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“Cavallería Rusticana” e “I Pagliacci” en Montevideo : Los tenores también lloran
Las dos óperas veristas —con la reposición de la efectiva producción estrenada en La Plata hace tres años— pudieron disfrutarse en el Teatro Solís, en versiones musicales excelentes. Por Ernesto Castagnino (enviado especial a Uruguay)
 

Chiara Angella (Santuzza) en una escena de
Cavalleria rusticana, Teatro Solís, Montevideo, 2011

CAVALLERIA RUSTICANA, ópera de Pietro Mascagni / I PAGLIACCI ópera de Ruggero Leoncavallo. Funciones del viernes 19* y sábado 20 de agosto de 2011 en el Teatro Solís de Montevideo. Producción escénica del Teatro Argentino de La Plata. Dirección musical: Carlos Vieu. Puesta en escena: Willy Landin. Escenografía de Cavalleria Rusticana: Juan Carlos Grecco. Escenografía de I pagliacci: Juan Carlos Grecco y Willy Landin. Vestuario: Nidia Ponce. Iluminación: Juan Carlos Grecco. Elenco: Gastón Rivero / Juan Carlos Vasallo* (Turiddu), Federico Sanguinetti / Marcelo Guzzo* (Alfio), Chiara Angella / María Luján Mirabelli* (Santuzza), Raquel Pierotti / Graciela Lassner* (Mamma Lucia), Kaycobé Gomez / Stephanie Holm* (Lola) — Martín Muehle / José Azocar* (Canio), Darío Solari / Fernando Álvarez (Tonio), María José Siri / Sandra Silvera* (Nedda), Leonardo Ferrando / Andrés Barbery* (Beppe), Patricio Sabaté / Alfonso Mujica* (Silvio), Pablo Duplech y Juan Pablo Levrero (Dos campesinos). Orquesta Filarmónica de Montevideo. Coro del SODRE, director: Esteban Louise Aineceder. Coro de Niños del Colegio Inglés, directores: Cristina García Banegas, Ada Verocay y Gustavo Reyna.

Difícil imaginar finales más contundentes que el desgarrador grito “Hanno ammazzato compare Turiddu!” y la impresionante exclamación “La commedia è finita!” con que concluyen las dos óperas en un acto más célebres del verismo. Ese efectismo —que en una película actual llamaríamos “golpe bajo”— funciona teatralmente a las mil maravillas, gracias —que duda cabe— a la música compuesta por Pietro Mascagni y Ruggero Leoncavallo. No hay en estas óperas lugar para momentos contemplativos ni nada que distraiga demasiado del curso de los acontecimientos que se desarrollan vertiginosamente ante el espectador hasta ese desenlace que lo deja emocionalmente perturbado. Los únicos momentos de distensión son los intermezzi instrumentales que en ambas óperas permiten al público recuperar el aliento y prepararse para la estocada final.

Todo aquí está pensado para producir una identificación inmediata: los tenores ya no representan al héroe inmaculado sino que son hombres imperfectos, que se dejan llevar por sus pasiones, que pueden llorar (Ridi Pagliaccio!) y hasta llamar a su mamá (Mamma! Mamma! Quel vino è generoso). El estilo verista llevó al extremo las posibilidades de la voz, recurriendo a una vocalidad expansiva, sfogata, algo que frecuentemente se confunde con cantar todo forte y gritado.

Darío Solari (Tonio) en el prólogo de I pagliacci,
Teatro Solís, Montevideo, 2011

La atractiva puesta escénica de Willy Landin volvió a subir a escena tres años después de su estreno en el Teatro Argentino de La Plata, poniendo a prueba su eficacia en un escenario con otras dimensiones como el del Teatro Solís de Montevideo. Las dos historias se desarrollan en marcos bien diferenciados, llevados al espacio magníficamente por el escenógrafo Juan Carlos Greco: una plaza siciliana para Cavalleria rusticana y un estudio de televisión para I pagliacci. En ambos casos la propuesta visual resultó impecable —junto a la escenografía de Greco, el vestuario de Nidia Ponce también es un aporte interesante— y funcionó muy bien en su adaptación a un escenario más reducido.

Los únicos momentos de la puesta de I pagliacci no del todo bien resueltos, siguen siendo la escena “Don, din, don suona vespero” que el coro canta sentado en las gradas del estudio (mientras en el original se dirigen hacia la iglesia) y el momento en el que Nedda y su amante son descubiertos por Canio, en el que la cortísima distancia entre ellos hizo que resultara algo insólito no llegar a alcanzarlos. Exceptuando esos detalles, la puesta continúa siendo una lectura interesante del drama y el despliegue escénico en la primera escena del segundo acto con la entrada de la compañía de payasos y equilibristas resulta francamente espectacular.

