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Philip Glass y Juan Diego Flórez en Chile : Aromas de mixtura
Compositor y cantante cautivaron al público chileno en sus visitas al Teatro Municipal de Santiago. Por Cristóbal Astorga Sepùlveda (corresponsal en Chile)
 

Juan Diego Flórez en el Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2010

PHILIP GLASS ENSEMBLE. Programa “A Forty Year Retrospective” / Recital de PHILIP GLASS, piano. Obras para piano de Glass. Conciertos del sábado 9 y domingo 10 de octubre de 2010 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile.
Recital de JUAN DIEGO FLÓREZ, tenor. Concierto del jueves 14 de octubre de 2010 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Orquesta Filarmónica de Santiago. Director de orquesta: Alessandro Vitiello. Oberturas y arias de Bellini, Donizetti y Rossini.

Glass caleidoscópico

El Teatro Municipal tiene cerrada su entrada frontal. Todavía hay reparaciones por los daños dejados por el terremoto, pero adentro es como si nada hubiera pasado. Entrando por Tenderini, una de las calles laterales, un grupo de turistas recibe instrucciones de su guía turístico respecto a lo que van a ver. Es el sábado, y Philip Glass da su segundo concierto con su conjunto, el Philip Glass Ensemble, dirigido por Michael Riesman. Traído a Chile con el auspicio de la Institución Internacional SEK, el del sábado era en realidad el cuarto concierto, pues en días anteriores se realizaron dos más cerrados al público general. Dos programas alternaban en los diferentes días, y el del sábado iba desde 1969 (Music in Similar Motion) a 1998 (música de la película The Truman Show). Con el título “Una retrospectiva de cuarenta años”, el Philip Glass Ensemble cubrió así casi tres décadas de la producción musical del compositor estadounidense.

El ambiente es distinto al que se suele respirar en el Teatro Municipal. El público usual ha sido desplazado por otro más joven e informal. Philip Glass, el compositor, es también una figura mediática, una verdadera institución musical. Un Handel para la posmodernidad. El recital de piano del día siguiente, eso sí, probó que el símil tiene sus límites.

Vestidos de riguroso negro y sobre un fondo lumínico de colores cambiantes, el Philip Glass Ensemble abrió con Music in Similar Motion, una pieza en la que cuatro voces entran escalonadamente, hasta que la entrada de la línea del bajo desencadena, en palabras de Alex Ross, el “efecto de ¡Ah!” en que se basa el minimalismo. No hubo en la sala ningún “¡Ah!”, pero después de cada fragmento, el público aplaudió con intensidad feroz. Itensidad que fue en aumento a medida que el programa avanzaba. No deja de ser paradójico: una música repetitiva, casi imperceptiblemente variada, y que es fácil conectar con el trance, desata al final euforia, gritos y silbidos.

Extractos de Glassworks y las partes séptima y octava de Music in Twelve Parts cerraron la primera parte, que fue una muestra representativa del Glass más ortodoxo. En entrevista había preguntado cuánta gente entendería inglés del público. Ante la respuesta “al menos la mitad”, confesó que quería conversar su música. En realidad, su “diálogo” se limitó a presentar brevemente cada pieza que el conjunto tocaba. Presentación con sello minimalista, que en el caso del breve extracto de la música compuesta para Kundun, la película de Martin Scorsese sobre el Dalai Lama, la frase se redujo a “Y ahora, música de la película Kundun... en realidad, un breve trozo”. Esa fue la apertura de una segunda parte donde se lució el aspecto más popular de Glass: música para las películas Powaqqatsi y The Truman Show, y el segundo movimiento de su Low Symphony, inspirada en y dedicada a David Bowie. Fue también la parte donde Yaroslav Isaev y Carlos Vera, percusionistas de la Filarmónica de Santiago, se unieron al conjunto, con gran efecto en el cierre: el funeral de Amenofis III de la ópera Akhnaten, un momento dramático que puso un colorido cierre al concierto. Como bis, “Spaceship” de Einstein on the Beach. El público aplaudió de pie a los músicos.

Glass en blanco y negro

Al día siguiente, Philip Glass al piano. El programa era una incógnita que solo se reveló el mismo día. En boletería, los funcionarios ponían cara de “Y yo qué sé” cuando uno les preguntaba qué se tocaría. De acuerdo al programa de mano, Glass tocaría seis bloques musicales. El primero consistió en ocho de sus Études, composiciones de mediados de los noventa con sabor impresionista. Para ser ocho, parecían uno, al ser tocados de forma continua y ligada. Otro tipo de “parecido” había en Metamorphoses, cinco piezas de 1989, de las cuales Glass omitió la primera. “Se parecía mucho a la quinta” fue su justificación. Y estoy de acuerdo. Ya en este punto era fácil darse cuenta que Glass no es un pianista demasiado preciso, o que al menos en esta etapa de su carrera ha perdido cierta calidad (los problemas de digitación eran abundantes, aunque consistentes).

