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“Una tragedia florentina” y “Violanta” en el Teatro Colón : Dos damas en apuros
Con casi un siglo de atraso se estrenaron dos óperas breves de Erich Wolfgang Korngold y Alexander von Zemlinsky en versiones musicales sobresalientes. Por Ernesto Castagnino
 

James Johnson (Simone) y Deanne Meek (Bianca) en
una escena de Una tragedia florentina, Teatro Colón, 2010

UNA TRAGEDIA FLORENTINA, ópera en un acto de Alexander von Zemlinsky / VIOLANTA, ópera en un acto de Erich Wolfgang Korngold. Estrenos argentinos. Función del martes 12 de octubre de 2010 en el Teatro Colón. Dirección musical: Stefan Lano. Dirección de escena: Hans Hollman. Escenografía e iluminación: Enrique Bordolini. Vestuario: Imme Möller. Reparto: Evan Bowers (Guido Bardi), James Johnson (Simone), Deanne Meek (Bianca) / Wolfgang Schöne (Simone), Eiko Senda (Violanta), Evan Bowers (Alfonso), Enrique Folger (Giovanni), Mónica Philibert (Bice), Alejandra Malvino (Bárbara), Osvaldo Peroni (Matteo), Duilio Smiriglia y Norberto Marcos (Soldados), Marina Silva y Laura Domínguez (Muchachas). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Peter Burian.

Lo que Violanta de Erich Wolfgang Korngold y Una tragedia florentina de Alexander von Zemlinsky tienen en común es más extramusical que estrictamente musical. Fueron estrenadas casi al mismo tiempo —en 1916 una y en 1917 la otra—, sus compositores tenían un vínculo estrecho como maestro y discípulo, ambas están ambientadas en la Italia del Renacimiento, sus tramas giran en torno al adulterio y, finalmente, ninguna de las dos había sido estrenada en el Teatro Colón. Musicalmente, el romanticismo tardío en ambos compositores se expresa con matices diferenciados: una fuerte impronta de Gustav Mahler y Richard Strauss en Zemlinsky, mientras que la influencia straussiana en Korngold se combina con elementos italianizantes (Puccini y Mascagni).

En ambas obras está presente el tema del amor y el adulterio, pero el tratamiento es diferente. En la obra de Zemlinsky el mercader Simone encuentra en su casa al príncipe Guido Bardi, quien evidentemente acaba de tener relaciones con su esposa. Sin escándalos, Simone lleva la conversación con ironías y alusiones cada vez más inequívocas, provocando una tensión en aumento que se resuelve en el combate final, cuando el mercader mata al príncipe. Este acto provoca en la mujer una renovada atracción hacia su marido. Basada en la pieza de Oscar Wilde, la dramaturgia mantiene su fuerza más en los diálogos que en las acciones, lo que hace a la obra muy contemporánea a pesar de su ambientación en el siglo XVI.

Wolfgang Schöne (Simone) y Eiko Senda (Violanta)
en una escena de Violanta, Teatro Colón, 2010

En Violanta de Korngold nos enfrentamos al drama de una mujer que busca vengar la muerte de su hermana, quien se suicida luego de ser seducida por el príncipe Alfonso. Atrae a su casa al hombre con engaños y pide a su marido que lo mate cuando ella de la señal. Frente a Alfonso, Violanta sucumbe al amor y por eso sabe que debe morir. Da la señal a su marido pero cuando éste se dispone a clavar la espada, ella se interpone y cae muerta. En esta obra hay “homenajes” muy significativos como el dúo entre Violanta y Barbara que recuerda a la famosa escena del Otello verdiano entre Desdemona y Emilia, pero la obra está indudablemente ligada al Tristán e Isolda de Wagner del que parece por momentos una versión en miniatura.

