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“Eugene Onegin” en La Plata : Donde hubo hielo, agua queda
Excelente versión musical de la ópera más conocida de Tchaikovsky, que en el Teatro Argentino contó con dos elencos de gran nivel y un planteo escénico que perdió eficacia en varios momentos. Por Ernesto Castagnino
 

 Marcin Bronikowski (Onegin), junto al Coro Estable, en el comienzo del
tercer acto de Eugene Onegin, Teatro Argentino de La Plata, 2011

EUGENE ONEGIN, escenas líricas en tres actos de Piotr Ilitch Tchaikovsky. Estreno platense. Coproducción entre el Teatro Argentino, la Ópera de Cracovia y el Teatro Wielki de Polonia y la Ópera de Bilbao (ABAO-OLBE). Funciones del viernes 18 y sábado 26* de abril de 2011 en la Sala Alberto Ginastera del Teatro Argentino de La Plata. Dirección musical: Stefan Lano. Puesta en escena y vestuario: Michal Znaniecki. Escenografía: Luigi Scoglio. Iluminación: Bogumil Palewicz. Coreografía: Diana Theocharidis. Elenco: Marcin Bronikowski / Luciano Garay* (Eugene Onegin), Magdalena Nowacka / Daniela Tabernig* (Tatiana), Darío Schmunck y Pedro Espinoza* (Vladimir Lenski), Mónica Sardi / Guadalupe Barrientos* (Olga), Ariel Cazes / Emiliano Bulacios* (Príncipe Gremin), Susanna Moncayo / Claudia Casasco* (Madame Larina), Elisabeth Canis / Matilde Isnardi* (Filippyevna), Oreste Chlopecki / Juan Pablo Labourdette* (Capitán Zarietski), Carlos Bengolea (Señor Triquet), Sergio Spina / Arnaldo Quiroga* (Voz de un campesino). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino. Director de coro: Miguel Martínez.

Rusia, como otros países europeos que miraban hacia Francia, Italia o Alemania cual faros que señalaban las tendencias estéticas a seguir, tuvo durante el siglo XIX una fuerte reacción nacionalista. En la música esto se manifestó en un grupo de compositores que buscaron una identidad musical propia e independiente de los grandes centros. Modest Mussorgsky, Nikolai Rimsky-Korsakov, Alexander Borodin, Cesar Cui y Mili Balakirev conformaron lo que se llamó el “Grupo de los cinco” y tuvieron como inspiración a la figura de Mijail Glinka (1804-1857), quien ya había sentado las bases de un teatro musical ruso desafiando el gusto conservador del público ruso acostumbrado al modelo italiano o francés.

Aunque Piotr Illich Tchaikovsky fue contemporáneo de la conformación de esta escuela nacionalista, no se sintió representado por sus principios dogmáticos ni llamado a romper con formas y cánones. La suya fue una búsqueda solitaria, marcada fuertemente por sus experiencias personales, en la que el pathos romántico se revela con singular fuerza y belleza. En Tchaikovsky el elemento ruso se funde con elegancia en melodías de inspiración francesa o italiana, conformando una paleta de colores orquestales muy variada, pero se trata en definitiva de un folclorismo que poco tiene que ver con el planteo radical de sus contemporáneos.

