idea conductora de Daniel Barenboim.

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Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli
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Publicado el 14/09/2015
     
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