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Keith Jarrett en el Teatro Colón : Demasiados juguetes
El pianista norteamericano brindó un concierto de improvisaciones en el que la música se impuso sobre sus peleas con el público, la tecnología y… el piano. Por Ernesto Castagnino
 

Keith Jarrett en el Teatro Colón, 2011

Recital de KEITH JARRET, piano. Concierto del martes 12 de abril de 2011 en el Teatro Colón. Programa “An evening of solo piano improvisations”.

“Too many toys!” (¡Demasiados juguetes!) fue una de las primeras cosas que gritó Keith Jarrett al público para transmitir su molestia por los flashes y las fotos. Esta frase, que podría haberse transformado en un sugestivo e interesante elemento de la puesta escénica del concierto, se convirtió en cambio en el inicio de una secuencia de expresiones cargadas de irritación y sarcasmo acerca de las cámaras, los flashes, los ruidos, YouTube, las toses y la calidad del piano. Nada nuevo bajo el sol. Son conocidos los desplantes del pianista, su obsesión por los ruidos que provienen del público que lo llevó a casi interrumpir un concierto en el Umbria Jazz Festival de 2007 o sus quejas por la calidad del piano como ocurrió al año siguiente en un concierto parisino en el que logró que se lo cambiaran durante el intervalo.

No obstante el clima algo tenso por momentos, la música de Jarrett se impuso con fuerza sobre su mal talante —o quizás gracias a él— y brindó casi una hora y media de improvisaciones en piano, tal como prometía el título del concierto: An evening of solo piano improvisations (Una velada de improvisaciones para piano solo).

Desde la década del setenta Jarrett viene desarrollando el género de la improvisación, a la vez que integra formaciones de jazz y realiza grabaciones de obras de Bach o Handel. Su asociación con el contrabajista Gary Peacock y el baterista Jack DeJohnette dio lugar a la serie de discos Standards, que está entre lo mejor de su vasta producción.

Las improvisaciones consisten en un desarrollo de algunos minutos de una idea musical a partir de una canción, un fragmento conocido o no, propio o ajeno. El músico, con la mente en blanco, se lanza a la exploración libre y desprejuiciada de los alcances de esa idea mientras que el espectador acompaña al músico experimentando cómo el tema musical levanta vuelo, se despliega y se repliega bajo los virtuosos dedos de Jarrett. El nivel de comunión que se alcanza con el público hace más entendible la manía del músico por los ruidos, los flashes y todo aquello que pueda comprometer la concentración de ese momento. Como si estuviera diciendo al público: “¡Ey! Este momento es único e irrepetible aunque lo grabes en tu celular. Apagá un rato los juguetes con los que te distraés y seguime en este camino que te propongo. La regla principal es que estemos todos concentrados y comprometidos”.

Keith Jarrett en el Teatro Colón, 2011

Y aunque el tono resulte antipático, es posible leer allí una ética del proceso creativo, una posición crítica frente a la omnipresencia de la tecnología, denunciando el aturdimiento y el adormecimiento subjetivo que ella conlleva. Jarrett propone al oyente una experiencia musical en la que el sentido se abre, se ramifica y se resignifica con cada fragmento, como si el concierto conformara un poema sonoro que se va escribiendo en ese momento, verso a verso, y al que no son ajenos el espacio, el clima, el humor y todo aquello que conforma ese instante de creación. A pesar de sus dificultades con el piano, pudimos ver cómo Jarrett fue consustanciándose con el instrumento hasta confundirse con él, y cómo su propio cuerpo se involucraba en el proceso creativo funcionando como caja de resonancia y aportando sonidos como vocalizaciones y golpes rítmicos de los pies.

Luego de un intervalo, la segunda parte del concierto encontró al músico algo más distendido, con mayor capacidad para extraer diferentes colores del instrumento y en consecuencia las melodías fluyeron entre sus dedos con extraordinaria naturalidad. Y entonces se logró esa comunión, una vez que el pianista logró sustraerse a las torpezas en las que puede incurrir una parte del público más inclinada al cholulismo, y una vez que esa parte del público entendió y aceptó las reglas del juego. Este cambio de humor también se tradujo en su propuesta sonora, que exploró en la primera parte texturas ríspidas en la línea del free jazz para dar lugar en la segunda parte a tratamientos melódicos más amables y fraseos más cercanos al blues.

Muchos dirán que Keith Jarrett, uno de los pianistas más importantes de los últimos treinta años, mostró en este concierto su neurosis más de lo que hubiera sido deseable, dirán que si no tolera al público se dedique a hacer grabaciones en estudio, pero el asunto cambia de color cuando comprendemos que su neurosis es parte del combo que nos ofrece como experiencia creativa. Jarret quiere que dejemos los juguetes para jugar con él, no es una mala propuesta y, por otro lado, ¿quién dijo que el juego debe ser siempre placentero?

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Abril 2011


Fotografías gentileza Teatro Colón
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Publicado el 19/04/2011
     
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