Philip Glass en el Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2010

Con Mad Rush hubo un poco más de luz saliendo del piano. Es una pieza bastante hermosa que Glass compuso originalmente para órgano de iglesia, y que luego fue coreografiada. Me pregunto qué sentirá un creyente religioso cuando escucha al minimalismo salir de los tubos del órgano de su parroquia local. Yo, que no soy creyente y que solo la oí en piano, me sentí ligeramente feliz. Por lo mismo, cuando Glass dijo que el programa se acababa con una pieza más, la sensación fue de decepción. ¿Y el resto? No hubo explicación, y la verdad a nadie pareció importarle mucho (quizá porque casi nadie lo notó). Dos bises tocados de forma seguida (“No quiero tener que salir y volver a entrar” fue su explicación) pusieron fin al recital. Aplauso intenso de un público incondicional.

Dorado incásico

A las visitas de Philip Glass y su conjunto, se agregó el recital del tenor peruano Juan Diego Flórez. Con un programa estrictamente belcantista, Flórez viene precedido de fama internacional que hace superflua cualquier presentación. Graderías al aire libre fueron colocadas en la calle, para que por una pantalla gigante quienes no compraron, o no podían comprar una entrada, pudieran ver también el espectáculo. Con los precios, se trató de una medida razonable. Precios que, se insistió, iban para la reconstrucción del Teatro. Es imposible no decirlo: si por cada terremoto vamos a tener espectáculos de este nivel... ¡entonces que se caiga el país a pedazos!

Lo que Flórez ofreció es simplemente un espectáculo de perfecta vocalidad. Tres arias de Rossini fueron el menú para el primer segmento. El aria de Ramiro de La cenerentola, la segunda aria de Idreno de Semiramide (con ornamentación incluso en el andante), y la gran escena de Arnold de Guillermo Tell (cantada en su original francés) mostraron al tenor con sus mejores colores: fraseo claro, coloratura limpia, agudos emitidos sin esfuerzo aparente. La forma musical aria+cabaletta retribuye poco en concierto, pues se pierde lo que es su esencia: un estado psicológico (aria) es afectado por una determinada noticia que gatilla un cambio en el personaje y lo obliga regularmente a salir de escena (cabaletta). La ausencia de coro es también un bemol, porque obliga a cortar amplias secciones, o simplemente dejar que la orquesta toque sola. Y salvo una, todas las arias que cantó Flórez tienen coro.

Con el aria de Tebaldo de I Capuleti e i Montecchi de Bellini y “Ah mes amis” de La hija del regimiento (que dedicó a los recientemente rescatados mineros) ocurrió algo parecido en la segunda parte, aunque la edición en esos casos fue menos grosera. En todos estos fragmentos Flórez demostró que posee una voz más cálida que la que uno le oye en discos. Es también una voz de tamaño moderado, que en un teatro como el Municipal corre a la perfección. Solo “Una furtiva lagrima” vino a matizar una selección que, a la larga, se vuelve poco recompensante. En la romanza de Nemorino, Flórez cantó con sentimiento y sin ornamentación adicional una de las más bellas melodías de Donizetti. Fue un respiro entre tanto agudo.

La Filarmónica de Santiago acompañó discretamente al tenor, y tocó la obertura de cada uno de los fragmentos, con excepción de L’elisir d’amore que, gracias a Dios, no la tiene. Dirigida por Alessandro Vitiello, la Filarmónica sonó descuidada y sin energías. No sólo la cantidad de errores cometidos (los cornos sonaron insistentemente mal, y el fagot al comienzo del aria de Nemorino patinó con notoriedad), sino principalemte el tono pedestre con que Vitiello dirigió hizo que una obertura como la de Semiramide sonara aburrida (el tempo de las secciones más galopantes daba la impresión de un carrusel). Mejor desempeño hubo en Guillermo Tell, donde el cello de Katarina Paslawski se lució con elegancia, pero ya en Bellini y Donizetti la batuta volvía volvía a sacrificar la melodía en aras del efectismo.

Flórez fue ovacionado después de cada intervención, y reciprocó los interminables aplausos finales con tres bises: “La donna è mobile”, “Granada” y “La flor de la canela”. Es esta última pieza la que mejor le queda, pues luce su hermosa voz, dorada como las riquezas de los Incas, gloriosa como su imperio.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, octubre de 2010


Fotografías gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile
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Publicado el 28/10/2010
     
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