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"Nabucco" de Giuseppe Verdi : La consagración
Más allá del célebre “Va’ pensiero”, la primera ópera exitosa del compositor italiano —que es ofrecida estas semanas por Buenos Aires Lírica— muestra el punto de partida desde el cual desarrolló su talento dramático innato. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Giuseppe Verdi, retrato en óleo de
Charles Michel Geoffroy, 1877

Las primeras obras de los compositores consagrados siempre generan una particular curiosidad con respecto a su producción posterior. Uno se siente tentado de buscar elementos que anuncien su estilo característico o las influencias que pudieran ejercer sus contemporáneos en su creación. En el caso de Giuseppe Verdi, Nabucco (1842) es la ópera con la cual saltó a la fama —la tercera de su producción—, y que permite realizar esos dos recorridos: establecer fuertes lazos con el sistema de producción operística de su tiempo, pero también trazar líneas que se verán desarrolladas en su producción futura.

Allí se pueden detectar novedosas estructuras teatrales, un canto expansivo y dramático —tanto en arias como recitativos— que está al servicio del texto, una orquestación importante que por momentos interactúa con la escena, cierta predilección de voces para determinados personajes y algunos tópicos argumentales que serán una constante en Verdi: el amor filial, la maldición, la locura, la venganza y el patriotismo. Sobre estas innovaciones, están bien presentes las convenciones literarias, musicales y teatrales del melodramma italiano de comienzos del siglo XIX, consagradas por Rossini, Bellini y Donizetti.

Convicciones teatrales

Ese sistema para construir introducciones, arias, dúos y finales, estandarizado por los compositores y bien conocido por su público contemporáneo, es tomado en Nabucco con una nueva impronta por el compositor: le sirve de base para generar un hecho teatral que llena de lógica dramática a los rígidos esquemas de las fórmulas. En sus manos, la forma del “aria” en tres movimientos contrastantes (adagio, tempo di mezzo y caballetta) deja de ser sólo un momento de lucimiento vocal, donde el personaje reflexiona sobre lo sucedido o lo que vendrá: se transforma en un monólogo interior que muestra la complejidad del personaje, con sus creencias y contradicciones, de manera visceral. Verdi además genera diferentes momentos a lo largo de la partitura, fuera de las fórmulas, que muestran el progreso de esos personajes.

Esto se da principalmente en Nabucco y su supuesta hija Abigail. El protagonista, un barítono típicamente verdiano, va desde una entrada heroica hasta el arrepentimiento final, pasando por un estado de locura en la última escena del segundo acto y la manifestación de amor filial en unos expresivos cantabili durante el dúo del tercer acto. En esta escena, Verdi utiliza la parola scenica con maestría, marcando contrastes afectivos entre los personajes.

Abigail, una soprano dramática de alto rango —y heredera del personaje protagónico de Norma de Bellini—, es una anti-heroína y el motor de la historia. En el comienzo del segundo acto, por ejemplo, antes de su aria formal, posee un extenso recitativo, de profundo dramatismo, donde lee un documento donde descubre que es hija de esclavos y no de Nabucco, desprecia a su hermana Fenena, maldice a todos y les desea la muerte. Es mérito del propio Verdi que ese recitativo previo al aria adquiera un interés musical y dramático, dándole un peso significativo a cada palabra y reforzando otras, con vocalizaciones escalísticas impactantes.

Liudmyla Monastyrska (Abigail) en el primer acto de Nabucco, producción
de Daniele Abbado, Teatro alla Scala, Milán, 2013 / Foto de Rudy Amisano

La contrafigura de Nabucco está en Zacarías —el sumo sacerdote de los hebreos oprimidos— que es encarnado por un bajo, heredero del Moisés rossininano y que anticipa la extensa galería de personajes verdianos en esta tesitura. El compositor amplió bastante su participación en la trama, ya que sabía que contaría en el elenco con uno de los bajos más reconocidos en el circuito operístico del momento, el francés Prosper Derivis, una oportunidad que no pasaría por alto, incluso dejando de lado el desarrollo de los personajes enamorados, Fenena —la hija legítima del rey de Babilonia que se convierte al judaísmo— e Ismael —el hebreo maldito que traicionó a su patria—. Era común en esta época que los compositores adaptaran los libretos y su música para el lucimiento de ciertos cantantes, pero es significativo, en Nabucco, el corrimiento que Verdi hace de la historia de amor a una lucha de poder —dentro de un grupo y también entre pueblos—, un interés dramático que tendrá eco en algunas de sus próximas óperas.

