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“Parsifal” en la Royal Opera House : En el nombre de Wagner
En el bicentenario wagneriano, Antonio Pappano logró una versión musical sobresaliente de la última obra del compositor alemán, con una puesta en escena discutible y un destacado elenco. Por Luciano Marra de la Fuente (desde Londres)
 

René Pape (Gurnemanz) en el primer acto de Parsifal, Royal Opera House, Londres, 2013

PARSIFAL, festival escénico para la consagración de la escena de Richard Wagner. Nueva producción escénica. Función del jueves 5 de diciembre de 2013 en la Royal Opera House, Covent Garden de Londres. Dirección musical: Antonio Pappano. Dirección escénica: Stephen Langridge. Escenografía y vestuario: Alison Chitty. Iluminación: Paul Pyant. Movimiento: Dan O’Neill. Diseño de video: Thomas Bergmann y Willem Bramsche. Elenco: Simon O’Neill (Parsifal), Angela Denocke (Kundry / Una voz desde lo alto), René Pape (Gurnemanz), Gerarld Finley (Amfortas), Williard W. White (Klingsor), Robert Lloyd (Titurel), David Butt Philip y Charbel Mattar (Dos Caballeros del Grial), Dusica Bijelic, Rachel Kelly, Sipho Fubesi y Luis Gomes (Cuatro escuderos), Celine Byrne, Kiandra Howarth, Anna Patalong, Anna Devin, Ana James y Justina Gringyte (Seis doncellas-flor).  Coro de la Royal Opera, director: Renato Balsadonna. Trinity Boy’s Choir de Croydon, director: David Swinson. Orquesta de la Royal Opera House.

La Royal Opera House presentó a fines de noviembre y comienzos de diciembre una nueva producción de Parsifal de Richard Wagner, en homenaje al bicentenario de su nacimiento. Ya a fines de 2012 se interpretaron aquí cuatro ciclos completos de El anillo del Nibelungo, pero en 2013 sólo sería la última obra de Wagner, y ninguna otra más, la encargada de ser el tributo de la legendaria casa de ópera londinense. Si bien la realización de la Tetralogía completa —de la manera en que fue concebida en días sucesivos— pone en vilo a todas las fuerzas escenotécnicas y artísticas de un teatro, en concordancia con una visión musical y escénica de sus responsables artísticos, Parsifal no es un desafío menor.

Pensada para ser interpretada durante la segunda temporada de los Festivales de Bayreuth (1882) y sobre todo para su flamante Teatro (con su acústica distintiva), la obra es definida por Wagner como un “festival escénico para la consagración de la escena”, concibiéndola con un mayor grado de religiosidad al resto de su producción de “dramas musicales” y “óperas románticas” (Tannhäusser o Lohengrin también poseen un grado de religiosidad). Como señala Carl Dahlhaus, Parsifal es un monumento a la concepción de la “religión por el arte” propia del siglo XIX, donde el drama reemplaza a los mitos originarios de la religión. Wagner, por lo tanto, recurre a lo ritual de lo ceremonial —con el estatismo que eso conlleva— para desarrollar una trama en donde las acciones dramáticas son mínimas: la narración épica abunda en cada acto para dar cuenta de elementos significantes del presente escénico y que, a su vez, le permite al compositor plasmar de manera excepcional su estética musical basada en la “melodía infinita” y el complejo entramado de motivos conductores.

En este argumento medieval del inocente (Parsifal) que va a sanar y redimir a la sociedad protectora del Santo Grial a partir de conocer lo que es la compasión, se dan cita la simbología cristiana y budista, elementos paganos y las ideas derivadas de la filosofía de Arthur Schopenhauer. Esta diversidad de elementos es unos de los primeros retos para el director escénico si es que quiere crear una lectura contundente de la obra. El convocado por la Royal Opera House en esta oportunidad fue Stephen Langridge, conocido por una interesante labor en la ópera The Minotaur (2008) del compositor inglés Harrison Birtwistle. Su propuesta para Parsifal fue visualmente similar a su anterior producción, también con un marco visual interesante de Alison Chitty, en el que predomina una estilización de elementos ambientales y poniendo la acción, según el vestuario y algunos elementos de utilería elegidos, en un contexto contemporáneo. Tal vez en lo que peca esta nueva producción es en el tono ilustrativo con el que muchas escenas son realizadas.

Gerald Finley (Amfortas) y Robert Lloyd (Titurel) en la escena final
del primer acto de Parsifal, Royal Opera House, Londres, 2013

Sobre un bosque bastante geométrico, ubicó un elemento fijo en el centro de la escena, un cubo inspirado en las pinturas de Francis Bacon, que contiene diferentes elementos y es el marco para ilustrar algunas de las acciones o narraciones que los personajes cantan. La imagen predominante allí contenida durante los tres actos fue la de Amfortas desfalleciente, pero, al poseer unas puertas de acrílico que según la iluminación adquirían opacidad o transparencia, se podían ver otras estampas escénicas: en el largo monólogo de Gurnemanz del primer acto se ilustra la seducción de Amfortas y la castración de Klingsor, en tanto que en el breve relato de Kundry a Parsifal se muestra cómo el padre abandona  a su madre.

Al final del primer acto, la opacidad del cubo es plena y al revelarse el Grial aparece un niño con taparrabos, que es sometido a un pequeño corte a la altura de la panza para que sangre. El niño, desfalleciente como Amfortas, es tomado como objeto de admiración entre los seguidores del Grial, generando una imagen escénica perturbadora y contraproducente sobre el ceremonial pensado por Wagner. En el segundo acto, la cama dentro del cubo será el centro de tensión en el intenso diálogo entre Parsifal y Kundry, en tanto que en el último acto, el cubo no tendrá una función distintiva.

