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[CD] La Novena sinfonía de Bruckner por Claudio Abbado : (De)construyendo los últimos sonidos
El último registro discográfico del genial director italiano —fallecido el 20 de enero de 2014— está dedicado a la póstuma sinfonía bruckneriana. Aquí, una visión sobre esa estupenda interpretación. Por Gustavo Fernández Walker
 

Claudio Abbado y la Orquesta del Festival de Lucerna / Fotografía de Priska Ketterer

ANTON BRUCKNER: SINFONÍA N° 9 EN RE MENOR (Edición: Leopold Nowak). Orquesta del Festival de Lucerna. Dirección: Claudio Abbado. Grabación en vivo en la Sala de Conciertos de Lucerna KKL, 21-26 de agosto de 2013. 1 disco (63 min) + folleto multilingüe (16 pp.). Una producción de Accentus Music. Editado por Deutsche Grammophon, 2014 (0289 479 3441 7 CD DDD GH).

“El Finale es el movimiento más significativo de mi vida”. Así escribía Anton Bruckner en una carta a Franz Schalk al completar el primer manuscrito de su Octava sinfonía en 1885. Dos años más tarde —las obligaciones laborales le permitían trabajar en la composición únicamente durante las vacaciones—, Bruckner completó la orquestación de la Octava e inmediatamente comenzó a esbozar su Novena.

El final de la historia es relativamente conocido: Bruckner murió en Viena en 1896, dejando su Novena sinfonía inconclusa y rodeada de una serie de interrogantes y malentendidos que hacen de ella una de las obras más crípticas de toda la literatura sinfónica del siglo XIX. En los casi diez años que transcurrieron desde el inicio de la composición y su muerte, Bruckner no sólo estuvo abocado a la composición de la que estaba llamada a ser su obra cumbre, sino también a la obsesiva revisión de muchas de sus sinfonías anteriores.

Habitualmente, estas manías de Bruckner son atribuidas a defectos en su personalidad: morbosamente inseguro, obsesionado con la muerte, con la música de Wagner y con muchachitas a las que proponía matrimonio de manera sistemática —para ser sistemáticamente rechazado—, sus hábitos habrían sido demasiado rústicos para la Viena imperial. Pero esta imagen de Bruckner como un idiot savant que plasmaba en sus monumentales sinfonías un mensaje de resonancias divinas que él mismo no alcanzaba a comprender del todo choca irremediablemente con muchos testimonios del compositor y de quienes lo conocieron. Aun cuando hayan sido sus propios discípulos los encargados de dar forma al mito tras la muerte del maestro.

Recientemente el “caso Bruckner” fue ampliamente revisado y un gran número de musicólogos (Korstvedt, Horton, Gault, Gunnar-Cohrs, por nombrar sólo algunos) se dedicó a desarticular muchos de los lugares comunes consagrados por la hagiografía bruckneriana —o por sus demonizadores, la otra cara de la misma moneda—. Si, en lo que respecta a Bruckner, el siglo XX se caracterizó por las disputas alrededor de las diversas ediciones de las sinfonías —disputas en las que no faltaron los condicionamientos políticos que signaron la Europa de entreguerras—, el siglo XXI parece asomarse a una renovada mirada sobre la obra bruckneriana, que incorpora nuevas perspectivas.

Aunque, desde luego, no resulta sencillo desembarazarse de ideas y prejuicios sedimentados durante más de un siglo. Y particularmente en el caso de la Novena sinfonía, que, desde su dedicatoria “al querido Dios” hasta su inconcluso movimiento final, parece condenada a ser recibida más como experiencia mística que musical. Más aun cuando lo último que se escucha en los conciertos o en las grabaciones de la obra es la serenísima coda del Adagio, interpretada como una suerte de “muerte y transfiguración”.

La Novena sinfonía

Basta con leer el modo en el que fue recibida la reciente edición de la Novena sinfonía dirigida por Claudio Abbado al frente de la Orquesta del Festival de Lucerna (DG, 2014) para advertir la persistencia de antiguas leyendas. La mayoría de las reseñas —reunidas en el sitio de la Deutsche Grammophon— refuerzan el mito de la obra sumándole el aura particular de esta nueva versión, registrada durante los últimos conciertos de Abbado, fallecido pocos meses más tarde. La cercanía a la muerte, en el compositor y en su intérprete, habría dotado a los sonidos de la Novena de una particular capacidad para, en palabras de dos críticos londinenses, “ascender a los cielos” y “trascender el tiempo”.

Los medios británicos —acaso por la duradera influencia de brucknerianos de la “vieja guardia” como Robert Simpson y Deryck Cooke— parecen ser los más apegados a aquella mitología, aun cuando ella haya sido desmentida por las investigaciones más recientes. Así, la  grabación de Abbado fue saludada como una clara demostración de que “un cuarto movimiento para la Novena sinfonía es superfluo”, puesto que, con la coda del Adagio, “la sinfonía está emocionalmente completa”.

