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Philip Glass en el Teatro Coliseo : El ritual del pianista errante
El autor estadounidense se presentó de gira con un recital, mostrando sus virtudes y falencias como instrumentista y compositor, y provocando uno de los efectos fundamentales del minimalismo. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Philip Glass en el Teatro Coliseo, 2011

Recital de PHILIP GLASS, piano. Concierto del martes 20 de septiembre de 2011 en el Teatro Coliseo. Programa 100% Philip Glass: Estudios N° 1, 2, 3, 6, 9 y 10 / Mad Rush / Metamorfosis N° 2, 3 y 4 / Dreaming Awake / Wichita Vortex Sutra.

A fines del siglo XVIII aparecieron en el firmamento musical una categoría especial de músicos, los compositores-pianistas virtuosos, que tuvieron su auge en el siglo XIX recorriendo tanto las salas de concierto europeas como las tertulias musicales, burguesas y aristócratas. Se presentaban principalmente con composiciones propias que destacaban sus virtudes sobre ese instrumento que, en las primeras décadas del siglo XIX, estaba adquiriendo las características técnicas que aún hoy posee. Sólo algunos de ese numeroso grupo de músicos fueron los que lograron trascender su tiempo, gracias a su invectiva compositiva, como son los casos del prodigio clásico de Mozart, la impronta creativa de Beethoven o el virtuosismo romántico de Liszt o Chopin.

Como esos compositores-pianistas, el compositor norteamericano Philip Glass retoma la costumbre de recorrer el mundo con sus propias composiciones al piano, generando diferentes opiniones y fascinando a sus incondicionales seguidores. De esta manera, hace un par de semanas se presentó en Buenos Aires en el Teatro Coliseo, como parte de una gira que incluyó varias ciudades de Brasil. Ya el año pasado había visitado Santiago de Chile, tal como fue comentado en Tiempo de Música por nuestro colega Cristóbal Astorga Sepúlveda.

El programa presentado en esta oportunidad, de unos ochenta minutos de duración, estuvo integrado por composiciones que datan de 1980 a 2003, mostrando su constancia, casi obsesiva, por utilizar ciertos elementos que se repiten de obra en obra —movimientos armónicos básicos (con cierta preferencia por el cambio de modo del mismo acorde) que alternan el toque arpegiado con acordes plaqué y diseños de acompañamiento por saltos de terceras— y que se hacen aún más evidentes en el piano.

Philip Glass en el Teatro Coliseo, 2011

El minimalismo de Music in twelve parts (1974) o de Einstein on the Beach (1978) sonaba novedoso y como una bienvenida reacción al serialismo integral europeo. En composiciones de comienzos de los ’80 —las óperas Satyagraha (1980) y Akhnaten (1984), la banda de sonido para Koyaanisqatsi (1982), por ejemplo— Glass encontró un lirismo particular, que luego repetiría hasta el hartazgo en todo tipo de obra, ya sea una ópera sobre Cocteau, una película como The Truman Show o un cuarteto de cuerdas. Hay excepciones como la Sinfonía N° 5 “Requiem, Bardo and Nirmanakaya” (1999), que adquiere una fuerza dramática y emocional impactante, sin embargo muchas de sus obras suenan como un calco sin alma, perdiendo su fuerza inicial.

Por lo escuchado en su presentación porteña, en este momento de su carrera Philip Glass dista bastante de ser un virtuoso en el teclado, evidenciándose sobre todo en los cambios de secciones de los Estudios elegidos (1994) y en Dreaming Awake (2003). Cuando había un pequeño cambio en la figuración melódica y armónica, el compositor erraba en las notas, creando una disonancia y un corrimiento rítmico ajenos a su estética bastante previsible.

En muchas partes de las Metamorfosis (1988), en lugar de interpretarlas con un tempo constante, el compositor hizo uso del rubato y accelerando propios del Romanticismo, dándole una impronta aún más expresiva y siguiendo la línea lírica y etérea del comienzo de Mad Rush (1980). Con  Wichita Vortex Sutra (1988), interpretada como en la obra de teatro musical Hydrogen Jukebox junto a la grabación del recitado del texto de Allen Ginsberg por el mismo poeta, se recobró la fuerza dramática que tenían las composiciones iniciales de Glass. Fuera de programa, el compositor ofreció uno de sus clásicos, “Opening”, el número inicial de Glassworks (1981).

Philip Glass en el Teatro Coliseo, 2011

Más allá de las desprolijidades, a sus casi setenta y cinco años de edad, Philip Glass conoce bien los códigos del pianista en concierto, buscando el efecto hacia el final de las composiciones para hacer delirar a su público. El conjunto de las obras en este recital, con sus estructuras repetitivas y monocordes, logra lo que inicialmente se proponía el minimalismo: la música se transforma en un ritual sonoro que sin dudas impacta en el cuerpo y que, para fanáticos a ultranza o detractores fundamentados, no nos deja indiferentes.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2011


Fotografías gentileza Ayni Comunicación
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Publicado el 08/10/2011
     
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