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“La flauta mágica” en el Teatro Colón : Cuando más es menos
Con una exuberante dirección escénica que significó la vuelta de Sergio Renán al Teatro Colón, la anteúltima ópera compuesta por Mozart no llegó a desplegar todo su brillo. Por Ernesto Castagnino
 

Conclusión de la escena de las pruebas del segundo acto
de La flauta mágica, Teatro Colón, 2011

LA FLAUTA MÁGICA, singspiel en dos actos de Wolfgang Amadeus Mozart. Función del viernes 20 de mayo de 2011 en el Teatro Colón. Nueva producción escénica. Dirección musical: Frédéric Chaslin. Director escénico y de medios audiovisuales: Sergio Renán. Escenografía: Juan Pedro de Gaspar. Vestuario: Renata Schussheim. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Diseño de animación: Álvaro Luna. Coreografía: Diana Theocharidis. Elenco: Patrick Henckens (Tamino), Lyuba Petrova (Pamina), Aline Kutan (Reina de la Noche), Lucas Debevec Mayer (Sarastro), Markus Werba (Papageno), Laura Belli (Papagena), Osvaldo Peroni (Monostatos), Virgina Wagner, Florencia Machado y Mónica Sardi (Tres damas), Fernando Radó (Orador), Román Modzelewski y Jorge Balagna (Sacerdotes), Tobías Campos, María Constanza Leone y Solana Figuera (Tres genios), Fernando Chalabe y Mario De Salvo (Hombres de armadura). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Peter Burian.

En 1791, Emmanuel Schikaneder, empresario teatral vienés, le ofreció a Wolfgang Amadeus Mozart un libreto de su autoría. El compositor, siempre acuciado por su situación económica, aceptó el encargo. El encuentro creativo entre Schikaneder y Mozart dio nacimiento al mayor Singspiel jamás compuesto y, a diferencia de su hermana El rapto en el serrallo, se convirtió en un fenómeno popular de proporciones inimaginables. En 1794 un periódico vienés informaba que “en toda feria, balneario, jardín, café, salón y serenata, allí donde suene un violín, se escucha sólo La flauta mágica”. También en esa época, la madre de Goethe comentó el suceso: “Entran todos: los trabajadores, los jardineros, hasta los habitantes de Sachsenhausen con sus hijos que hacen monerías y salvajadas. Nunca se vio aquí cosa igual” (1). Crear una ópera alemana, popular, accesible tanto al burgués ilustrado como los trabajadores y jardineros que tanto escandalizaron a Frau Goethe, era el propósito del Singspiel, este género que intentaba inaugurar una tradición operística alemana que pudiera jugar en pie de igualdad con las escuelas italiana y francesa.

La trama de esta ópera posee varios niveles de lectura que le permiten ser interpretada tanto en clave de cuento de hadas como de tratado de la cosmovisión masónica, logia a la que pertenecían tanto Mozart como el libretista. Esta versatilidad de la obra ha permitido que se la represente como una “ópera para niños”, como un cuadro de exótico y decadente renacimiento egipcio de estilo Imperio, como un oscuro y gótico relato protorromántico, y muchas cosas más. La simbología masónica es críptica, fiel al hermetismo que exige pertenecer a un grupo de “iniciados”, y, entre otras características, se ordena a partir del dualismo entre el principio Masculino y el principio Femenino, entre el Sol y la Luna, la Luz y la Oscuridad, la Justicia y la Venganza, la Sabiduría y la Charlatanería, y sigue la lista… Es tal la profusión de símbolos, que si el director de escena se propone traducir cada uno de ellos en un elemento visual corre el riesgo de aplastar a la obra misma bajo el peso de una visión que, por exhaustiva, puede resultar abrumadora y solemne.

Aline Kutan (Reina de la Noche) y Lyuba Petrova (Pamina) en el
segundo acto de La flauta mágica, Teatro Colón, 2011

La concepción de Sergio Renán como régisseur de esta puesta resultó por momentos desconcertante pero no en el mejor sentido del término. La combinación de estéticas naif y kitsch con referencias al cine —El señor de los anillos, Narnia, el musical de Hollywood de la década del cuarenta—, generaron un torbellino visual de difícil decodificación, al que se sumó la innecesaria representación de cada palabra o frase pronunciada en un elemento escénico concreto. Con gran despliegue escenotécnico que incluyó escenario giratorio, grúas, proyecciones y cambios constantes de escenografía, la propuesta acabó confirmando el popular refrán que indica que a veces “menos es más”.

