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Eros y Tánatos, la pasión amorosa en “Tristán e Isolda”
El dolor inherente a lo humano es una constante del Romanticismo y, en especial, en este drama musical wagneriano. Aquí una mirada desde el psicoanálisis antes de la interpretación que Daniel Barenboim dirigirá en el Teatro Colón. Por Ernesto Castagnino
 

Edmund Leighton, El final de la canción, óleo, 1902

Al comienzo de El malestar en la cultura, Sigmund Freud refiere a un intercambio epistolar con el escritor Romain Rolland acerca de la esencia del sentimiento religioso. Éste se define como una “sensación de «eternidad», un sentimiento como de algo sin límites, sin barreras, por así decir «oceánico»”. El sentimiento oceánico como pertenencia a un Todo, donde el yo se disuelve en unión con el universo, es para Freud el camino inverso al de la individuación, proceso que implica la separación del vientre materno e inaugura una discontinuidad entre el yo y el mundo exterior.

El Eros como fuerza de unión revela el empeño por regresar a ese estado primigenio y recuperar esa totalidad de la cual fuimos arrancados al nacer. El mito platónico del Andrógino que se narra en El banquete apunta en la misma dirección, presentando esa herida originaria de la que no es posible sanar: aquel ser completo y esférico que participa de ambos sexos, fue dividido en dos por Zeus como castigo a su soberbia y desde entonces ambas partes anhelan el reencuentro. El amor no sería otra cosa que obedecer al íntimo afán de restitución de una plenitud perdida, de reencuentro con un total.

El Romanticismo exalta la pasión amorosa y la eleva al rango de un impulso vital que conlleva paradójicamente la muerte. La pasión romántica, mortal por estructura, tiende a agotarse en el destino trágico de los amantes. El Eros psicoanalítico, la pulsión de vida como la fuerza que tiende a unir, tiene su contraparte en Tánatos, la pulsión de muerte que busca volver al estado inanimado, disgregando lo que el Eros ha unido. El Romanticismo supo interpretar de una forma inédita esa conjunción entre amor y agonía, entre vida y muerte, ese dolor inherente a lo humano. Tristán e Isolda, Werther y Carlota, Eugenio Onegin y Tatiana, entre otros ejemplos, encarnan ese amor mortal, es decir, el amor amenazado y condenado por la vida.

Los amantes arrastrados por la pasión se sienten enajenados, más allá del bien y del mal, de las convenciones sociales que consideran su abrazo como adúltero y prohibido. En tanto la pasión amorosa tiene como condición la imposibilidad de su consumación, ellos son arrojados a un vértigo que en Tristán e Isolda se enuncia como “delicioso tormento”, un destino fatal que los impulsa al beso prohibido que ambos quisieran prolongar indefinidamente. Este fuera-del-tiempo, este sentimiento oceánico que los embarga es expresado al unísono en el dueto amoroso: “Ahora yo mismo/a soy el mundo. / Supremo tejido de voluptuosidad, / vida sublime de amor, / delicioso deseo del sueño eterno / sin engañosas ilusiones, / inefable y consciente deseo”.

Ludwig y Malwine Schnorr von Carolsfeld como los personajes protagónicos de la
producción original de Tristán e Isolda, fotografía de Joseph Albert, Munich, 1865

El impulso que desafía toda prohibición —que en la literatura puede ser atribuido a una fuerza extraña: el filtro mágico— es para Freud la expresión misma de la irreductible oposición entre el amor y el odio, la vida y la muerte, la unión y la desintegración, presente en todos nosotros. No se trata, entonces, en el romanticismo, del amor logrado sino de la pasión amorosa, y pasión —pathos— significa sufrimiento. La pulsión de muerte se hace presente allí, en el seno de ese beso, como un impulso inconfesable, el progreso hacia la muerte, hacia la muerte de amor (Liebestod).

La consumación del abrazo implica, entonces, sumergirse en “la noche que nunca termina”, realizar la unión imposible que conlleva la disolución del yo, del “y” de Tristán e Isolda que, como en el mito platónico del Andrógino, se funde finalmente en un solo ser. Figura del goce ilimitado, de la posibilidad de lo imposible que sólo podemos anhelar porque su realización sería insoportable. El poeta y el místico no han dejado de cantar acerca de aquello que en nuestra experiencia apenas podemos intuir: el mortífero goce absoluto.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Agosto 2014


Este artículo se publicó originalmente en la Revista Teatro Colón, N° 114, agosto-septiembre 2014, y se reproduce con su permiso editorial.

Para agendar
Dentro del Festival Barenboim del Teatro Colón, la Orquesta West-Eastern Divan, dirigida por Daniel Barenboim, interpretará el Preludio, el Acto Segundo y la “Muerte de Amor” de Tristán e Isolda de Richard Wagner. Contará con la participación protagónica de Peter Seiffert (Tristán), Waltraud Meier (Isolda), Ekaterina Gubanova (Brangania) y René Pape (Rey Marke). Las funciones serán el lunes 4, el miércoles 6, el domingo 10 y el martes 12 de agosto. Las localidades ya están a la venta en la boletería del teatro (Tucumán 1171) o a través de www.teatrocolon.org.ar

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Publicado el 04/08/2014
     
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