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James Judd dirigió a la Filarmónica de México : Románticos al máximo
Dos conciertos en la Sala Silvestre Revueltas tuvieron al director inglés por protagonista, junto a destacados solistas como el pianista Jean Louis Steuerman y el cellista Marc Coppey. Por Ramón Jacques (corresponsal en México)
 

 

James Judd

ORQUESTA FILARMÓNICA DE LA CIUDAD DE MÉXICO. Dirección: James Judd. Solistas: Jean Louis Steuerman, piano; Marc Coppey, violoncello. Conciertos realizados los domingos 14 y 21 de febrero de 2010, en la Sala Silvestre Revueltas, México D.F. Programa 5 de la Temporada de Invierno 2010. Schumann: Sinfonía Nº 4 en Re menor, Op. 120. Brahms: Concierto para piano y orquesta Nº 1 en Re mayor, Op. 15. Programa 6 de Temporada de Invierno 2010. Shostakovich: Concierto para violoncello y orquesta Nº 2, Op. 126. Richard Strauss: Una vida de héroe, Op. 40.


Parecería que las batutas de los directores de orquesta de origen inglés han entendido y se han adaptado muy bien al temperamento y al carácter de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, como ha quedado manifestado en sus recientes y satisfactorias ejecuciones de sinfonías del género romántico.

En el Programa 5 de la Temporada de Invierno 2010, esto correspondió a la Sinfonía Nº 4 de Robert Schumann, en una atenta y  segura lectura de James Judd, quien extrajo con facilidad, destreza y cohesión las alegres tonalidades y coloraciones contenidas en los cuatro movimientos continuos que contiene la partitura. Así se expresaron con pasión en el “Andante-Allegro”, atravesaron la solemnidad y suavidad de la “Romanza” y la obra se selló con un exuberante “Finale: Largo – Allegro”.

Este programa también incluyó una grata realización del Concierto para piano y orquesta Nº 1 en Re menor, Op. 15 de Johannes Brahms, obra que contiene elementos y referencias directas a Schumman, y que contó con la presencia de Jean-Louis Steuermann como solista. El pianista brasileño mostró versatilidad frente al teclado, captando el ímpetu y la musicalidad del primer movimiento, así como la contrastante tranquilidad y serenidad en el segundo, pero cuya verdadera desenvoltura y atrevimiento quedaron mejor plasmados en su habilidoso y dinámico “Rondó: Allegro non troppo”, tercer y último movimiento de la obra. La Orquesta tuvo un exaltado y agitado inicio, que fue calibrado durante la obra por la mano de Judd, hasta ofrecer un adecuado marco de acompañamiento por la sección de cuerdas y con brillantes destellos de la sección de metales.

Por segunda semana consecutiva, el director inglés James Judd dirigió el siguiente programa de temporada de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. En esta ocasión lo hizo con una selección de obras diversa e interesante, cuyo punto de unión fue la autodescripción o autobiografía de sus autores por sus propias obras.

La función comenzó con el Concierto para violoncello y orquesta Nº 2, Op. 126 de Dimitri Shostakovich, que fue dedicado  y estrenado en 1966 por el legendario Mstislav Rostropovich, amigo y gran promotor de la música del compositor ruso. La obra, de particular fondo y energía sombría, tuvo como solista al francés Marc Coppey, quien en cada una de sus intervenciones al violoncello creó una admirable atmósfera de tono oscuro, de lentas pero sonoras pinceladas en el movimiento “Largo” y por momentos más alegre en los dos continuos movimientos “Alegretto” de la partitura, sin renunciar al perfil tenebroso y contemporáneo de la composición ni al intenso diálogo con las cuerdas, metales y percusiones de la orquesta, que fue dirigida por Judd con simplicidad, control y esmero en cada detalle.

En la segunda parte se ofreció Una vida de héroe, poema sinfónico de Richard Strauss, el mejor exponente de esta tradición de composición y que es una autobiografía puesta en música. En esta alegoría que se interpretó sin interrupción pero con inventiva y homogeneidad,  el autor, quien se ve reflejado asimismo en un espejo, es acosado por sus adversarios, los críticos musicales, mientras su esposa lo cuida y lo tranquiliza. James Judd extrajo con su enardecida dirección, la fuerza y la sutileza de la rica y armoniosa orquestación, en cuya tema principal se perciben incuestionables tintes y reminiscencias wagnerianas. Cabe resaltar el fulgurante solo de Jorge A. Casanova, violín concertino de la orquesta, el incesante despliegue de los metales, el llamado de las trompetas fuera del escenario y la impulsividad de la orquesta en conjunto que nos llevó a la imperturbable serenidad con la que concluyó  esta obra de cuarenta minutos de duración.

Ramón Jacques
México D.F., México
Febrero 2010

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Publicado el 05/03/2010
     
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