Esa lucha se hace patente en la escena final del segundo acto que se aparta de los moldes tradicionales: tras un movimiento lento, concertante con estructura de cánon, Verdi, en lugar de una stretta para finalizar, compone la escena de la locura de Nabucco, de tempo cambiante, que culmina con las sentencias muy teatrales y contrastantes de Zacarías y de Abigail: “Il cielo ha punito il vantator!” (¡El cielo ha castigado al soberbio!) vs. “Ma del popolo di Belo non fia spento lo splendor!” (¡Pero que del pueblo de Baal no desaparezca el esplendor!). Desplazar el efecto sonoro de una conclusión coral, como usualmente se haría en un gran concertante rápido, por una escena teatralmente íntima, despojada y donde la fuerza de los intereses de los involucrados se hace notablemente visible, es una prueba más de que Verdi era un dramaturgo musical en ciernes.

La voz del pueblo

Si el desarrollo de los personajes centrales posee un tratamiento dramático impecable, el coro en Nabucco deja su rol decorativo y circunstancial que podría tener en muchos de los melodrammas y adquiere un rol inaudito para la época. Ya desde su impactante entrada inicial (“Gli arredi festivi”), la masa coral demuestra que será un protagonista más de la ópera, actuando a la par de los cantantes solistas, comentando y reaccionando sobre determinados hechos. La originalidad melódica, sus variaciones dinámicas y el empuje rítmico con marcados silencios le dan un dramatismo característico del autor.

El “Va’pensiero” del tercer acto llegó a convertirse en un verdadero himno del Risorgimiento, gracias a su sencillo diseño melódico, un canto al unísono y una poesía bastante metafórica. “Una gran aria cantada por sopranos, contraltos, tenores y bajos”, lo definía Rossini desde su exilio parisino. Este número tiene su contrapartida en la “Profecía” de Zacarías con coro que le sigue. Los dos números pueden ser pensados como si fueran una unidad contrastante, un movimiento lento contra uno más rápido, generando una escena coral efectiva teatralmente para concluir el acto.

“Va, pensiero” en el tercer acto de Nabucco, producción de Elijah Moshinsky,
Metropolitan Opera, Nueva York, 2011 / Foto de Marty Sohl

Una de las razones que tanto se repiten del éxito de Nabucco fue la identificación que el público milanés de 1842, hostigado por el gobierno austrohúngaro, tuvo con ese pueblo hebreo, oprimido por el tirano rey de Babilonia del año 587 antes de Cristo. Durante mucho tiempo, se repitió que el “Va’pensiero” fue bisado el día del estreno, aunque el musicólogo Roger Parker, realizador de la edición crítica de la partitura, comprobó en documentos de la época que el bis fue el de la plegaria coral “Immenso Jeovha” de la escena final. “Este solo ejemplo de malentendido”, escribe la musicóloga Mary Ann Smart, “resulta ser emblemático de una exageración de largo alcance entre las asociaciones de la música de Verdi y el emergente sentido de nación italiana de la década de 1840”.

Más allá de estas disquisiciones, Verdi encontró en ese personaje coral un instrumento que sería distintivo en sus siguientes composiciones, pero que iría acompañado de un creciente desarrollo dramático de las individualidades, despojándose paulatinamente de las convenciones. La ópera italiana, a partir de Nabucco de Giuseppe Verdi, llegaría a su consagración, convirtiéndose en el escenario de la compleja personalidad humana.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Julio 2013

Este artículo se publicó originalmente en la revista Cantabile, N° 69, julio-agosto 2013.

Para agendar
Nabucco será presentada por Buenos Aires Lírica en cinco funciones desde el viernes 2 de agosto en el Teatro Avenida. Las siguientes representaciones serán el domingo 4, jueves 8, sábado 10 y martes 13. La dirección musical estará a cargo de Javier Logioia Orbe, la puesta en escena, escenografía y vestuario de Marcelo Perusso, con iluminación de Rubén Conde. El elenco estará encabezado por Lisandro Guinis (Nabucco), Mónica Ferracani (Abigail), Hernán Iturralde (Zacarías), Santiago Bürgi (Ismael) y María Luisa Merino (Fenena). Participará el Coro Buenos Aires Lírica, bajo la dirección de Juan Casasbellas, y orquesta. Más info:
www.balirica.org.ar

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Publicado el 01/08/2013
     
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