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“Madama Butterfly” en el Teatro Colón : Sutileza musical en una bizarría escénica
En el cierre de la temporada lírica del Teatro Colón, la ópera pucciniana fue presentada en una muy buena versión musical con una puesta escénica atiborrada de elementos y conceptualmente ecléctica. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del primer acto de Madama Buttefly, Teatro Colón, 2014

MADAMA BUTTERFLY, ópera en tres actos de Giacomo Puccini. Nueva producción escénica. Funciones del miércoles 26* y viernes 28 de noviembre de 2014 en el Teatro Colón. Dirección musical: Ira Levin. Dirección escénica, escenografía, vestuario e iluminación: Hugo de Ana. Diseño de video: Sergio Metalli. Elenco: Liana Aleksanyan / Mónica Ferracani* (Cio-Cio San), James Valenti / Enrique Folger* (Pinkerton), Guadalupe Barrientos / Alejandra Malvino* (Suzuki), Igor Golovatenko / Alejandro Meerapfel* (Sharpless), Sergio Spina / Gabriel Centeno* (Goro), Fernando Grassi (Príncipe Yamadori), Fernando Radó / Christian Pelegrino* (Tío Bonzo), Mario De Salvo (Comisario Imperial), Gabriela Ceaglio (Kate Pinkerton), Roman Modzelewski (Oficial), Mariano Crosio (Yakusidé), Carmen Nieddu (La prima), María Castillo de Lima (La madre), Carina Höxter (La tía), Matías Romig / Valentín Merolla (Hijo de Cio-Cio San). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Miguel Martínez.

Giacomo Puccini nunca se sintió atraído por la épica, los personajes históricos o las gestas patrióticas, lo suyo fue el drama psicológico y su obsesión era traducir en notas el mundo afectivo de sus personajes. Él mismo consideraba a Madama Butterfly su mejor creación y, a pesar del fracaso el día de su estreno, la historia de la geisha traicionada por un marinero norteamericano se ganó para siempre un lugar entre las preferidas del público.

La impresionante capacidad para crear atmósferas es seguramente el sello de este compositor que podía construir sus personajes a partir de pequeñas frases, sutiles pinceladas que incluso pasan desapercibidas en un examen superficial pero que al advertirlas se toma real dimensión del genio pucciniano. Mínimas expresiones o pensamientos que encierran, poética y musicalmente, el universo de cada personaje: “Vi starò vicina…”, dice Mimì a Rodolfo, cuando éste le sugiere que al salir a la calle tendrán frío y esas palabras contienen todo su amor; Tosca dice “È tanto buona!” entre traviesa y cándida para justificar el apasionado beso de Mario delante de la Virgen y allí está toda su esencia bondadosa y su arrebato sensual; mientras que Cio-Cio San muestra su entrega incondicional al responder a Pinkerton “Rinnegata… e felice!” luego de renunciar a todo vínculo con su familia y su cultura.

Hugo de Ana, a cargo de la dirección escénica, escenografía, iluminación y vestuario, se sirvió de un marco escenográfico realmente interesante con tres estructuras metálicas desplazables que evocaban la casa de la geisha. Hasta ahí el planteo resultaba visualmente contundente, sin embargo de Ana recurrió a una multiplicidad de recursos que individualmente podían tener eficacia pero cuya suma derivó en una puesta escénica sobrecargada y confusa. Si las imágenes de paisajes japoneses extraídos de los grabados de Hiroshige y Hokusai daban un marco atractivo, otras proyecciones —un clip con los protagonistas, mariposas, el buque de Pinkerton, flores cayendo de una rama— eran redundantes y tendían a la saturación visual. La inclusión de figurantes que se movían como ninjas y los personajes caracterizados como en el teatro de máscaras japonés, le daba al conjunto un toque francamente bizarro. En medio de esta abrumadora superposición de estímulos, lo más interesante, desde el punto de vista teatral, fue lo que de Ana logró hacer con los intérpretes en la escena, todo lo demás era una sumatoria de escaso peso dramático.

Liana Aleksanyan (Cio-Cio San) y el Coro Estable del Teatro Colón en la
entrada de la protagonista de Madama Butterfly, Teatro Colón, 2014

Hubo momentos realmente conmovedores desde el punto de vista musical, debidos a la intensa dirección orquestal de Ira Levin, quien logró una honesta y sensible exposición del drama, sin apelar al efectismo. La Orquesta Estable del Teatro Colon —que continúa con su protesta pasiva de levantar carteles con sus reclamos a la Dirección del Teatro antes comenzar y al finalizar las funciones— mantuvo un alto nivel en todas sus secciones. El Coro Estable, preparado por Miguel Martínez, brilló en dos de los momentos corales quizás más altos del repertorio lírico: la entrada de Cio-Cio San con sus amigas y familia “Ah! Quanto cielo! Quanto mar!” y el coro a bocca chiusa que cierra el segundo acto.