La ópera Eugene Onegin, basada en la novela en verso de Alexander Pushkin, lleva como subtítulo “Escenas líricas en tres actos” y fue estrenada en el Conservatorio de Moscú en 1879. La trama narra el desencuentro amoroso entre Onegin, un joven aristócrata, y Tatiana, una muchacha que vive sumergida en la ensoñación de las novelas rosas que lee con avidez. Al conocerlo ella se deja llevar por el impulso y creyéndolo su príncipe azul, le declara su amor en una carta. Onegin, un cínico que descree del amor y de casi todo, la rechaza tratándola como a una niña impetuosa que debe aprender a controlarse. Más adelante, y sólo para salir de su eterno aburrimiento, Onegin se dedica a seducir a Olga, la hermana menor de Tatiana durante un baile. El prometido de Olga y amigo del protagonista, el poeta Vladimir Lenski, siente el juego de Onegin como una afrenta y lo reta a un duelo en el que morirá. Años más tarde, Onegin sigue arrastrando su hastío por los salones de San Petersburgo, pero en esta ocasión cree reconocer a Tatiana, convertida en la princesa Gremin luego de su matrimonio, y es entonces que la desea. El tedio deja lugar a un fuego abrasador que se enciende sólo cuando ve que otro la posee. Aunque cueste creer en este ímpetu repentino —que parece más bien el capricho de un hombre vanidoso y arrogante que quiere algo sólo porque pertenece a otro— Onegin recibe su lección cuando Tatiana lo rechaza (aún amándolo) y le hace probar su propia medicina.

 Marcin Bronikowski (Onegin), Ariel Cazes (Gremin) y Magdalena Nowacka
en el tercer acto de Eugene Onegin, Teatro Argentino de La Plata, 2011

En esta oportunidad se trata de una coproducción entre el Teatro Argentino de La Plata, la ABAO-OLBE, la Ópera de Cracovia y el Teatro Wielki —una inteligente forma de pensar la gestión de un teatro lírico— que lleva la firma de Michal Znaniecki como director de escena y diseñador del vestuario. La idea rectora de la propuesta escénica tiene como protagonista al hielo que se va derritiendo conforme avanza la obra, como metáfora del mundo interior del protagonista, gélido e insensible al comienzo y finalmente encendido por la llama del amor. Como metáfora es interesante pero en los papeles funcionó a medias.

La escenografía diseñada por el suizo Luigi Scoglio tuvo algunos aciertos pero también extravagancias de efecto que no contribuyeron al fluir dramático. Una caja revestida de espejo con tres grandes círculos fue el soporte básico sobre el que se superpusieron diferentes elementos que distinguían las escenas. La sobreabundancia de recursos resultó en cierta forma pretenciosa y confusa, sobre todo porque no llegaba a conformarse un concepto global que permitiera seguir la secuencia dramática. Las proyecciones resultaron poco interesantes visualmente, tanto cuando se trataba de texto en las arias de Tatiana y de Lenski —seguramente con el fin de señalar el paralelismo de los dos personajes en el drama— como cuando se trataba de imágenes como un bosque nevado o la Catedral de San Basilio.

Algo que tuvo mayor impacto visual fue el cuadro que abre el tercer acto pensado como una ensoñación de Onegin mientras los bailarines se deslizan por el agua durante la polonesa y el protagonista observa el desfile alucinado de los invitados a la fiesta, entre los que aparece su amigo muerto, a través de un telón de plástico. El hielo derretido ha formado un charco de agua sobre el que transcurre el último acto creando un atractivo resultado. La sumatoria de abundantes elementos visuales, simbolismos de difícil lectura y marcaciones que resultaban enigmáticas —como hacer aparecer a la madre de Tatiana semidesnuda y con signos de locura—, conformó una propuesta grandilocuente pero poco contundente.

El vestuario diseñado por Znaniecki tampoco convenció demasiado, sobre todo por la elección de texturas y colores. Las coreografías de Diana Theocharidis tuvieron una impronta muy interesante en el tercer acto, a partir de movimientos repetitivos y artificiosos que conformaban un cuadro casi irreal.

Luciano Garay (Onegin) y Daniela Tabernig (Tatiana) en el primer acto
de Eugene Onegin, Teatro Argentino de La Plata, 2011

El rol principal tuvo en el barítono Marcin Bronikowski un buen vehículo para transmitir la frialdad y vacuidad de Onegin, al que le otorgó un matiz distante y aristocrático, pero las cosas se complicaron en el cuadro final cuando apenas logró transmitir el arrebato de pasión que consume al personaje. En el otro elenco, Luciano Garay fue quizás al otro extremo, delineando un Onegin demasiado impetuoso desde el comienzo. Con mayor presencia escénica y dominio de la gestualidad que su par polaco, Garay realizó una muy buena interpretación aunque el extremo agudo de la tessitura no le resultó del todo cómodo. Ambas interpretaciones, tan válidas como opuestas, carecieron de un mayor equilibrio que permitiera percibir la transición del personaje.