La escenografía de Juan Pedro de Gaspar no dio descanso al espectador en su continua mutación, mientras que el vestuario diseñado por Renata Schussheim recorrió un amplio arco que iba de la clásica túnica al gorro tejido estilo andino, pasando por boas y tocados de plumas. Las animaciones de Álvaro Luna tuvieron como referencia el mundo mágico conocido a través de las películas como El señor de los anillos, Narnia o Harry Potter, pero visualmente no resultaron atractivas.

En la partitura de la ópera, la elección de las voces de los personajes también se basó en la dualidad propia de la cosmovisión masónica: un tenor lírico y una soprano lírica para la pareja principesca, una soprano acuto sfogato y un basso profondo para la pareja real y además antagonistas (Reina de la Noche y Sarastro), una soprano ligera y un barítono para la pareja plebeya (Papagena y Papageno). La soprano Lyuba Petrova tuvo algunos aciertos en su interpretación del rol de Pamina, fundamentalmente en cuanto a presencia escénica y proyección de la voz, pero un vibrato demasiado acentuado restó a un rol que requiere de pureza en la emisión para acometer líneas extensas y sostenidas que perfilan el carácter lánguido, contenido y aristocrático del personaje. Patrick Henckens cumplió apenas con las expectativas en el rol de Tamino, al que le aportó una voz homogénea pero de escaso volumen y con tendencia a la monotonía. Tampoco en los recitativos y diálogos aportó la fuerza necesaria para transmitir la valentía y nobleza del personaje.

En el centro, Laura Belli (Papagena) y Markus Werba (Papageno)
en el segundo acto de La flauta mágica, Teatro Colón, 2011

Las cosas mejoraron cuando pasamos a la pareja real: el bajo Lucas Debevec Mayer como Sarastro —en reemplazo de Reinhard Hagen que se encontraba enfermo— otorgó la autoridad y majestuosidad necesarias para uno de los roles más difíciles de la cuerda. La soprano Aline Kutan fue una Reina de la Noche correcta pero sin impacto dramático. Kutan posee un registro sobreagudo suficiente que le permitió cumplir con la difícil coloratura y las agilidades, pero un color vocal demasiado blanco le restó dramatismo a sus intervenciones.

Lo más destacado vocalmente fue el Papageno del barítono Markus Werba que con su voz brillante y corrediza acometió sus arias y diálogos con gracia y aportó el aspecto bufo de la ópera. Buenos aportes realizaron Fernando Radó en el rol del Orador y Fernando Chalabe y Mario De Salvo como los Hombres armados. Virginia Wagner, Florencia Machado y Mónica Sardi como las tres Damas tuvieron momentos de desajustes en la afinación y la adecuación al estilo. Cumplieron Laura Belli como Papagena, Osvaldo Peroni como Monostatos, Tobías Campos, María Constanza Leone y Solana Figuera como los tres Genios.

El director Frédéric Chaslin no logró despertar interés, mientras la línea melódica mozartiana parecía diluirse entre sus dedos. Con tempi más bien dilatados, la versión conseguida por el director francés consiguió interesantes matices pero careció de agilidad y brillo. La Orquesta y el Coro Estables tuvieron el nivel acostumbrado y colaboraron para lograr lo más disfrutable de la velada, especialmente el coro masculino que alcanzó un momento de gran belleza en el Coro de Sacerdotes del segundo acto.

Escena final de La flauta mágica, Teatro Colón, 2011

En síntesis, una versión extraña en lo visual, correcta en lo musical pero con escaso impulso dramático, no quedará seguramente entre lo más recordable de esta temporada.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Mayo 2011


Nota
(1) Ambos testimonios citados en Ivan Nagel, Autonomía y gracia. Sobre las óperas de Mozart, Buenos Aires, Katz, 2006, pag. 37.

Fotografías gentileza Teatro Colón
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Publicado el 31/05/2011
     
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