Pero lo que realmente elevó esta versión a la categoría de memorable fue un equipo vocal de primer nivel y una dirección musical inspirada en la batuta de Carlos Vieu. La pareja protagonista de Cavalleria rusticana tuvo en Chiara Angella y Gastón Rivero dos intérpretes cercanos al ideal. La soprano italiana, supo dar a su voz spinto los colores oscuros y dramáticos precisos, haciendo gala de un fraseo tremendamente expresivo y elevando la temperatura del escenario en cada intervención. Angella aportó con su interpretación vocal y actoral el calor mediterráneo que el personaje de la campesina requiere, sin convertirla nunca en una caricatura grotesca de la mujer siciliana. Aunque su emisión no es siempre perfecta, fue tal la entrega que hasta las imperfecciones fueron bienvenidas.

Chiara Angella (Santuzza) y Gastón Rivero (Turiddu) en el
dúo de Cavalleria rusticana, Teatro Solís, Montevideo, 2011

Generalmente se tiende a interpretar el rol protagónico masculino como el esteriotipo del macho latino, con modos bruscos y un gran despliegue de testosterona, pero el tenor Gastón Rivero fue un Turiddu juvenil, casi adolescente, lo que le daba al personaje una faceta interesante y poco explorada. Con buenos medios vocales, Rivero hizo oír sus resonantes “Va, ti ripeto, non tediarmi” sin perder nunca la belleza tímbrica ni la redondez del sonido, confirmando también que se puede ser convincentemente verista sin recurrir al grito o los sonidos abiertos.

El barítono Federico Sanguinetti asumió —como en 2008 en La Plata— el personaje de Alfio, que resultó bien actuado y correcto vocalmente, con algunos agudos algo tirantes. Kaycobé Gómez aportó su sensual voz de mezzosoprano al breve rol de Lola, cantando su “Fior di giaggiolo” con provocadora voluptuosidad. Un verdadero lujo la mezzosoprano Raquel Pierotti en el rol de Mamma Lucia.

I pagliacci no alcanzó las alturas de su eterna compañera de rubro pero las cosas anduvieron igualmente muy bien. El tenor Martin Muehle —que en marzo último cantó otro importante rol de su cuerda en Buenos Aires, el de Don José en Carmen— aportó voz e intención a su Canio, haciendo del “Vesti la giubba” uno de los momentos más intensos de la noche. En la última escena “No, pagliaccio non son”, Muehle llevó la ferocidad vocal e interpretativa al límite de sus posibilidades haciendo plenamente justificada la pregunta “Fanno davero?” (¿Lo hacen de verdad?) que el coro-público canta antes del desenlace final.

A su lado, María José Siri con un registro agudo brillante y un centro robusto, hizo frente a todas las facetas del personaje: sensualidad, agresividad, desesperación y ansias de vivir. El Tonio de Darío Solari fue simplemente impecable. Ya desde el “Prólogo” impuso un elevado estándar interpretativo que se mantuvo hasta al final con un sonido baritonal vigoroso y agudos firmes. Completaban el elenco Patricio Sabaté como Silvio y Leonardo Ferrando como Beppe, ambos correctos.

María José Siri (Nedda) y Martin Muehle (Canio) en el segundo
acto de I pagliacci, Teatro Solís, Montevideo, 2011

De los elencos alternativos —correctos en general— merecen destacarse el interesante Alfio de Marcelo Guzzo en Cavalleria y la bien actuada Nedda de Sandra Silvera en I pagliacci (su gestualidad clownesca en la última escena fue encantadora).

El director Carlos Vieu imprimió una intensidad teatral cautivante desde los primeros acordes, completando dos versiones orquestales de excelente nivel. La dirección de Vieu alcanza siempre profundidad, revelando un trabajo de concertación detallado y consciente. En esta oportunidad extrajo de la Orquesta Filarmónica de Montevideo un sonido bien italiano, con momentos de morbidezza y voluptuosidad ideales en este estilo. El Coro del SODRE, dirigido por Esteban Louise Aineceder, estuvo algo por debajo del nivel general, con tendencia al sonido estridente, sobre todo en la sección de tenores.

La reposición de esta producción permitió apreciar nuevas facetas de una puesta escénica que todavía tiene bastante para decir y que se vio realzada por versiones musicales notables, producto de la química lograda por el director orquestal Carlos Vieu y dos parejas protagónicas muy cercanas al ideal.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Agosto 2011


Fotografías gentileza Teatro Solís de Montevideo / Fototecasur
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Publicado originalmente el 01/09/2011
 
Publicado el 04/09/2011
     
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