El rol de Tatiana, para soprano lírica, fue encomendado a Magdalena Nowacka en el primer elenco y a Daniela Tabernig en el segundo. Aquí las cosas resultaron bien parejas porque ambas sopranos poseen el timbre lírico que el rol requiere, buena proyección y volumen suficiente, y ambas supieron transmitir con igual eficacia el crescendo de la intensidad y el pathos romántico que caracteriza a la heroína. La Tatiana de Nowacka tuvo un matiz más melancólico e introspectivo mientras que Tabernig acentuó algo más la vivacidad y frescura del personaje. La escena de la carta, para la que Tchaikovsky compuso una música maravillosa, permitió a Tabernig demostrar la evolución de su interpretación y su instrumento desde aquella producción de Buenos Aires Lírica en 2006, utilizando una exquisita gama de matices y colores en la composición de una joven apasionada y algo ingenua, en el tránsito a convertirse en mujer.

Los tenores Darío Schmunck y Pedro Espinoza se alternaron en el rol de Lenski, inclinándose la balanza hacia Espinoza por la claridad de su timbre, la capacidad expresiva y la presencia escénica. En su aria “Kuda, kuda” el tenor chileno alcanzó uno de los momentos más altos de la velada. El otro personaje con aria propia, el príncipe Gremin, tuvo en la voz del bajo Ariel Cazes un intérprete de grandes cualidades, quien, con seguridad y buen fraseo, se deslizó por el extremo agudo y el grave de la tessitura sin dificultad. En el segundo elenco le tocó a Emiliano Bulacios hacer frente al mismo rol con resultado aceptable.

Luciano Garay (Onegin), Pedro Espinoza (Lenski) y, debajo de la mesa, Daniela Tabernig (Tatiana) junto a Guadalupe Barrientos (Olga), en el final del cuadro primero del segundo acto de Eugene Onegin, Teatro Argentino de La Plata, 2011

En el rol de Olga, la hermana menor de Tatiana, encontramos a las mezzosopranos Mónica Sardi y Guadalupe Barrientos que con igual eficacia lograron delinear el carácter vivaz y algo frívolo del personaje, que posee un breve momento solista al comienzo de la ópera. Una mención especial merece la Filippyevna de Elisabeth Canis, que aportó los colores vocales adecuados para caracterizar a la anciana nodriza de Tatiana. En el segundo elenco, Matilde Isnardi no pareció compenetrarse con el rol. El tenor Carlos Bengolea aportó su experiencia e histrionismo en el rol del señor Triquet y las mezzosopranos Susanna Moncayo y Claudia Casasco pusieron sus voces al servicio del personaje de la madre, cumpliendo con el rol.

El norteamericano Stefan Lano, a cargo de la dirección musical, supo explorar la riquísima paleta de colores y texturas orquestales, creando atmósferas y climas con gran sentido teatral. La dirección calibrada y precisa de Lano acompañó las voces con tal naturalidad que parecía respirar con los cantantes y tuvo su respuesta en la Orquesta Estable, que logró un sonido empastado y bien romántico sobre todo en las cuerdas altas. El Coro Estable tuvo mejor desempeño en la escena del baile que en el coro inicial de campesinos.

Una propuesta, en síntesis, de gran nivel musical que tuvo en la dirección escénica un planteo que por momentos —permítaseme la ocurrencia— hizo agua, ya que no logró conformar una visión coherente y contundente de la obra.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Marzo 2011


Imágenes gentileza Teatro Argentino de La Plata / Fotografías de Guillermo Genitti, Paula Pérez de Aulate y Daniel Forneri
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Publicado el 02/04/2011
     
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