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“Roméo et Juliette” en el Teatro Avenida : Deconstruyendo mitos
Buenos Aires Lírica cerró su actual temporada con una versión musicalmente irreprochable y una puesta escénica sumamente estimulante. Por Ernesto Castagnino
 

Oriana Favaro (Julieta), en el centro, canta su vals en el primer acto
de Roméo et Juliette, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2014

ROMÉO ET JULIETTE, ópera en cinco actos de Charles Gounod. Función del viernes 17 de octubre de 2014 en el Teatro Avenida, organizada por Buenos Aires Lírica. Dirección musical: Javier Logioia Orbe. Dirección escénica: Mercedes Marmorek. Escenografía: Nicolás Boni. Vestuario: Lucía Marmorek. Iluminación: Alejandro Le Roux. Coreografía: Ignacio González Cano. Elenco: Oriana Favaro (Julieta), Santiago Ballerini (Romeo), Walter Schwarz (Fray Lorenzo), Sebastián Angulegui (Mercucio), Darío Leoncini (Benvolio), Laura Polverini (Stefano), Ernesto Bauer (Conde Capuleto), Vanesa Mautner (Gertrudis), Iván Maier (Teobaldo), Alejandro Spies (Conde Paris), Enzo Romano (Gregorio), Christian Peregrino (Duque de Verona). Coro de Buenos Aires Lírica, dirección: Juan Casasbellas. Orquesta.

A diferencia de la magnificencia de Giacomo Meyerbeer con su Grand Opéra y de la opulencia sinfónica de Hector Berlioz, el otro gran compositor del romanticismo francés, Charles Gounod, se caracterizó por su sobria pero conmovedora capacidad de expresar líricamente los sentimientos humanos. La melodía gounodiana va creando los climas psicológicos sin agitación ni convulsiones febriles, sino más bien con pinceladas delicadas que desembocan en un equilibrado, contemplativo pero profundo sentido del drama.

Como quedó consignado en sus escritos, la necesidad de traducir musicalmente el sentimiento del amor lo atormentaba: “En fin, ya tengo ese endiablado dúo del cuarto acto. ¡Ah! ¡cuánto me agradaría saber si es realmente él! Me parece que sí. Los veo muy bien a los dos, los oigo; pero ¿los he visto bien, los he oído bien a esos dos amantes? ¿Si ellos pudieran decírmelo personalmente y hacerme signo de ‘sí’? Leo el tal dúo, vuelvo a leerlo, lo escucho con toda mi atención; trato de hallarlo malo; me aterroriza la idea de encontrarlo bueno y de equivocarme… Y, sin embargo, me ha quemado, me quema, es de un nacimiento sincero. En fin, creo en él. Voces, orquesta, todo representa allí su papel; los violines se apasionan; los impulsos de Julieta, la ansiedad de Romeo, sus embriagados abrazos, unos súbitos acentos de cuatro u ocho compases en medio de toda esta lucha entre el amor y la prudencia, me parece que todo esto se encuentra en ese dúo. Ya veremos”.

Gounod narra musicalmente la historia shakesperiana del modo que él podía hacerlo, en tanto músico francés del siglo XIX, enrolado estéticamente en los ideales del romanticismo, con la crisis religiosa que indudablemente lo marcó desde su juventud, por nombrar sólo un aspecto de su vida personal en el que todos sus biógrafos coinciden. Roméo et Juliette de Gounod ya no es la tragedia escrita por William Shakespeare en el siglo XVI, sino la reinterpretación de un compositor del siglo XIX a partir de su propia cosmovisión romántica, y la ópera de Gounod, a su vez, no dice las mismas cosas al público que asistió el día de su estreno que al público porteño del siglo XXI.

Oriana Favaro (Julieta) y Santiago Ballerini (Romeo) en el primer acto
de Roméo et Juliette, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2014

Esto es lo que parece haber querido explorar Mercedes Marmorek con su propuesta escénica. Las tradiciones teatrales, desde el ochocientos, fueron asimilando la historia de los amantes de Verona a cierta iconografía popular acerca del amor donde dominaba el sentimentalismo y cierta sensiblería que incluye los corazones rojos, los cupidos, los besos a la luz de la luna, entre otras variantes. Marmorek presentó su mirada sobre ese estereotipo del amor, extremando los recursos al límite para denunciarlo, para deconstruirlo, para cuestionarlo desde la perspectiva de nuestro tiempo, en el que la designación de lo kitsch y lo cursi se corrió necesariamente de aquello a lo que se designaba así en tiempos de Gounod. Este es el valor de la puesta de Marmorek: decirnos lo que Romeo y Julieta venía siendo, pero también lo que Romeo y Julieta no es o al menos debería o podría dejar de ser, siempre que el espectador esté dispuesto a despojarse de esos ropajes que la tradición va colocando y naturalizando al punto de hacerlos invisibles.

