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“Hippolyte et Aricie” en el Museo de Arte Decorativo : Mi mamá me ama
La Compañía de las Luces, con dirección de Marcelo Birman, continúa acercando al público argentino, en calidad de estreno, obras del repertorio barroco francés. Por Ernesto Castagnino
 

Esteban Manzano, Martín Benítez y Juan Feico (Tres Parcas),  Norberto Marcos (Plutón) y Sergio Carlevaris (Teseo) en el segundo acto de Hippolyte et Aricie, Compañía de las Luces, Museo Nacional de Arte de Arte Decorativo, 2011

HIPPOLYTE ET ARICIE, tragedia lírica de Jean-Philippe Rameau, versión 1742. Estreno sudamericano. Función del martes 11 de octubre de 2011 en el Museo Nacional de Arte Decorativo. Compañía de las Luces, orquesta y coro. Dirección musical: Marcelo Birman. Puesta en escena: Pablo Maritano. Preparación del coro: Marcelo Dutto. Vestuario: Emilia Tambutti. Caracterización: Celeste Carballo. Maquillaje: Lorena Cataldi. Reparto: Marisú Pavón (Fedra), Sergio Carlevaris (Teseo), Pablo Pollitzer (Hipólito), Ana Moraitis (Aricia), Beatriz Moruja (Diana), Norberto Marcos (Plutón), Cecilia Arroyo (Una sacerdotisa), Soledad Molina (Un marinero/Una cazadora), Nadia Szachniuk (Una pastora), Luciana Milione (Enone, confidente de Fedra), Esteban Manzano (Tisifone/Primera Parca), Martín Benítez (Segunda Parca), Juan Feico (Tercera Parca), Damián Ramírez (Mercurio).

El poeta y dramaturgo Simon-Joseph Pellegrin (1663-1745), apodado “El Cura de la Ópera” y más conocido como el abate Pellegrin fue libretista de Hippolyte et Aricie (1733), la primera ópera estrenada de Jean-Philippe Rameau (1683-1764), ya que el frustrado proyecto anterior, Samson, una ópera de tema religioso con libreto de Voltaire nunca llegó al escenario debido a problemas con la censura. Este cura de salón —oficio bien identificable en el siglo XVIII que quedó retratado por ejemplo en las figuras del Abate de Chazeuil en Adriana Lecouvreur (Francesco Cilea, 1902) o el Abate (a secas) en Andrea Chénier (Umberto Giordano, 1896)— no pasó a la historia sólo por aportar los versos que musicalizó el compositor francés sino que el mismo Voltaire le dedica un pequeño párrafo en la entrada “Quisquis de Ramus” de su Diccionario filosófico.

Allí se lee, entre muchos otros ejemplos de las irracionales e injustas persecuciones a intelectuales por parte de la iglesia: “¿No hemos visto al abate Guyot des Fontaines denunciar al pobre abate Pellegrin como autor de una pieza de teatro, y hacerle quitar el permiso para decir misa que era con lo que ganaba su pan?”. No sabemos en qué medida afectó al abate no poder dar misa ni cuanto perjudicó su economía, aunque puede intuirse que el dinero no le era indiferente ya que había montado su propia tienda donde escribía por encargo poemas, epigramas y madrigales “para toda clase de fiestas y ocasiones, que vendía teniendo en cuenta para el precio el número de versos y sus diversas medidas” (1).

Tampoco se embarcó en el proyecto de Rameau —en ese momento un completo desconocido en el mundo del teatro musical— sin antes exigir un documento donde se aseguraba sus honorarios de antemano. Pellegrin partió de Fedra, el drama de Racine, para transformarlo en libreto de ópera y el resultado, según el pianista y estudioso Henri Gil-Marchex, es pobre desde el punto de vista literario aunque no carece de situaciones teatralmente atractivas. Según este biógrafo del compositor francés, el libretista despoja al texto de su profundidad poética y lo convierte en un espectáculo de situaciones siempre cambiantes para un entretenimiento más superficial y cortesano. Sea como fuere, la música creada por Rameau para esta Tragédie en musique se cuenta entre las más bellas composiciones del barroco francés. Melodías de enorme riqueza, armonías complejas y en cierto modo de vanguardia para la época, son apenas algunos rasgos de la capacidad expresiva de su música.

Pablo Pollitzer (Hipólito) y Marisú Pavón (Fedra) en el cuarto acto de Hippolyte et Aricie, Compañía de las Luces, Museo Nacional de Arte de Arte Decorativo, 2011

Antes de Racine en 1677, Euripides y Séneca habían relatado la historia del amor incestuoso de Fedra por su hijastro Hipólito. Este amor culpable es el exceso pasional que desencadena la tragedia que culmina en algunas versiones con el suicidio de Fedra, y si bien se puede estar de acuerdo con Gil-Marchex acerca de la calidad de los versos de Pellegrin, el nivel de paroxismo que alcanza la escena del Hades con las Parcas anunciando a Teseo la verdad sobre su esposa y su hijo mientras las cuerdas evocan el aullido de los vientos infernales, o el impresionante lamento de Fedra al conocer la muerte de Hipólito, son indudablemente dos pasajes de gran efectividad teatral.

