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“Cavalleria rusticana” e “I pagliacci” en Chile : Melancólico verismo
Con cambio de recinto el Teatro Municipal de Santiago inauguró su temporada. Verónica Villarroel y Kelly Kaduce destacaron en los roles femeninos. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Procesión pascual de Cavalleria rusticana, el Teatro Municipal
en el Teatro Escuela de Carabineros, Santiago de Chile, 2010

CAVALLERIA RUSTICANA, ópera en un acto de Pietro Mascagni / I PAGLIACCI, drama en un prólogo y dos actos de Ruggero Leoncavallo. Funciones del sábado 15 y miércoles 19* de mayo de 2010 en el Teatro Escuela de Carabineros, organizadas por el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Marco Guidarini / José Luis Domínguez*. Dirección de escena: Fabio Sparvoli. Escenografía: Giorgio Ricchelli. Vestuario: Germán Droghetti. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Elenco de Cavalleria rusticana: Verónica Villarroel / Adriana Mastrángelo* (Santuzza), Nancy Gómez / Claudia Godoy* (Lola), Lina Escobedo / Teresa Lagarde* (Mamma Lucia), Alfred Kim / Gonzalo Tomckowiack* (Turiddu), Roman Burdenko / Lisandro Guinis* (Alfio). Elenco de I pagliacci: Kelly Kaduce / Kristin Sampson* (Nedda), Badri Maisuradze / José Azócar* (Canio), Joel Prieto / Claudio Fernández* (Beppe), Roman Burdenko / Lisandro Guinis* (Tonio), Leonardo Neiva / Patricio Sabaté* (Silvio). Orquesta Filarmónica de Santiago. Coro de Niños del Liceo San Francisco de San Ramón, directora: Laura Núñez. Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick.

Cuando Richard Wagner llevaba muerto siete años, un compositor de 26 estrenaba una ópera que, con el tiempo, se transformaría en la madre de un estilo. Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni puede considerarse la respuesta musical naturalista a la tradición operística. El verismo, como pronto habría de llamársele, se diferencia sin embargo de su equivalente en literatura al renunciar a un ideal cientificista. La pretensión del naturalismo era retratar las condiciones más crudas de la vida sugiriendo que esos aspectos terminaban por determinar el carácter de los grupos peor situados en la sociedad. El verismo, si bien no abandona las temáticas propias del naturalismo —artistas, bohemios, criminales, prostitutas y vagabundos son su materia prima—, tiene un objetivo más modesto: llevar a escena las pasiones, de suyo más intensas, de quienes viven sometidos a situaciones más duras.

Cavalleria rusticana (1890) dio paso a varias otras óperas, de las cuales I pagliacci (1892) de Ruggero Leoncavallo es la más famosa. Mientras Cavalleria ofrecía un fresco casi impresionista de una aldea siciliana en primavera, I pagliacci se decidió por un tema más truculento, teatralmente más efectivo y musicalmente más sofisticado. Mientras Cavalleria es básicamente una ópera de números musicales —un coro, un aria, un concertado, otra aria y dos dúos son hilados por breves recitativos en el primer cuadro—, I pagliacci expresa la admiración de Leoncavallo por Wagner, con un segundo acto que une, como pocas veces se vio en la ópera italiana, acción y música. Con todo, el verismo alberga en su seno cierta ambigüedad: por un lado, puede ser considerado una bofetada al romanticismo, al despojarse de mundos mitológicos poblados por dioses y místicos; por otro, sin embargo, es también la prolongación del proyecto romántico de dotar de mayor sustancia sinfónica al discurso operístico, o hacer de él derechamente un drama musical.

Alfred Kim (Turiddu) y Verónica Villaroel (Santuzza) en Cavalleria rusticana, el Teatro Municipal en el Teatro Escuela de Carabineros, Santiago de Chile, 2010

El Teatro Municipal abrió su temporada 2010 con estos dos hitos veristas. Producto del terremoto del pasado 27 de febrero, los títulos se trasladaron al Teatro Escuela de Carabineros, de cómodas instalaciones, menor capacidad y acústica más seca. Por sobre todo, es un logro haber mantenido la escenificación de las óperas con un cambio tan radical de recinto. El resultado, eso sí, fue mixto. La poca profundidad del escenario afectó particularmente a Cavalleria, cuya escenografía funcional lució muy poco. A pesar de que las dos óperas transcurren en épocas cálidas (Sicilia en primavera, Calabria en verano), la iluminación de José Luis Fiorruccio y el vestuario de Germán Droghetti privilegiaron los grises y, en el caso de la iluminación, a ratos fue simplemente oscura. Fabio Sparvoli, que firmó hace poco un ingenioso Barbiere di Siviglia, dirigió la escena con discreción, entusiasmando sólo en el segundo acto de I pagliacci. Sparvoli también optó por cambio de época: un póster de la película Nessuno ha tradito pegado en una pared permite fijar la fecha elegida en 1952, es decir la Italia post-fascista. Es una decisión legítima, a la cual se le sacó escaso provecho.

Verónica Villarroel y Alfred Kim fueron Santuzza y Turiddu en el primer elenco. Santuzza es un rol propio de una soprano dramática o, al menos, spinto (la primera Santuzza fue también la primera Salome en el estreno italiano). Villarroel acomodó sus medios a un rol quizá demasiado exigente, aunque supo darle cuerpo recurriendo a una firme voz de pecho y a un extraordinario sentido dramático que hicieron de su “A te la mala pasqua!” un momento escalofriante. El tenor surcoreano Alfred Kim tiene una voz gruesa que proyecta con facilidad a todo el teatro; no hay demasiadas sutilezas y todo resulta cantado forte. Con un poco de matización su Turiddu hubiese sido más interesante.