La palabra clave es “emocionalmente”. Por cierto, la persistencia de la leyenda de la Novena como música que trasciende la muerte se debe a que la historia de su composición es innegablemente atractiva, aunque, musicalmente, no pueda ser defendida. Incluso los más acérrimos defensores de la Novena como “sinfonía en tres movimientos” reconocen que el punto neurálgico de la obra es esa célebre disonancia, casi un cluster, que marca el clímax del Adagio. Según esta interpretación, allí Bruckner se habría asomado al abismo, y la tranquila coda que sigue marcaría la resignada aceptación de la muerte.

Ahora bien, el lento pero persistente trabajo de reconstrucción del cuarto movimiento a partir de los manuscritos dejados por Bruckner al momento de su muerte obliga a modificar sensiblemente esta mirada. Como en el caso de su Octava sinfonía, el final de la Novena estaba llamado a ser también “significativo”. En principio, por la necesidad estructural de un final adecuado para una obra de semejantes proporciones. En cierto modo, el catálogo de sinfonías brucknerianas y sus sucesivas revisiones permite ser leído como un intento por resolver uno de los principales problemas de la literatura sinfónica: a la pregunta “¿cómo terminar una sinfonía?” Bruckner intentó ofrecer diversas respuestas, de la fuga de la Quinta al quodlibet de la Octava. La Novena debía terminar, según el propio Bruckner, con un canto de alabanza a la divinidad (“al querido Dios”).

Fragmento del manuscrito de la Novena sinfonía, con la célebre disonancia del tercer movimiento

La reconstrucción de ese Finale —cuya historia, digna de una novela, puede leerse en un interesante ensayo de Aart van der Wal— modifica completamente la habitual percepción de la sinfonía. Basta con escuchar la versión grabada por Simon Rattle al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín para advertir hasta qué punto ese cuarto movimiento no sólo no es “superfluo”, sino que es, muy por el contrario, fundamental. Allí está ese “canto de alabanza”, que hace su aparición triunfal bajo la forma de uno de esos impactantes corales brucknerianos. Pero, más importante aún, ese coral conclusivo es presentado explícitamente como la resolución de aquel pre-cluster que había marcado el punto culminante del Adagio.

La sinfonía deja de ser entonces un dispositivo místico que permite acceder a los misterios insondables del “más allá” para convertirse en un artefacto puramente musical: un “testamento”, sí, pero en el sentido de testimonio del éxito de Bruckner en haber dado con una fórmula nueva para el género sinfónico.

Testamentos

No hace falta, pues, compartir la devoción bruckneriana —una de las primeras biografías de Bruckner, publicada en 1924, llevaba el inequívoco título de El músico de Dios (Der Musikant Gottes)— para acceder al misterio de la Novena sinfonía. Su “desacralización” no comporta ninguna devaluación de su enorme mérito como una de las más extraordinarias creaciones sinfónicas del siglo XIX. Desde ya, cada oyente puede experimentar la obra de una manera absolutamente personal e intransferible. Y, por supuesto, el valor emocional de la grabación del último concierto de ese artista genial que fue Claudio Abbado es innegable.

Pero, precisamente por la genialidad de ese artista, la grabación puede ser apreciada en términos puramente musicales: por la transparencia de las texturas que Abbado logra con una orquesta que, en los últimos años, se convirtió es su instrumento privilegiado; por la emotiva claridad de los Gesangsperioden (la versión bruckneriana, maravillosamente expansiva, de los segundos temas de la forma sonata); por la precisión del scherzo y la “mendelssohniana” ligereza del trio; por la intensidad de los sucesivos clímax de la sinfonía.

Aplauso final para Claudio Abbado y la Orquesta del Festival de Lucerna, agosto 2013 / Fotografía de Peter Fischli

En cierto modo, el éxito de una interpretación de la Novena de Bruckner se cifra en la Steigerung (la progresiva intensificación que conduce al clímax) del final del Adagio, que culmina en ese acorde-grito seguido por un súbito silencio. Independientemente de los diversos modos en los que puede ser abordada la sinfonía —desde la lectura canónica de Günter Wand hasta la personalísima de Roger Norrington, pasando por la versión urgente de Barenboim y la reveladora de Simon Rattle, por nombrar sólo algunas—, la preparación de ese acorde resulta siempre fundamental para otorgarle cohesión a la monumental estructura de la Novena.

En ese sentido, esta última grabación es, por si hiciera falta, una nueva demostración del incomparable talento de Claudio Abbado. Una característica que su amigo, el arquitecto Renzo Piano, sintetizó elocuentemente al despedirlo en el Senado italiano, hace casi un año: “Abbado construía con los sonidos. Todo, para él, era música”.

Gustavo Fernández Walker
Enero 2015


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Publicado el 07/01/2015
     
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