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“La carnicería” en el Teatro El Cubo : Arrepiéntete, desdichado…
Pedro Velázquez y Carlos Pérez Banega reinterpretan el mito de Don Juan en una obra de teatro musical que contrapone la realidad y la fantasía, con una efectiva puesta en escena y un excelente elenco. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Jimena González (El fiambre), Meme Mateo (Caperuza), Federico Moore (El lobo) y Rodrigo Pedreira (Franco) en La carnicería, Teatro El Cubo, 2011

LA CARNICERÍA, obra de teatro musical en un acto con libreto de Pedro Velázquez y música de Carlos Pérez Banega. Función del viernes 26 de agosto de 2011 en el Teatro El Cubo. Dirección escénica: Pedro Velázquez. Dirección musical: Carlos Pérez Banega. Coreografía: Agustina Seku Faillace. Arreglos corales: Matías Ibarra. Elementos escenográficos: Guadalupe Jiménez. Vestuario: Victoria Wallace. Maquillaje: Luciana Reche. Iluminación: Diego Saggiorato. Sonido: Ana Irrisarri. Reparto: Rodrigo Pedreira (Franco), Maia Contreras (Anita / Bola de lomo), Johanna Sciar (Lucía / Colita de cuadril rellena), Vanesa Butera (Laura / La cajera), Jesica Livorsi (Paula / La falda), Jimena González (Gloria / El fiambre), Meme Mateo (Caperuza), Federico Moore (El lobo), Dolores Cano (La madre / La dueña), Alejandro Poggio (El jefe / El payaso), Lucrecia Orlando (La terapeuta), Tatiana Luna y Matías Evan (Ahidé e Igor, conductores del noticiero), y ensamble. Banda musical: Carlos Pérez Banega y Matías Maya, guitarras; Federico Schmidt y Ariel Cortina, bajo; Andrés Ferrari, teclado; Ignacio Piana, batería.

Franco, el protagonista de La carnicería —primera obra de teatro musical de Pedro Velázquez y Carlos Pérez Banega, escrita y estrenada en 2009, ahora repuesta en el Teatro El Cubo—, se mueve como un desprejuiciado Don Juan del siglo XXI, encarando a las mujeres como meros pedazos de carne para satisfacer sus necesidades físicas y dejando de lado todo vínculo emocional posible. Posee tal grado de cinismo que, haciendo honor a su nombre, explicita su misión frente a su entorno: “Piso gente, como gente, los mastico, los degluto, no digiero tanta gente y tengo gente entre los dientes”, recitará en tono de rap en algún momento.

Periodista de un noticiero de televisión, su mundo es de un ritmo vertiginoso, quizá simbolizado en una escena cotidiana, muy bien lograda, como es el ir dentro de vagón de subte repleto para ir a trabajar. Un desopilante móvil en la clausura de un salón de baile de jubilados —y que muestra la doble cara de Franco—, el despertar desinteresadamente con su presa de turno —su asistente Paula—, la relación tirante con su entrometida madre y con su jefe —marido de una de sus víctimas, Lucía, a la que dejó embarazada—, la aparición en su ámbito laboral de una desconsolada Gloria, fugitiva con vestido de novia —nuevamente contraponiendo al Franco que se ve y lo que es— y una sesión de terapia grupal donde es el centro del deseo son algunas de las escenas que se suceden en un ritmo teatral ágil, alternando partes dialogadas con las canciones en ritmos de rock, blues, twist y rap.

Maia Contreras (Anita), Rodrigo Pedreira (Franco), Lucrecia Orlando (La terapeuta), Johanna Sciar (Lucía) y Jesica Livorsi (Paula) en una escena de La carnicería, Teatro El Cubo, 2011

Ese entorno real se opone al que le abren Caperuza y el Lobo, dos personajes fantásticos, quienes lo hacen acreedor de la “Chance-chanta”, un premio para expiar sus culpas no reconocidas con respecto a las relaciones inescrupulosas que tiene con sus víctimas femeninas. En ese mundo onírico y metafórico —que tiene mucho de infierno, acentuado desde la puesta en escena con el uso del rojo y vestuario más sexy—, Franco realizará un viaje a la Carnicería del Mercado Central, donde se encontrará con las dobles de las mujeres de su entorno real —con nombres de cortes de carne— sin darse cuenta, en principio, de quienes son, para lo cual se generarán una serie de divertidos flashbacks explicativos.

Entre ellos vale la pena mencionar la sesión de terapia, muy bien interpretada, donde Anita, una maestra jardinera, libera su violencia contenida contra sus pequeños alumnos, o el diálogo entre Franco y su asistente Paula, donde uno se pone en el lugar del otro literalmente. Franco se dará cuenta, en un potente monólogo hablado con frases repetidas, de lo que es y, finalmente, cederá —o al menos eso parece— a vincularse con lo emotivo.

La puesta en escena de Pedro Velázquez logra diferenciar esos dos mundos en los que se mueve el protagonista con elementos escenográficos mínimos, un vestuario y una iluminación efectivos, pero, por sobre todo, con una dirección de actores cuidada hasta el mínimo detalle, sin caer en el melodrama o en el ridículo aunque muchas situaciones son llevadas al límite. También se vale de un numeroso ensamble, omnipresente, y que invade hasta fuera del proscenio, generando una puesta en espacio bien pensada y actuada, y que es potenciada por las creativas coreografías de Agustina Seku Faillace.

El elenco responde estupendamente al planteo de la obra, comenzando por el desprejuiciado Franco de Rodrigo Pedreira —visto hace poco como el Capitán von Trapp de La novicia rebelde—, que remarca el cinismo de sus palabras y canta con un registro grave apropiado para el personaje, y por el estupendo dúo compuesto por Meme Mateo y Federico Moore como Caperuza y el Lobo, tan diferentes entre sí, pero que se complementan a la perfección, dándole un necesario espíritu lúdico a la obra.

El ensamble de La carnicería, Teatro El Cubo, 2011

Maia Contreras, Johanna Sciar, Jesica Livorsi y Jimena González componen al grupo de víctimas de Franco, destacándose en las bellas canciones compuestas por Carlos Pérez Banega y encontrando el punto emocional justo. Vanesa Butera, que tal vez no se luce tanto en su canción, actúa perfectamente en un flashback con Pedreira de un cumpleaños especial. Merecen mencionarse también a Dolores Cano como la particular madre de Franco y dueña de la Carnicería, Alejandro Poggio como el caricaturesco jefe y payaso, Lucrecia Orlando como la terapeuta —con todos los tics característicos— y Tatiana Luna y Matías Evan que encarnan en clave de parodia a los conductores del noticiero. Junto a ellos, actúa un excelente grupo de guitarras, bajo, teclado y batería, dirigido por Pérez Banega, dándole el punch necesario a las canciones.

Quizá el punto de partida de La carnicería sea, como en todo Don Juan, un tanto moralizante y un poco lejano a nuestro despreocupado siglo XXI. Sin embargo, con un ingenioso texto, canciones efectivas y una puesta en escena bien interpretada, Pedro Velázquez y Carlos Pérez Banega logran una obra de teatro musical que apunta a la búsqueda de la emoción a través de una mirada ácida de la realidad y a ciertas relaciones humanas en nuestra época.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Septiembre 2011

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Publicado el 05/09/2011
     
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