La puesta escénica a cargo de Hans Hollmann no llegó a convencer debido a una concepción carente de profundidad y de imaginación. Hollmann trasladó la acción al siglo XX, pero más allá de eso, no mostró demasiada convicción ni compenetración con las obras. Las marcaciones actorales fueron de lo anodino a lo insólito, como en la conmovedora escena final de Violanta en la que luego de caer traspasada por la espada del marido, vimos asombrados como alguien le traía un almohadón para que apoyara su cabeza. El diseño escenográfico de Enrique Bordolini planteó para ambas obras un salón de un palazzo italiano —florentino en Una tragedia… y veneciano en Violanta— en cuyos ventanales se proyectaban postales del Duomo de Florencia o la Piazza San Marco. Más allá de la obviedad, las imágenes proyectadas —unidas a fuegos artificiales en el Carnaval de Venecia— eran francamente poco atractivas visualmente. El vestuario diseñado por Imme Möller fue solamente correcto.

Evan Bowers (Guido Bardi), James Johnson (Simone) y Deanne Meek
(Bianca) en una escena de Una tragedia florentina, Teatro Colón, 2010

El barítono James Johnson tuvo a su cargo el rol protagónico en Una tragedia florentina. Con buenos medios vocales y una presencia escénica avasallante, Johnson hizo una verdadera creación del rol del marido que, conciente de ser cornudo, va llevando, a través de sutiles ironías, la tensión hasta el límite de lo soportable. Junto a él, la mezzosoprano Deanne Meek desplegó un timbre sensual que convenía perfectamente a la apasionada mujer del mercader. Evan Bowers aportó una voz tenoril de buen espesor y proyección para dar vida al príncipe Guido Bardi, el seductor que parece tener todo bajo control hasta el revés final que lo deja fuera de competencia.

En Violanta, Eiko Senda deslumbró con una voz de soprano spinto capaz de enfrentarse con la densa orquestación. Senda dio cuenta de la transformación que sufre el personaje desde la furia inicial hasta la aceptación del amor través de certeros colores vocales y gran entrega dramática. El rol del tenor fue asumido aquí también por el eficiente Evan Bowers, una voz de proyección heroica pero capaz de intenso lirismo cuando se requiere. El rol de Simone, marido de Violanta, estuvo a cargo de Wolfgang Schöne. El septuagenario bajo barítono cumplió con corrección aunque la emisión no mantenía la misma calidad en todo el registro, sobre todo en el ascenso al agudo. Alejandra Malvino desplegó oscuros colores vocales para dar vida a la anciana gobernanta Bárbara y Enrique Folger realizó un buen trabajo como Giovanni. En roles menores participaron Osvaldo Peroni, Mónica Philibert, Duilio Smiriglia, Norberto Marcos, Marina Silva y Laura Domínguez.

Eiko Senda (Violanta), Evan Bowers (Alfonso) y elenco
en la escena final de Violanta, Teatro Colón, 2010

Stefan Lano —quien tuvo a su cargo en 1999 el estreno de otra ópera de Korngold en el Teatro Colón, La ciudad muerta— volvió a reencontrarse con la orquesta que dirigió en tantas oportunidades y a la que lo liga un fuerte lazo afectivo. La calidad de sonido que Lano logró extraer de la Orquesta Estable es magnífica y el cuidado en los detalles hicieron surgir toda la riqueza tímbrica y la fuerza arrolladora de estas partituras, pero atendiendo a las diferencias estilísticas que poseen. La concertación de Lano se esforzó en perseguir un crescendo dramático, creando un vórtice musical que envolvió a músicos, solistas y público por igual, consolidando así dos versiones musicales de primer nivel. El Coro Estable, preparado por Peter Burian, logró un muy buen nivel en los inquietantes y sugestivos coros fuera de escena de Violanta.

En resumen, estos dos estrenos tan postergados tuvieron versiones musicales excelentes pero un planteo escénico poco inspirado.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2010


Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Máximo Parpagnoli
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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado el 16/10/2010
     
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