Badri Maisuradze y Kelly Kaduce fueron Canio y Nedda en I pagliacci. El tenor georgiano tiene un timbre oscuro y apagado, que raras veces se empina por sobre lo llamativo. El sentido de urgencia de Maisuradze al encontrar a Nedda y Silvio in flagrante delicto fue simplemente nulo. Su Canio convence gracias a la escritura de Leoncavallo, y su “Vesti la giubba” fue afortunadamente sin llanto. Kelly Kaduce, por su parte, es el otro extremo: una Nedda hiperactiva, llena de vida, guiños y coquetería. La voz es dulce y responde con facilidad a las exigencias de su aria, para después sumergirse eróticamente en su dúo con Silvio.

Kelly Kaduce (Nedda) y Badri Maisuradze (Cannio) en el segundo acto
de I Pagliacci, el Teatro Municipal en el Teatro Escuela de Carabineros,
Santiago de Chile, 2010 

Común a ambas óperas, el barítono Roman Burdenko tomó el ingrato rol de Alfio con seguridad, a pesar de que el tempo excesivamente danzarín con que cantó su aria desvirtuaron un poco su interpretación. Como Tonio fue excelente: agudos seguros, frases de largo aliento vertidas con perfecto control, y desempeño escénico en espíritu con la puesta. En la misma cuerda, Leonardo Neiva fue un Silvio simplemente perfecto. El barítono brasileño hizo el año pasado unos Pescadores de perlas de primer nivel, y acá no fue menos: dotado con un bello timbre, desde “Decidi il mio destin” era simplemente obvio que Nedda no podía sino huir con él. Sensual la Lola de Nancy Gómez, severa la Mamma Lucia de Lina Escobedo, y gratísimo al oído el Beppe de Joel Prieto.

Para el segundo elenco, Adriana Mastrángelo probó ser una Santuzza femenina, ligeramente victimizada y frágil. El agudo es filoso, aunque un par de veces pareció algo dubitativo. Puede que su imprecación al final del dúo resultara menos impactante que lo usual, pero se avenía bien con la puesta. Gonzalo Tomckowiack es un Turiddu con autoridad pero no autoritario; la voz corre bien en el brindis, y logra un “Addio alla mamma” de emotiva factura. Otro tenor chileno, José Azócar, tomó el rol de Canio con un resultado más discreto. Mientras en “Vesti la giubba” predominó la contención, en “No, Pagliaccio non son” sacó a relucir mayores fuegos, algo que el estrecho escenario en el que se movía no siempre le ayudó. Kristin Sampson, en Nedda, me resultó en especial grata: tiene un timbre agudo que gradúa desde una sensual morbidezza hasta un sonido más brutal, ligeramente raspado. Su Nedda es voluptuosa y agresiva, lo que puede considerarse un resultado muy fiel al estilo.

El barítono argentino Lisandro Guinis fue Alfio y Tonio, obteniendo mejores resultados con el segundo. Con cierta dificultad para el agudo, su Tonio se impuso por medios menos musicales, amenazando con lascivia a Nedda y convirtiéndose en un ágil Taddeo para la representación del acto segundo. Patricio Sabaté en Silvio fue como siempre recompensante, en especial por el bello color que le imprimió a su dúo con Nedda. Correcta la Lola de Claudia Godoy y el Beppe de Claudio Fernández, de voz pequeña pero bien proyectada. Bastante discreta la Mamma Lucia de Teresa Lagarde.

Escena inicial del primer acto de I Pagliacci, el Teatro Municipal en el
Teatro Escuela de Carabineros, Santiago de Chile, 2010 

La Orquesta Filarmónica de Santiago tuvo que adaptarse a la nueva acústica del Teatro. De la mano de Marco Guidarini el balance tendió a favorecer al escenario, que en momentos como el “Regina Coeli” de Cavalleria simplemente sobrepasó a la orquesta. Guidarini sacó un sonido claro y transparente para los momentos orquestales: maderas, arpas y cuerda baja se oían con bastante presencia, aunque el sonido tiende a ser poco unitario (un problema más bien de la acústica que de la batuta). Los tempi de Cavalleria siempre han sido discutidos a partir de las versiones dirigidas por el propio compositor. Guidarini parece inclinarse por ese enfoque “historicista”, de respiración pausada. Esto repercutió en una deflación dramática, sembrando un humor más bucólico que verista en Cavalleria. José Luis Domínguez, por su parte, fue más convencional y, por lo mismo, más efectivo. Con los equipos con más funciones en el cuerpo, el balance también tendió a un mejor equilibro, en particular para el muy frontal coro de las campanas de I pagliacci.

El programa de mano ha tenido varias mejoras: ahora trae fotografías a colores y los textos, a cargo de Miguel Patrón Marchand y Catalina Larraguibel, tienen una extensión mucho más razonable que antes. Un detalle, eso sí: la vieja historia de Leoncavallo como testigo del crimen que dio nacimiento a su ópera y el posterior juicio en el que su padre habría oficiado de juez se tienen hoy por apócrifos. No deja de ser irónico: uno de los hitos fundacionales del verismo descansa sobre una ficción.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, mayo de 2010


Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Juan Millán T.

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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado el 31/05/2010
     
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