Al trasladar la acción a la época y a la ciudad del compositor, se evidenció con claridad la perspectiva del melodrama que impregnó la historia y el enfoque que adquirió desde entonces. El impecable diseño escenográfico de Nicolás Boni exploró todas y cada una de esas “postales” recargadas de corazones y encajes que hacían las delicias de los jóvenes amantes y acompañaban el proceso de la seducción amorosa. Un dispositivo de teatro dentro del teatro subrayaba aún más el distanciamiento con los estereotipos presentados que, vistos desde esta óptica, se volvían francamente cursis, y generaban un efecto de comicidad. La puesta escénica funcionaba, en cierta forma, como reflexión acerca de que la definición del “amor” no es otra cosa que lo que cada época y cada cultura delimita como tal.

Un muy bien realizado vestuario de Lucía Marmorek y la iluminación de Alejandro Le Roux, completaban una propuesta escénica de notable coherencia interna y buen impacto visual, que incluía también un interesante diseño coreográfico de Ignacio González Cano, con algunas danzas alegóricas que reforzaban el planteo.

Oriana Favaro (Julieta) y Santiago Ballerini (Romeo) en el cuarto acto
de Roméo et Juliette, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2014

Si la puesta escénica se dirigió más a lo intelectual que a lo sentimental —como dijimos más arriba, generando un efecto de distanciamiento en el espectador—, la emoción se sostuvo en la música de Gounod, a la que el director Javier Logioia Orbe sirvió con precisión, elegancia y amplitud de matices. Si bien la performance de la orquesta tuvo algunas imprecisiones en la sección de las cuerdas y el Coro de Buenos Aires Lírica presentó algunos agudos estridentes, el resultado global superó con amplitud esos contratiempos, brindando la impresionante y refinada orquestación que el compositor creó para esta tragedia.

El elenco fue de un nivel excepcional, comenzando por la pareja protagonista que brilló en todo momento. Oriana Favaro —soprano que viene de abordar con éxito tanto el rol de Doña Ana como los madrigales monteverdianos de Bromas y Lamentos— fue una Julieta de gran calibre vocal y dramático. Favaro, poseedora de una voz flexible, ligera, bellamente timbrada y con fácil ascenso al agudo, compuso una Julieta juvenil y lírica que dejará un recuerdo imborrable por su capacidad de adentrarse con igual efectividad tanto a la grácil coloratura del primer acto como a los pasajes más dramáticos, conforme avanza la trama.

Santiago Ballerini fue un Romeo sencillamente impecable, por sus cualidades vocales y su capacidad de interpretación. Con emisión fluida y una voz proyectada sin dificultad logró transmitir la arrogancia e impulsividad juveniles del personaje, para dar luego entrada a la ternura y los acentos heroicos. Ambos protagonistas estuvieron compenetrados con el estilo francés y en los varios duetos en que se encuentran, alcanzaron climas de arrebatadora belleza, arribando a una escena final sencillamente sobrecogedora.

Oriana Favaro (Julieta) y Santiago Ballerini (Romeo) en la escena final
de Roméo et Juliette, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2014

La ópera posee una importante cantidad de personajes secundarios pero de cierta exigencia y con momentos de lucimiento. El equipo vocal elegido para acompañar a la joven pareja de amantes fue sólido y homogéneo, comenzando con la destacada actuación de Laura Polverini, graciosa y precisa en el rol travestido de Stefano; también se impusieron las bien timbradas voces baritonales de Sebastián Angulegui como Mercucio y Ernesto Bauer como el Conde Capuleto, y el brillo vocal de Walter Schwarz como Fray Lorenzo. Completaron el elenco Christian Peregrino, Darío Leoncini, Vanesa Mautner, Iván Maier, Alejandro Spies y Enzo Romano.

En resumen, asistimos a una estimulante puesta escénica que apuntó a la deconstrucción de la cosmovisión occidental acerca del amor y que tuvo, además, una inmejorable pareja de protagonistas arropada por la música de Gounod, delicadamente servida por Javier Logioia Orbe.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2014


Imágenes gentileza Buenos Aires Lírica / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado el 27/10/2014
     
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