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Nelson Goerner en el Teatro Colón : El piano emancipado
El Mozarteum Argentino presentó al destacado pianista argentino en un programa sin concesiones, con obras de Beethoven y Brahms, donde pudo lucir su virtuosismo y musicalidad. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Nelson Goerner en el Teatro Colón, Mozarteum Argentino, 2014

Recital de NELSON GOERNER, piano. Concierto del martes 13 de mayo de 2014 en el Teatro Colón, organizado por el Mozarteum Argentino. Brahms: Variaciones sobre un tema original, Op. 21 N° 1 en Re mayor / Fantasías, Op. 116. Beethoven: Sonata N° 29 en Si bemol mayor, Op. 106, “Hammerklavier”.

La tercera propuesta de Mozarteum Argentino para su temporada 2014 fue la de un recital solista de piano en el cual fue convocado el argentino Nelson Goerner, uno de los mejores pianistas de nuestro país, reconocido en todo el mundo. El programa reunió a dos autores de diferentes épocas del siglo XIX, ineludibles para cualquier pianista de primera línea que se precie, como lo son Ludwig van Beethoven y Johannes Brahms. Más allá de las particularidades de cada uno, al finalizar el concierto se pudo advertir la impronta que Beethoven ejerció sobre Brahms, y como éste siguió una tradición de escritura para piano.

El hilo conductor de las tres obras presentadas fue ese tipo de escritura destinada para un intérprete que supere la tradición del salón burgués, vinculado a los aficionados. La exigencia era que el músico pudiera exponer tanto su costado sensible como virtuoso para encarar los diferentes desafíos que las partituras presentaban: en esta oportunidad Nelson Goerner logró superar la prueba con una visión personal y una habilidad sobresaliente.

Los treinta y cinco años que separan las dos obras de Johannes Brahms que iniciaron el programa muestran diferentes etapas creativas del compositor. Si bien las Variaciones sobre un tema original, Op. 21 N° 1 (1857) integran ese grupo de obras para piano que pueden ser consideradas como de la primera madurez, con una influencia beethoveniana bien marcada, las Fantasías, Op. 116 (1892) son el puntapié inicial a las cuatro últimas obras que Brahms dedicó al piano, que poseen una coherencia personal absoluta, en cuanto temática, armonía y estilo. Estas diferencias estuvieron presentes en la interpretación de Goerner.

La exposición del tema en las Variaciones sonó poco forte —tal la indicación de la partitura— y dejó una sensación de debilidad inquietante. La interpretación de Goerner podría ser vista con dos caracteres: las primeras seis variaciones fueron de una habilidad técnica prolija y segura, y que transmitieron cierta frialdad, pasando, por ejemplo, por una espléndida ejecución de los arabescos en la quinta variación (el canon in motu contrarium); en tanto que, a partir de la séptima variación, el sonido del piano fue adquiriendo calor, abriendo un universo sonoro muy diferente a lo anterior. Expuso un lirismo extremo (variación 7) y fuerza de carácter y volumen (variación 8), y aunó los opuestos de lo tormentoso —casi en el desborde— (variación 9) contra lo meditativo (variación 10). En la decimoprimera y última variación, Goerner exhibió un magnífico y largo trino que recorre las diferentes zonas del teclado a lo largo de la sección, encontrándole un tono expresivo perfecto para cerrar la obra.

Nelson Goerner en el Teatro Colón, Mozarteum Argentino, 2014

Esos contrastes de la segunda parte de las Variaciones se acrecentaron aún más en las Fantasías, Op. 116. En esta obra dividida en intermezzi y capriccios, Goerner encontró el tono preciso de cada una de las partes, desde el arrebato enérgico de los primeros Capriccios con un sonido robusto a la claridad en un tono medido del “andante” del primer Intermezzo. El Intermezzo central, tal vez lo más impactante de esta obra en manos de Goerner, fue interpretado con un nivel de concentración absoluta, ya desde los primeros acordes del acompañamiento contra las notas agudas delicadas de la melodía y llegando al clímax con ese arpegio que abre la parte aún más lírica de este intenso “adagio”. Ese clima continuó en el último Intermezzo con un toque delicado hasta el final, sumamente pausado, que introdujo a la furia sonora del Capriccio final con impulso rítmico y de carácter impresionante.

La segunda parte del programa estuvo dedicada a la Sonata N° 29 en Si bemol mayor, Op. 106, “Hammerklavier” (1817-18) de Ludwig van Beethoven, esta obra con la cual, al decir del genial Charles Rosen, “adquirió carácter oficial la emancipación de la música para piano de las exigencias de los intérpretes aficionados”. Beethoven mismo se daba cuenta de ese nuevo status: “He aquí una sonata que dará trabajo a los pianistas cuando la interpreten dentro de cincuenta años”, le dijo a su editor cuando le confió el manuscrito; de hecho durante su vida fue pocas veces interpretada y comprendida. La imaginación compositiva, característica de la última etapa de la producción beethoveniana, elabora y transforma la forma clásica de sonata haciendo que la obra sea aún hoy un tour de force, tanto en el nivel técnico como en el expresivo, para cualquier pianista.

Nelson Goerner ofreció una interpretación excepcional, ya desde los acordes iniciales que fueron sonoros y firmes. La aparición de ideas durante la exposición del “Allegro” inicial fue traducida con raptos de carácter intempestivos, mientras que en el desarrollo logró un toque íntimo y delicado, en especial hacia el final con esas frases imitativas en una dinámica muy suave. En la reexposición las líneas fueron muy claras, destacándose los hermosos trinos del final interpretados con firmeza y sutileza. El “Scherzo” nuevamente presentó esa claridad característica y Goerner encontró el tono justo de alegría al trío central.

El “Adagio sostenuto”, en contrate, tuvo esa dosis de melancolía que posee, con un tono sombrío apropiado, en una dinámica muy suave y una marcha pausada. Goerner logró en este movimiento —el corazón de toda la obra por sus dimensiones y su demanda interpretativa— un arco dramático expresivo, pasando por un clima íntimo en plenitud durante la sección central, tocada con un extremo lirismo. El movimiento final comenzó con una dinámica casi imperceptible, donde las ideas musicales se fueron dibujando de manera rapsódica, mostrando la habilidad técnica del pianista en la rapidez de la digitación, más la furia dinámica y de carácter que el pianista le imprimió a cada episodio. La exigente fuga que corona la obra fue tomada en una velocidad extrema, lo cual no fue impedimento para que Goerner luciera su seguridad técnica y su musicalidad.

Nelson Goerner en el Teatro Colón, Mozarteum Argentino, 2014

Ante las ovaciones recibidas, el pianista ofreció fuera de programa tres obras de diferente carácter: el Preludio en Mi menor, Op. 28 N° 4 de Frederich Chopin sonó, con una dinámica en pianissimo, en un tono elegíaco preciso, mientras que el Preludio en Si bemol, Op. 23 N° 2 de Sergei Rachmaninov expuso las texturas claras con una fuerza sonora impactante. El Nocturno, Op. 16 N° 4 de Ignacy Jan Paderewski retomó ese tono quedado de la obra de Chopin, con un lirismo introspectivo, una manera perfecta para culminar este recital ofrecido por Nelson Goerner que exhibió las diferentes aristas de un piano soberano.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Junio 2014


Imágenes gentileza Mozarteum Argentino / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado originalmente el 09/06/14

 
Publicado el 13/06/2014
     
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