Año a año la Compañía de las Luces va elevando la apuesta en las escenificaciones que desde el 2003 se realizan en el Museo Nacional de Arte Decorativo, un espacio que da un marco visual escenográficamente imponente. El régisseur Pablo Maritano se puso al frente, en esta ocasión, de la dirección escénica y creó una disposición muy eficaz a partir de una larga pasarela con la orquesta ubicada de costado y no entre medio del público y los cantantes como venía haciéndose hasta ahora. Con la sola utilización de sillas plegables y bancos donde se sentaban los solistas y el coro para crear distintas alturas y evitar el empaste visual, Maritano realizó marcaciones gestuales y de movimientos sutiles pero a la vez expresivas, apostando a los contrastes muy bien logrados por la dramática iluminación, el creativo vestuario de Emilia Tambutti y la caracterización y maquillaje de Celeste Carballo y Lorena Cataldi respectivamente. Menos convincente resultó el escaso dramatismo que alcanzó la escena de la muerte de Hipólito a manos de un monstruo marino en el cuarto acto, momento que quedó algo desdibujado en el aspecto escénico.

Como ocurre con frecuencia en el período barroco, los compositores introducían o cortaban números o escenas en cada reestreno, lo que obliga al director musical a decidir, a veces, entre varias versiones de una misma obra. En esta oportunidad Marcelo Birman, al frente de la Compañía de la Luces, eligió la versión de 1742 en lugar de la original de 1733 o de la última revisión realizada por Rameau en 1757. Birman se afianza año a año como un director de gran sensibilidad y un especialista en este repertorio con el que tiene evidentemente mucha afinidad. Su dirección es siempre refinada y ágil, rigurosa en los tempi y con variedad de matices (desde los ligeros y bucólicos pasajes pastoriles a los incisivos y dramáticos acentos de las escenas infernales). Los veintitrés integrantes de la orquesta de instrumentos originales hicieron frente a su segundo Rameau —el primero fue Castor et Pollux presentada en 2001 y 2008— con entusiasmo, logrando un sonido liviano y seductor en el que las transparentes armonías de esta partitura iban conformando un tejido de atractiva riqueza musical.

Marisú Pavón (Fedra) en el cuarto acto de Hippolyte et Aricie, Compañía
de las Luces, Museo Nacional de Arte de Arte Decorativo, 2011

La soprano Marisú Pavón encarnó el rol de Fedra con fuerza arrolladora y exacta comprensión del personaje. Su presencia escénica y perfecto dominio del estilo consolidaron una notable actuación que permitió al espectador transitar por los vaivenes emocionales del arrebato amoroso, la furia vengativa, el desconsuelo y el arrepentimiento. Con emisión siempre natural y nunca forzada, homogeneidad del registro y pastosidad de timbre, Pavón sumó otro interesante rol que va consolidando una carrera en franco y merecido ascenso.

El barítono Sergio Carlevaris, con buen fraseo y voz bien timbrada, brindó una interpretación profunda y descarnada de Teseo, el rey de Atenas que, ajeno a lo que sucede entre su esposa Fedra y su hijo Hipólito, se interna en el Hades para rescatar a su amigo Pirítoo. Allí se encuentra con Plutón, interpretado por el bajo Norberto Marcos quien realizó un excelente trabajo como un dios de los infiernos hedonista, cruel y refinado, al frente de una de las escenas más atractivas de la ópera “Que l’Averne, que le Ténare” junto al coro de Furias y a las tres Parcas interpretadas por Esteban Manzano, Martín Benítez y Juan Feico.

Con entrega y buenas intenciones Pablo Politzer y Ana Moraitis asumieron los roles de Hipólito y Aricia. Si fueron convincentes en la caracterización de los juveniles e inmaculados amantes, la emisión de Politzer no fue todo lo límpida que el estilo requiere y el timbre cristalino de Moraitis perdió por momentos su eficacia por una tendencia a la languidez.

Con perfecto estilo Nadia Szachniuk cantó la ariette final “Rossignols amoureux, répondez à nos voix” (Amorosos ruiseñores, responded a nuestras voces) con que una pastorcita sella el feliz reencuentro entre los jóvenes amantes. La afinación precisa y el timbre diáfano de Szachniuk crearon un momento de abrumadora belleza dejando al auditorio suspendido en un estado de gracia mientras duró su canto.

Marisú Pavón (Fedra), junto al coro, en la escena final del cuarto acto de Hippolyte et Aricie, Compañía de las Luces, Museo Nacional de Arte de Arte Decorativo, 2011

Excelentes intervenciones de Cecilia Arroyo como la sacerdotisa de Diana, de Luciana Milione como Enone y de Soledad Molina como un marinero y una cazadora. Completaron el plantel del Olimpo Beatriz Moruja como Diana y Damián Ramírez como Mercurio. El Coro logró un sonido homogéneo y compacto, de gran expresividad en la gran escena de los cazadores, con mejor nivel en la sección femenina que en la masculina.

Una nueva apuesta de la Compañía de la Luces, agrupación destinada a convertirse en pionera en la introducción de obras del repertorio barroco francés, que este año ofreció al público argentino el estreno sudamericano (2) de esta bellísima ópera de Rameau.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2011


Notas
(1) Biografía eclesiástica completa. Vidas de personajes del Antiguo y Nuevo Testamento, de todos los santos que venera la Iglesia, papas y eclesiásticos célebres por sus virtudes y talentos, en orden alfabético. Redactada por distinguidos Eclesiásticos y Literatos, bajo la dirección del Sr. D. Basilio Sebastián Castellanos de Losada, Tomo XVII, Madrid, Imprenta de D. Alejandro Gómez Fuentenebro, 1863.
(2) Hasta ahora esta ópera era conocida en nuestro país sobre todo a través de las dos grabaciones comerciales más importantes dirigidas por Marc Minkowski para el sello Archiv (1994), y por William Christie para el sello Erato (1996), además del menos accesible DVD de la producción del Festival de Aix-en-Provence de 1983 dirigida por John Eliot Gardiner (sello Encore).

Imágenes gentileza Compañía de las Luces  / Fotografías de Alejandro Held
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Publicado el 17/10/2011
     
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