La ópera se sostiene en el rol de Cio-Cio San, que requiere de la soprano una voz lírica y juvenil (se trata de una adolescente de quince años) capaz, a la vez, de potencia dramática para mostrar el cambio abrupto que la lleva al desenlace trágico. Es una carga que Liana Aleksanyan —sustituyendo a la anunciada Patricia Racette— soportó con dificultades, ofreciendo un apenas correcto retrato de la geisha. Un registro grave opaco y carente de armónicos deslució una actuación que, con todo, tuvo entrega y compromiso. James Valenti imprimió una alta dosis de arrogancia y prepotencia a su Pinkerton, odioso desde que pisa el escenario, pero de escaso relieve vocal. Valenti, a pesar de las buenas intenciones, posee una voz que está lejos de poder dar lo mejor de sí en este repertorio.

Guadalupe Barrientos volvió a visitar el rol de Suzuki, que ya había interpretado en 2007 para la producción de Juventus Lyrica, con resultados sencillamente excelentes. Con fraseo estudiado, pureza de emisión y presencia escénica, el retrato de la fiel compañera de Cio-Cio San adquirió, en la piel y la garganta de Barrientos, proporciones inusitadas. El otro pilar del elenco fue Igor Golovatenko —en remplazo del anunciado Fabián Veloz— en el rol de Sharpless. Timbre atractivo, potencia vocal y fraseo expresivo aportó el barítono ruso a su versión del cónsul norteamericano.

Escena final de Madama Butterfly, Teatro Colón, 2014

Muy buena impresión dejó el tenor Sergio Spina como el insensible y ambicioso casamentero Goro, rol que ya había abordado en 2011 en el Teatro Argentino de La Plata. Completaban el elenco Fernando Grassi como Yamadori, Fernando Radó como el Tio Bonzo, Mario De Salvo como el Comisario Imperial, Gabriela Ceaglio como Kate Pinkerton, Román Modzelewski como un Oficial, Mariano Crosio como Yakusidé, Carmen Nieddu, María Castillo de Lima y Carina Höxter como prima, madre y tía de Cio-Cio San respectivamente. Una mención merece el niño Matías Romig como el hijo de la geisha, muy compenetrado en el personaje.

Un cierre de temporada que nos lleva a reflexionar una vez más acerca de los rasgos distintivos del teatro musical pucciniano, su particular forma de expresar la nobleza de la heroína a partir de pequeñas frases, sutiles gestos y grandes voces.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Diciembre 2014

Mónica Ferracani (Cio-Cio San) en la escena final de Madama Butterfly, Teatro Colón, 2014

La Butterfly argentina
Por Luciano Marra de la Fuente / editor@tiempodemusica.com.ar

Para cualquier cantante argentino el Teatro Colón es el punto de llegada en su carrera, porque implica un reconocimiento a su labor, pero a la vez es un desafío para demostrar lo muy bien que lo estaba haciendo en otros espacios. El elenco alternativo convocado para esta nueva producción de Madama Butterfly fue la suma de cantantes ya conocidos en sus papeles y con amplia experiencia sobre el principal escenario lírico de nuestro país. El resultado fue, sin duda, una excelente performance por su calidad artística y su plena entrega al drama pucciniano.

Tras su muy buena experiencia wagneriana con Senta de El holandés errante en el Teatro Argentino de La Plata, la soprano Mónica Ferracani encarnó nuevamente a Cio-Cio San luego de su abordaje para Juventus Lyrica en el Teatro Avenida hace siete años. El tiempo no ha pasado en vano para esta artista que encontró todos los dobleces de este complejo personaje, logrando una interpretación sin fisuras, sobresaliente. Es cierto que su voz fluye cómoda por el amplio recinto de este Teatro —incluso cuando la dirección musical de Ira Levin tendía mayormente a dinámicas enérgicas—, pero a ello le sumó una dicción excelente, en donde el peso de la palabra escénica tuvo su realce adecuado a cada situación dramática. Si su “Un bel dì, vedremo” con esa melodía suspendida típicamente pucciniana fue cantada contenida, en la escena con Sharpless —aquí interpretado con dignidad por Alejandro Meerapfel y también cuidando cada palabra— fue donde Ferracani alcanzó un fuerte impacto emocional y sonoro, llegando a un “Che tua madre” intenso. Todas estas características volvieron a aparecer en la escena final, una consagración definitiva en la larga carrera de esta artista.

A su lado, el tenor Enrique Folger volvió a impactar, como en la producción 2010 de Buenos Aires Lírica, con su impetuoso Pinkerton, mostrando su bello timbre, cálido y a la vez dramático, y consiguiendo una afinidad perfecta con Ferracani en el extenso dúo que culmina el primer acto. Esa misma afinidad se la pudo encontrar con la mezzosoprano Alejandra Malvino en una Suzuki interpretada espléndidamente —ya vista en 2011 en La Plata—, siempre con nobleza y resignación, y una voz ideal para el personaje. Más allá de ciertos efectos escénicos ideados por Hugo de Ana que menguaron con el progreso dramático, todos estos intérpretes argentinos —más el numeroso elenco de cantantes en personajes secundarios, el coro y la orquesta— dieron vida a una interpretación emotiva y conmovedora de Madama Butterfly.

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 09/12/2014
     
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