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“David et Jonathas” en el Museo de Arte Decorativo : Esplendor del barroco francés
En el programa de revaloración de óperas francesas de los s. XVII y XVIII del Museo, la Compañía de las Luces, con dirección de Marcelo Birman, presentó una obra de Charpentier. Por Ernesto Castagnino
 

La Compañía de las Luces en el Museo Nacional de Arte Decorativo

DAVID ET JONATHAS, tragédie biblique en un prólogo y cinco actos, con música de Marc-Antoine Charpentier. Función del sábado 2 de octubre de 2010 en el Museo Nacional de Arte Decorativo. Compañía de las Luces, orquesta y coro. Dirección musical: Marcelo Birman. Preparación del coro: Marcelo Dutto. Puesta en escena: Bea Odoriz. Diseño escénico y de luces: Santiago Badillo. Principales intérpretes: Pablo Pollitzer (David), Ana Moraitis (Jonatán), Sergio Carlevaris (Saúl), Esteban Manzano (La Pitonisa), Damián Ramírez (El espectro de Samuel), Juan Feito (Un guerrero / Aquis).

Desde 1999 la Compañía de las Luces trabaja en la recuperación del repertorio barroco francés, con especial cuidado en la interpretación y el estilo. Su director Marcelo Birman, al frente de la orquesta de instrumentos barrocos, el coro y los solistas, viene desarrollando una tarea encomiable de estudio y profundización de la interpretación de este período. A partir de 2003 la compañía se presenta en el Museo Nacional de Arte Decorativo con versiones en concierto semimontadas de obras como Les Danaïdes de Antonio Salieri, Iphigénie en Tauride de Christoph Willibald Gluck o Castor et Pollux de Jean-Philippe Rameau. En esta oportunidad, le llegó el turno a otro compositor importante del período: Marc-Antoine Charpentier, con su ópera bíblica David et Jonathas, estrenada en 1688.

Charpentier quedó opacado por la figura de Jean Baptiste Lully, dueño y señor de la escena musical francesa hasta su muerte en 1687. La recuperación de su obra cobró gran impulso a partir de la tarea pionera de William Christie al frente de la agrupación Les Arts Florissants, con quienes grabó gran parte de la producción de este compositor para los sellos Harmonia Mundi y Erato. Si bien Charpentier es fundamentalmente conocido por la enorme cantidad de obras sacras —misas, Te Deum, motetes, salmos, etc.— también incursionó en el terreno de la música escénica con óperas como Les arts florissants (1685) o Medée (1693).

La ópera barroca en Francia conserva una identidad propia que la hace inasimilable al más extendido modelo italiano; estas diferencias, que comenzaron con la fundación de Lully de lo que podría llamarse “el estilo francés”, desembocaron en la “Querelle des Bouffons” (Disputa de los bufones) en la que se pretendía dirimir la supremacía del estilo francés o del italiano. La ópera francesa, ligada desde sus orígenes a los entretenimientos de la corte como el ballet, el mimo y el teatro, mantiene esta unión y da lugar a géneros como la tragédie lyrique, el ballet comique, los divertissements y la opéra comique. En ellos hay un gusto por el entretenimiento, por el despliegue visual y escénico, por el contenido dramático o poético. Lejos del virtuosismo y la vanidad de los castrati italianos, cuyas exigencias convirtieron a los compositores en rehenes de estos divos que demandaban cada vez más difíciles aria da capo, en la ópera francesa el air tenía un tratamiento muy diferente, sin repeticiones y buscando las inflexiones propias del idioma en una especie de recitativo o declamado de gran expresividad.

La ópera David et Jonathas toma su argumento del Antiguo Testamento y narra el episodio en el que el rey Saúl, temeroso de que David lo desplace en el trono, quiere eliminarlo aunque su hijo Jonatán busque impedirlo. En la batalla, Jonatán cae muerto y Saúl en su dolor se suicida, por lo cual David es coronado rey de Israel. La trama argumental es un tanto sinuosa y los cortes realizados en la versión ofrecida, si bien no son culpables de la confusión, ciertamente no contribuyeron a evitarla. Como consigna Gustavo Fernández Walker en el programa de mano, esta tragédie en musique fue concebida para ser representada junto al drama latino Saul, con el que mantenía una secuencia argumental, por lo que, al quitarle ese soporte, es lógico que se resienta la línea dramática.

La versión ofrecida por la Compañía de las Luces con instrumentos barrocos tuvo toda la pulcritud y claridad de una interpretación historicista pero sin por eso perder el brío y la energía. Marcelo Birman se afirma cada vez más como un gran especialista en este repertorio y su dirección no ahorra contrastes y acentos, ofreciendo una versión musical de gran nivel.

Entre los solistas se destacaron el barítono Sergio Carlevaris como el receloso Saúl y la soprano Ana Moraitis, conmovedora en su lamento como el fiel Jonatán. El tenor Pablo Pollitzer realizó un trabajo aceptable en el rol de David, una parte de tessitura demasiado aguda que en las dos grabaciones comerciales existentes fue encomendada a contratenores. Moraitis y Pollitzer alcanzaron en el dúo entre los dos amigos al jurarse fidelidad, de delicado homoerotismo, uno de los momentos más altos de la velada. Interesante aporte del contratenor Damián Ramírez como el espectro de Samuel y algo deslucida vocalmente la participación de Esteban Manzano como la Pitonisa.

El Coro de la Compañía tuvo una importante presencia y su actuación fue francamente impecable. El complejo tratamiento coral, que Charpentier desarrolló genialmente en su obra sacra, aporta en el drama momentos de gran intensidad y fuerza, en contraste con la serenidad e intimismo de las partes solistas. El conjunto coral, preparado por Marcelo Dutto, se amalgamó con energía y entusiasmo destacables.

Las indicaciones escénicas a cargo de Bea Odoriz no colaboraron demasiado a clarificar las lagunas argumentativas y el trabajo actoral no fue del todo parejo, aunque la entrega de todo el equipo trasmitió entusiasmo y compromiso. Un avance destacable en relación a la puesta anterior fue el sobretitulado y el diseño de iluminación —a cargo de Santiago Badillo— que logró crear climas interesantes y potenció la belleza del espacio escenográfico que aportó el Gran Hall del Museo. Lamentablemente, quienes estábamos en las butacas cercanas a la consola de luces debimos sufrir el murmullo casi constante de los encargados del área.

En síntesis, un nuevo “rescate” de la ópera barroca francesa que contó con la experta batuta de Marcelo Birman al frente de una orquesta y un coro de alto nivel, junto a un equipo de solistas que acompañaron correctamente este encuentro del público porteño con el genio musical de Charpentier, en el más que apropiado marco del afrancesado Palacio Errázuriz.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2010


Fotografía gentileza Simkin & Franco Prensa
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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado el 07/10/2010
     
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