La repetición de poner en imágenes algunos textos perdió impacto visual con el correr de la obra, pero esa tendencia por lo explícito también se trasladó a ciertas marcaciones o ideas escénicas. En el segundo acto, por ejemplo, las “doncellas-flor” se lamentan por la pérdida de sus amados ante la llegada de Parsifal y aparecen caracterizadas como viudas lloronas de negro, pero en la escena siguiente deben seducir al recién llegado: la solución de Langridge-Chitty es que se cambien en un minuto y aparezcan con minifaldas y lentejuelas, de colores... Esta ambivalencia que existe en el texto de Wagner se hace aún más chocante ante esa lectura escénica.

Simon O'Neill (Parsifal) y René Pape (Gurnemanz) en el
tercer acto de Parsifal, Royal Opera House, Londres, 2013

Tal vez lo más extravagante sea que, al finalizar el dúo del segundo acto, Parsifal se arranque los ojos como Edipo: es verdad que hay elementos de ese diálogo que podrían interpretarse en clave psicoanalítica, pero agregar el mito de Edipo a los múltiples elementos que ya posee el texto de Wagner es sobreabundante. Es interesante cómo al comienzo del tercer acto la ceguera de Parsifal hace no reconocer a Gurnemanz, pero no se entiende por qué el lavado de pies por parte de Kundry también le devuelve la visión… La escena final también es desconcertante: mientras Parsifal se recluye en el fondo del escenario, Amfortas y Kundry se van tomados de la mano, y Gurnemanz se queda mirando el cadáver de Titurel en primer plano. Pareciera que Langridge ha querido ilustrar el texto (la lanza está, por ejemplo, en ese contexto contemporáneo, y el jardín de Klingsor también, aunque con una flores bastantes obvias) y darse libertades dramáticas, dejando varios cabos sueltos, para interpretar esta compleja obra wagneriana.

Quien se adentró en los vericuetos complejos de la partitura con una visión clara y concreta fue Antonio Pappano, director musical del teatro londinense. Le dio nervio o solemnidad a los momentos dramáticos que así lo requerían, encontrando los tonos justos de introspección/extroversión de la obra. Si toda la primera parte del primer acto, por ejemplo, fue de un tono pausado y límpido, la entrada de Parsifal ofreció un marcado contraste con un nervio teatral y musical perfecto (que también continuó en el segundo acto). Acompañó a los cantantes de manera natural sin sobrepasar el volumen por sobre las voces, realizando un trabajo de dinámicas muy cuidado. Obtuvo, para tal fin, una respuesta impecable tanto de la Orquesta como del Coro de la Royal Opera House, que se lució en las escenas finales del primer y el tercer acto.

Verdadero pilar de la dramaturgia de la obra es el personaje de Gurnemanz, por ser el portador de la narración tanto en el primer y tercer acto. Aquí, el bajo alemán René Pape, con su tono, volumen y decir precisos, lo interpretó de manera magistral. El barítono canadiense Gerald Finley compuso por primera vez a Amfortas y lo hizo de manera estupenda, con una dicción y línea de canto expresiva, aunque un tanto sobreactuada su afección física, seguramente producto de la marcación escénica. Tanto Pape como Finley, sin lugar a dudas, cautivaron cada vez que aparecieron en escena.

Escena final de Parsifal, Royal Opera House, Londres, 2013

Parsifal es un héroe pasivo, que se caracteriza por no accionar, sino más bien reaccionar a lo que ocurre externamente. El tenor neozelandés Simon O’Neill lo interpretó de esa manera, impulsivo, incluso medio tosco, reforzado por ese tono un tanto estridente que posee su voz en el agudo. A su lado, en el segundo acto, Kundry por la alemana Angela Denocke se acopló bien, sobre todo en la parte media y grave de su registro. En la parte aguda, lamentablemente, Denocke ha perdido brillo y tiende a un vibrato pronunciado. También le jugó en contra la concepción escénica de Langridge del personaje, un tanto esquemática.

Al bajo-barítono Williard White se lo escuchó un tanto forzado como Klingsor, con una pronunciación extraña del alemán, aunque con presencia desde el énfasis vocal y el desenvolvimiento escénico. Las breves intervenciones de Titurel  a cargo del gran bajo inglés Robert Lloyd volvieron a mostrar su voz voluminosa que otrora poseía. Las seis “doncellas-flor” fueron interpretadas de manera expresiva por Celine Byrne, Kiandra Howarth, Anna Patalong, Anna Devin, Ana James y Justina Gringyte, mientras que actuaron con corrección Dusica Bijelic, Rachel Kelly, Sipho Fubesi y Luis Gomes como cuatro escuderos y David Butt Philip y Charbel Mattar como dos Caballeros del Grial.

La interpretación de Parsifal en la Royal Opera House, a partir de una nueva producción escénica discutible (aunque disparadora de nuevas disquisiciones), un elenco que cumplió con creces en determinados intérpretes como René Pape o Gerald Finley, y una extraordinaria visión musical de la obra a cargo de Antonio Pappano al frente de los equipos musicales ingleses, logró ser el justo homenaje en el bicentenario wagneriano. Para esta obra compleja y desafiante, corolario de la producción del compositor alemán, todos estos artistas dieron lo mejor de sí en el nombre de Wagner.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Enero 2014


Imágenes gentileza Royal Opera House / Fotos de Clive Barda
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Publicado el 29/01/2014
     
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